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Ara Malikian: “Mi violín ya ha salvado dos vidas”

Su historia es fascinante. Ara Malikian (Líbano, 1968) consagró su infancia a la esclavitud del violín clásico y, después de perderla, la infancia, se dio cuenta de que eso no era para él. Como buen zíngaro, emigró a Europa y hoy es un ciudadano madrileño más. Qué suerte que nos eligiera una persona tan talentosa y profunda. Con sus espectáculos, más festivos que circunspectos, ha roto las barreras que alejaban al gran público de la simple intención de un concierto de violín. Malikian llegó a nuestro país con un violín mágico y cuenta su historia en «The incredible story of violin», un disco doble de composiciones propias.

–¿Qué historia cuenta su violín?

–La primera que cuento en el disco es cómo aprendo la historia de mi instrumento, a quién pertenececió, sus viajes y todo eso. Pero te confieso que también hay una historia inventada, porque cuando llegué a Europa, decidí inventarme una historia buena porque mis compañeros tenían Stradivarius, Guarnieris y todo eso. En cambio, del mío yo sólo sabía que no tenía ni nombre y que lo sacó mi abuelo de alguna parte. Me inventé un nombre y una historia, y después supe la de verdad, así que en este disco cuento su historia creíble y la increíble.

–La ficción es necesaria para sobrevivir.

–Claro, yo en esa época en que llegué a Europa, como no la tenía, me la tuve que inventar.

–¿Qué contaba de él?

–Pues de todo… que lo llegó a tocar Paganini y otras cosas mentirosas. Y que había pertenecido a un zíngaro que viajaba mucho, pero eso sí que era verdad.

Es decir, que sí tiene raíz zíngara.

–Sí, ha viajado mucho y tocado música de muchas culturas y estilos. Me identifico mucho con él, yo soy igual.

–Por lo que he escuchado en el disco, el violín habla todos los idiomas: el rock, el tango, el flamenco…

–Sí. Como yo mismo, que aprendí a tocar esos estilos. Es mi historia a través del violín.

–¿Y esa es una historia alegre o triste?

–Alegre, claro. He pasado cosas difíciles. Pero gracias a este instrumento mi abuelo pudo salir de Turquía en su época y salvarse del genocidio. Gracias a la música pudo ir al Líbano. Y gracias al violín yo tengo una vida muy feliz.

–Entonces el violín ha salvado dos vidas: la suya y la de su abuelo.

–Exacto, dos vidas. ¡No está mal!

–Bueno, si perteneció a su abuelo, por lo menos tendrá 150 años.

–Y alguno más, seguro. Pero como no tiene etiqueta… yo siento que es un violín muy antiguo.

–¿Cuántas horas ensaya con él?

–Pues con los años he adquirido alguno con más prestigio. Pero es verdad que es al que más cariño le tengo, que siempre lo toco. El problema es que, al ser antiguo, no le pudedo dar mucho «tute» porque claro, el tiempo y el clima le afectan. Y también la altitud de los aviones. Necesito violines más robustos, más fuertes. Ahora mismo estudio dos horas al día, y es muy poco. Debería dedicarle diez, como en mis tiempos.

–El violín tiene un tacto y tiene un alma.

–Tienen un alma, desde luego. Todos tienen, de hecho, dentro de la caja, una pieza que es como una barrita que se llama el alma del violín. Es la pieza más importante, que se llama así porque, si se mueve, cambia por completo su sonido. Pero aparte de esta alma, está la otra. Yo no siento que el violín me pertenezca, sino que yo soy su violinista. Cada uno tiene una historia, y yo descubro las almas que tienen, me ha pasado varias veces. He tenido la suerte de tocar el Stradivarius de Sarasate y el Guarnieri de Paganini y otros instrumentos famosos de violinistas célebres. Y, al tocarlos, uno siente el alma de quien le ha pertenecido.

–¿Realmente?

–Sí. Especialmente cuando tocas piezas de ellos, porque es muy emocionante. Suenan diferentes. Son violines que son mágicos.

–¿Qué hay en el disco de sus experiencias estos años?

–Todo, porque nunca he sido muy compositor, siempre lo he tenido apartado. He compuesto para mis necesidades y sólo puedo escribir contando algo en concreto, una vivencia o una experiencia. Y en este disco es mi vida de estos últimos años.

–Lo digo porque estos tiempos han debido de ser muy intensos. El público le adora.

–Sí, han sido muy bonitos. La gira sinfónica, el concierto de Las Ventas… No soy un niño que piensa que las cosas van a ir siempre bien, sino que debo tener la cabeza en su sitio y seguir trabajando, creciendo y aprendiendo.

–¿Se esperaba tener tantos fans?

–No… lo que pasó en Las Ventas fue maravilloso. Cuando tienes un público que te trata con ese cariño, te entregas al cien por cien. Tengo gira por teatros por España, Latinoamérica, y también China.

–¿Piensa que después de tantos sacrificios con el violín clásico ha valido la pena?

–Sí. He perdido una parte de mi vida por haberla dedicado a esto. Perdí mi juventud y dejé de hacer cosas que la gente de mi edad hacía, pero la estoy recuperando. Me siento afortunado y feliz. Y creo que si no lo trabajas, te deprimes.

–¿Volvería al clásico?

–He llegado a un punto en el que no hay diferencia de estilos. Yo soy clásico y en el disco hay temas clásicos. Pero a veces cambio y del mismo tema saco ritmos cubanos, y para mí es como si me preguntas de dónde soy. No lo sé. ¿Qué estilo? Pues soy zíngaro, soy flamenco, soy tango… no lo sé. Soy de todas partes.



Fuente: La Razón

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