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Así fue la gestión de Ángel Ron, su caída y las causas de la 'guerra' que ha perdido

Ángel Ron (Santiago de Compostela, 1962) era un hombre de la casa. Siempre ha vivido en Popular, nunca se fue desde que debutó en el banco con su primer empleo con 22 años, allá por 1984. Galicia fue el trampolín que le permitió dar el salto cinco años más tarde a la presidencia de Caja Cooperativa de Promoción y Crédito, un pequeño banco especializado en microcréditos propiedad del grupo.

Su siguiente prueba fue otra filial de Popular, Banco de Depósitos, que pilotó desde 1991 a 1995, para después ser director regional de Asturias y Cantabria hasta 1998, cuando, ya en Madrid, se convirtió en director comercial del grupo. Con Ron en la cúpula del poder, en 2002, los hermanos Lluis y Javier Taberner, los artífices del crecimiento de la entidad y copresidentes durante 32 y 17 años, respectivamente, fueron preparando su salida, otorgando más responsabilidades a su delfín

Ángel Ron, hace ahora algo más de 12 años, se convirtió en el consejero delegado de Banco Popular, para después ser copresidente con Javier y quedarse al frente de la entidad él solo en 2006. El banco tenía a gala ser el más eficiente (el que menos gastaba para conseguir ingresos) del sector financiero español y estar centrado en un área de negocio muy atractiva, con las pequeñas y medianas empresas como punta de lanza de su clientela. 

Ladrillo tóxico

El gran problema fue el ladrillo. Con un balance de activos inmobiliarios de más de 34.000 millones de euros a cierre del pasado septiembre, los hermanos Taberner habían ido creando un monstruo, con la chequera siempre abierta para promotores grandes y pequeños a través de Popular y sus cinco bancos regionales: Banco de Castilla, Banco de Crédito Balear, Banco de Galicia, Banco de Vasconia y Banco de Andalucía. 

Ron tomó las riendas de Popular cuando la burbuja todavía no había estallado en toda su magnitud. Los bancos de inversión, incluso aquellos que participaron en varias de las operaciones de rescate de la entidad, afean que el expresidente nunca tomó decisiones, al menos no taxativas ni drásticas, para sanear un activo plagado de ladrillo tóxico de necesidad. 

Banco Pastor

Es más, antes de que comenzara el verdadero comienzo del baile de fusiones-rescates-intervenciones, Ángel Ron se lanzó a por Pastor sin ningún tipo de red. Lo hizo pagando con acciones, a través de una ampliación de capital, y valorando a la entidad gallega en cerca de 1.400 millones de euros. La digestión no fue fácil, y menos para un banco que también tenía el corazón construido a base de . 

Ni esquemas de protección de activos, como CaixaBank con Banco de Valencia, BBVA con CaixaCatalunya o Liberbank con Caja Castilla La Mancha. El gran mantra de Ángel Ron siempre fue Popular es un gran banco y no necesita ayudas. Y cierto es. El banco una de los pocos que no ha recibido ni un euro de ayuda, ni vendió activos a Sareb, el banco malo creado por el Estado para absorber ladrillo de las entidades con problemas. Al contrario, Popular fue, y continúa siendo, uno de sus accionistas de Sareb. No utilizar esa herramienta para sanear el balance de la entidad fue uno de los grandes errores de Ron, explican fuentes de banca de inversión. 

Inyección de 5.000 millones

Popular no ha costado dinero público, pero sí privado. Sus accionistas le han inyectado unos 5.000 millones de euros en los últimos cuatro años, a razón de tres ampliaciones de capital casi sucesivas. Dos de ellas, macroampliaciones de 2.500 millones cada una, y otra de casi 500 millones en la que se dio entrada a los que ahora han capitaneado la rebelión contra Ron: los mexicanos Del Valle. 

La espiral de ampliaciones arrancó en septiembre de 2012, cuando fue el único gran banco español, al margen de las antiguas cajas de ahorros, que no superó las pruebas de resistencias encargadas por el Ministerio de Economía. Ángel Ron pidió el apoyo de los accionistas y lo consiguió, al levantar 2.500 millones de euros en una ampliación de capital extremadamente dilutiva, al emitir más de 6.200 millones de títulos nuevos a 0,41 euros cada uno. 

