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Aquel paraíso perdido

«Z, la ciudad perdida» Dirección y guión: James Gray. Intérpretes: Charlie Hunnam, Robert Pattinson, Sienna Miller, Tom Holland. EE UU, 2016. Duración: 141 minutos. Aventuras.

A primera vista, «Z, la ciudad perdida» no parece una película de James Gray. Su cine, esencialmente neoyorquino, no hacía prever un viaje a la selva amazónica, el regreso de la leyenda de El Dorado, otra vuelta de tuerca al género de aventuras exóticas. Sin embargo, no hace falta rascar demasiado en la figura de Percy Fawcett, que empezó como topógrafo para beneficiar a las empresas de caucho británicas y acabó como arqueólogo de una utopía, para detectar que, de algún modo, esencializa la bipolaridad innata del héroe arquetípico de sus filmes, siempre dividido entre sus obligaciones terrenales y sus sueños de futuro, siempre limitado por su familia, apoyo y cárcel a la vez, y sus obsesiones.

Esa bipolaridad se traduce en la película en una suave tensión entre su superficie, que transita del «heritage drama» a la epopeya herzogiana sin excesos operísticos, y lo que oculta, que es la crónica de una transformación. No sólo la de un héroe que se lanza al vacío para lavar en seco la (mala) reputación de su apellido paterno y acaba encontrando en su adicción al fracaso el modo de reconciliarse con su propio hijo sino la de las formas de un cine clásico que, en el siglo XXI, se ven abocadas a una desaparición fantasmagórica bajo el influjo de un arte en permanente mutación.

Es fácil entender a Fawcett (espléndido Charlie Hunnam) como un alter ego del propio Gray, que lleva toda su carrera intentando desmentir a los que le defienden como uno de los últimos cineastas clásicos. Gray, el explorador en busca de una quimera, Ulises obcecado en dejar Ítaca una y otra vez –y en despedirse una y otra vez de una Penélope (excelente Sienna Miller) que se aleja de los estándares de la mujer doméstica de principios de siglo XX–, es, también, el cineasta que cree en las imágenes en estado de crisis, aunque la crisis se manifieste sin bruscos aspavientos. El relato de viajes tradicional sufre una metamorfosis a medida que la fantasía de esa civilización perdida, cuyos vestigios Fawcett ha encontrado en su primera aventura selvática, se convierte en obsesión existencial. Es entonces, en el último tercio de metraje, cuando la película penetra lentamente en el reino de lo fantástico, y su presunto clasicismo se disuelve en la transparencia espectral de sus imágenes. Nunca sabremos lo que le ocurrió a Fawcett, pero habremos visitado su paraíso perdido.

LO MEJOR

Su hermoso tramo final, que parece reinterpretar la obsesión de Fawcett bajo una nueva luz

LO PEOR

Que defraude las expectativas de los que esperen una película de aventuras a la vieja usanza



Fuente: La Razón

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