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“1898. Los últimos de Filipinas”: Adiós, por fin, a las armas

Una voz en off indica dónde nos encontramos, qué ha sucedido para toparnos con esta violenta realidad: finales del siglo XIX; en una isla filipina, y entre «rebeldes sanguinarios que odiaban a España», un destacamento de este país que forman 50 hombres es sitiado por insurrectos revolucionarios durante 337 días. En diciembre de 1898, con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, se ponía fin formalmente a la guerra entre ambos y el nuestro cedía la soberanía sobre Filipinas al segundo. Esa voz en off, decíamos, es la de uno de aquellos soldados que mantuvieron el maltrecho tipo y que, como el resto, luchaban «por la superviviencia de un imperio. Pero perdimos». Jóvenes a quienes enviaron para batallar aunque no sabían disparar aún y sin botas de su número… Tras una fabulosas vistas aéreas que abren en canal un paisaje obscenamente verde y azul, y que parece meternos en las entrañas mismas de aquel espantoso «corazón de la tinieblas» conradiano, aparece un militar feroz de mirada alucinada (Javier Gutiérrez) que ratifica de nuevo que nos encontramos en un infierno igual al de «Apocalypse now». La guerra nos hace perder la razón. Y, detrás de él, una prostituta filipina cuya salvaje feminidad taladra el espíritu del teniente Martín Cerezo (Luis Tosar, grande, grande), el líder de la resistencia aunque pronto no haya nadie a quién resistirse. Aislados del mundo, el grupo se hace fuerte en una iglesia mientras, paulatinamemente, la deficiente alimentación y el clima brutal hacen mella entre los hombres y comienzan a enfermar y morir. No, «1898…» no se trata de un «remake» de la realizada en 1945 por Antonio Román, una visión enardecidamente patriota de aquel luctuoso capítulo de la historia. La película dirigida por Salvador Calvo, un veterano director televisivo, es un filme antibelicista que pretende reflejar lo absurdo, lo terrible de esa y de cualquier contienda, al cabo, y que incide asimismo en la lenta metamorfosis que sufre ese ramillete de tipos asustados y hambrientos mientras Martín Cerezo prosigue empeñado en que la guerra, por mucho que digan los insurgentes, que cuenten periódicos y testigos, no ha terminado. Al militar, que antes de esa pesadilla había perdido a su familia, no le importa nada morir sea o no por la patria, no le importa nada de este mundo, en fin, y de pronto descubre que es su peor enemigo. Lo de Filipinas, aquella trágica pérdida, ya había terminado.



Fuente: La Razón

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