Ese fue un match point, aunque unos meses después se anunció otra operación que se publicitó como el desembarco de Popular en Latinoamérica. En realidad, significó la inyección de 450 millones de euros adicionales; fue entonces cuando entraron los Del Valle y otros inversores mexicanos a finales de 2013 para quedarse con alrededor del 6% del capital. 

Ese año, Ángel Ron había vendido el 51% de Aliseda a los fondos Värde y Wilson por algo más de 800 millones. Aliseda era una auténtica inmobiliaria para tratar de deshacerse de parte del ladrillo, a imagen y semejanza de las de otros bancos, como Santander (Altamira) o Sabadell (Solvia). Ni de lejos fue suficiente. Ron llegó tarde a tomar conciencia del problema real, tampoco tenía a nadie en ese momento que le dijera las verdades del barquero. 

Desplome en Bolsa

En Bolsa, el abismo era incontestable. A mediados de 2013, Popular realizó una agrupación de acciones (contrasplit, en la jerga) de cinco a una para evitar que cotizara a precios de chicharro (en torno a los 0,5 euros por título), pero ese efecto óptico no podía ocultar la realidad. Desde los máximos históricos de más de 28 euros –ajustado de acuerdo a los criterios de Bloomberg–, el valor se hundía más de un 80%. 

En una decisión inédita, la entidad suspendió los dividendos en 2012, tras entregar uno en junio de ese año y no los retomó hasta febrero de 2014. La ampliación de 2.500 millones de euros, un secreto a voces pero negado desde la dirección, confirmaba que el banco necesitaba otra vuelta de tuerca, redimensionar su tamaño y su plantilla. La nueva inyección de fondos propios concluyó con éxito en junio, pero aun así no fue suficiente para que Popular recuperara la confianza del mercado. 

El cabeza de turco en la dirección fue el consejero delegado desde enero de 2013, Francisco Gómez Martín, que fue sustituido por Pedro Larena. Hace unos días, además, cerró un expediente de regulación de empleo para la salida de cerca de 2.600 empleados, prometió volver a repartir en dividendos en efectivo en 2017, por alrededor de un 25% del resultado, y subir ese porcentaje en el ejercicio siguiente hasta un mínimo del 40% del beneficio en 2018. También diseñó un plan para sacudirse 6.000 millones de ladrillo de golpe a través de la colocación de su banco malo en Bolsa. Un propósito que sonaba a broma entre los banqueros de inversión. 

El sustento del expresidente

La rebelión en el consejo ya estaba en marcha, capitaneada por los mexicanos y, en realidad, con el apoyo de pocos más. El gran baluarte de Ángel Ron, la Sindicatura de Accionistas –vinculada al Opus Dei y con más de un 9% del capital– seguía brindándole su apoyo, al menos  una parte mayoritaria de ella. Lo mismo ocurría con la mayoría de sus otros accionistas de referencia. 

Las participaciones de los consejeros críticos eran minoría, según las fuentes consultadas, que apuntan a la intervención de la presidenta de la comisión de nombramientos, Reyes Calderón, también vinculada a la prelatura personal aunque enfrentada a la Sindicatura, como clave en la caída de Ron. Su gran baza era el desplome de la acción, superior al 97% desde el récord, un argumento incontestable que pone en jaque toda la gestión de Ron y que los consejeros favorables al expresidente han tenido finalmente que aceptar. 

Las posiciones de los otros grandes accionistas, hasta que anoche se organizó el asalto definitivo, estaban alineadas con el expresidente. Jaime Ruiz era el principal enemigo, representante del 4,25% de los accionistas mexicanos, mientras que Credit Mutuel, con un 3,95%, y Allianz (Vicente Tardío representa ese 3,05%) estuvieron del lado de Ron, aunque finalmente han desistido. Fuentes conocedoras de la guerra señalan también que ha sido decisiva la opinión de instituciones más allá del consejo. 

Fuente: Cinco días

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