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A la sombra del Teide

La isla de la eterna primavera, Tenerife, se ha convertido en un destino imprescindible también en invierno. La suavidad de su clima con una media anual de 23 oC hace de ella un refugio ideal para huir del mal tiempo. Acudir a esta isla volcánica con la sola idea de tumbarse al sol en la playa es una buena opción teniendo en cuenta sus casi 400 km de costa y otros 70 de playas, doradas o negras, pero se perderá muchas cosas.

Vista desde el aire, Tenerife sobresale entre el resto de las seis islas canarias por su tamaño (es la mayor, con apenas 2.034 km2) y por su posición, en medio de todas ellas. A un lado, las tres grandes, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote; al otro, las más chiquitas, La Gomera, El Hierro y La Palma.

Entre las nubes, a medida que se aproxima el avión a la isla, reconocerá el imponente Teide y el parque natural que le rodea, y es posible que reconozca, o intuya, otros espacios naturales menos famosos, pero tan fantásticos que creerá que va a aterrizar en otro planeta. El 48% de su territorio es zona protegida, con la consideración de reserva marina, de la biosfera o patrimonio natural de la humanidad. Allí viven más de 800 especies de flora y fauna endémicas. A vista de pájaro divisará también los imponentes acantilados de Los Gigantes, no podrían llamarse de otra forma.

Ya en tierra descubrirá la singularidad de sus ciudades coloniales, la belleza de sus parques, como el García Sanabria, con la mayor colección de especies tropicales y subtropicales del mundo; disfrutará de sus tradiciones e historia, de su gastronomía, con sus platos de siempre y las nuevas propuestas culinarias, y le sorprenderá la peculiaridad de sus vinos, mieles y quesos. Si viaja en febrero, no puede perderse su célebre carnaval.

El origen volcánico de Tenerife está presente en todo su paisaje, que contrasta con grandes vergeles e imponentes plataneras. La isla supone una oportunidad única para los amantes del ecoturismo, la naturaleza y el turismo de aventuras.

Entre volcanes
En el corazón de la isla, el Parque Nacional del Teide, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es lo más conocido de Tenerife. Majestuoso e imponente, el panorama que ofrece este volcán desde sus 3.718 metros de altura –el tercero más alto del mundo– es sublime y se preguntará si está en otro planeta o en el centro de la tierra.

Los más osados podrán coronarlo a pie –previa reserva– tras cuatro horas de duro ascenso, con noche en el refugio de Altavista, para contemplar un espectacular amanecer. Si no está en forma, tome el teleférico –aguante su vértigo–, que le dejará a unos 200 metros del cono (Telefericoteide.com).

En ambos casos descubrirá los múltiples conos volcánicos y las coladas de lava con sus caprichosas formas y su extraordinaria gama de colores ocres y rojizos; un paisaje en el que le llamará la atención también la diversidad floral, que cambia en cada estación.

Un árbol milenario
“Grande y de pocas ramas, al cabo de las cuales echa cinco o seis hojas…”. Así describía el dominico Alonso de Espinosa, el totémico árbol de Tenerife, un drago de más de 800 años, de dimensiones colosales, 20 metros de perímetro y 16 de altura y que podrá ver en Icod de los Vinos, a los pies del Teide.

Una localidad que ha sabido conservar su arquitectura colonial y donde descubrirá bonitos rincones. Si viaja a finales de noviembre, no se pierda la fiesta de los vinos con puestos de degustación en la calle de San Agustín.

Tres eran tres
Pasear por la cosmopolita Santa Cruz, la cuidada San Cristóbal de la Laguna y la bonita La Orotava es recorrer pedazos de la historia de Tenerife.

En Santa Cruz, al norte de la isla y que se expande desde su puerto, destaca su pequeño casco histórico, se puede recorrer en un día, con su emblemática y antigua calle de La Noria; reconocerá sus casas antiguas, apenas un puñado, por sus fachadas de madera y piedra volcánica; también suntuosos edificios coloniales que albergaron clubs privados, de los cuales hoy sólo sobrevive el Círculo de la Amistad.

A 10 km de la capital y a diferencia de esta, La Laguna, conserva un precioso casco histórico –Patrimonio de la Humanidad– en el que destacan sus casas coloniales, la catedral, el palacio episcopal y el convento de Santa Clara.

Al norte también, pero en la costa contraria, está la villa de La Orotava, cuyo origen, que data del siglo XVI, la convierte en una de las más antiguas de la isla. En medio de su paisaje verde destacan sus calles empedradas, sus antiguas casonas y sus molinos de viento.

Entre cetáceos

Delfines y ballenas parecen saludar a los turistas que desde distintos tipos de embarcaciones salen mar abierto a su encuentro.

Tenerife es hoy uno de los principales destinos para la observación de cetáceos. 21 de las 79 especies existentes en todo el mundo surcan las aguas de la isla, con una colonia estable de 500 calderones tropicales y 250 delfines que se concentran en la franja costera que separa el sur de Tenerife de La Gomera. Se pueden avistar en cualquier época del año (Navegarencanarias.com).



Fuente: Cinco días

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