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Bob Dylan, el Nobel que ya no escribe

Los cimientos culturales temblaron el pasado mes de octubre cuando se anunció el Premio Nobel de Literatura. Por primera vez recaía en un músico, de nombre Bob Dylan, con apenas dos libros publicados y, eso sí, decenas de canciones memorables. Todavía con el debate vivo el músico estadounidense perpetúa su imagen extravagante e inclasificable con su broma más infinita: lleva cinco años sin sacar material propio; es decir, sin escribir nuevas canciones.

Mañana llegará a las tiendas «Triplicate», el primer álbum triple de su carrera y que viene a completar una trilogía sorprendente, la de un músico que en su enésimo salto mortal se pone el disfraz de «crooner» y canta viejas melodías que le acompañaron en su infancia. Su particular revisión del llamado «American Songbook». Lo que empezó en 2015 con «Shadows in the night» y continuó un año después con «Fallen Angels» se perpetúa ahora para concluir con un mensaje claro: su momento de «crooner» no es una anécdota, un alto en el camino, sino ya una etapa concreta de su carrera.

– Bloqueo creativo

Pocos compositores hay más prolíficos que Bob Dylan, un hombre cuyo cancionero no deja de aumentar con la recuperación de sus famosas «Bootlegs Series», material inédito grabado en diferentes épocas de su vida que poco a poco van saliendo a la luz de un pozo que casi parece inagotable. Centenares de canciones inmortales que encontraron letras de contenido mayor y que se adaptaron a diferentes etapas: el romanticismo folk, las imágenes surrealistas, las narraciones bíblicas, las metáforas inabarcables… Y ahora canta lo de otros.

El último álbum de Dylan con material propio data de 2012. Fue «Tempest» y muchos vieron en él su mejor disco de su última etapa productiva. Un disco generoso, de más de 70 minutos y con una escritura realmente esforzada, con canciones tan monumentales como «Long and Wasted Years», «Scarlet Town» o «Pay in Blood». Pero Dylan se secó. O, al menos, renunció a seguir escribiendo canciones, que se sepa.

Para obtener una sequía creativa similar hay que remontarse al comienzo de la década de los 90. Eran tiempos difíciles para Dylan, tanto en lo personal como en lo musical. Aparecía entregado a una vida errante, en la carretera, y parecía más una gloria del pasado que alguien con cosas que decir en el presente. Se hablaba de una adicción al alcohol y su abandono físico era evidente. Con «Oh Mercy!», de 1989, había regresado a una nueva cima, pero un año después llegó «Under the red sky» y las expectativas quedaron defraudadas. Dylan entonces emprendió un retiro voluntario de la escritura. «Las mejores canciones ya están escritas. ¿Para qué habría de seguir?», diría en aquellos tiempos. Lo que siguió fueron dos discos de versiones folk –los muy estimables «Good As I Been To You” y «World go wrong»– y el álbum en directo «Unplugged». A Dylan le interesaba más la revisión en conciertos de su cancionero que nutrir a su audiencia de material nuevo.

Pero en 1997 se anunció por sorpresa un nuevo álbum de Dylan, el primero con material propio desde «Under The Red Sky» y el artista regresó en plenitud con una obra realmente inmortal para desmentir a quienes habían anunciado su prematura muerte artística. «Time Out of Mind» fue una bomba. No sólo era su mejor álbum de «madurez», sino uno de los mejores de su carrera. Ganó varios Grammy, incluido el de mejor disco del año, y Dylan volvió a reivindicarse como uno de los mejores –o el mejor– compositores de canciones.

Hubo que esperar a 2001 para tener nuevo material suyo. Fue con «Love and Theft», otro disco aclamado por la crítica y que le serviría de patrón para su material a partir de entonces. «Time out of mind» fue más que satisfactorio en término musicales, pero Dylan chocó con la exigencia del productor Daniel Lanois, quien sudó para extraer lo mejor del músico de Minnesota. Dylan odia los estudios y los tiempos de grabación, así que decidió producirse él mismo y completar las canciones en el propio estudio. La norma era tocar el material en directo con las mínimas tomas posibles, de forma que no le diera tiempo a aburrirse. Así grabaría también «Modern Times» (2006) o «Together Through Life» (2009).

Ya no era un Dylan tan prolífico como el de aquellos años sesenta, en los que por ejemplo facturó tres obras maestras –«Bringing it all back home», «Highway 61 Revisited» y el doble «Blonde on Blonde»– en menos de dos años. También iría a un ritmo cercano a disco por año en los setenta y ya en los ochenta comenzaría a espaciar algo más su producción. Así hasta llegar a nuestros días, en los que Dylan no escribe a pesar de lucir con orgullo su Premio Nobel de Literatura a toda una vida de textos.

Es cierto que llega un momento, generalmente en el invierno de una vida, en el que un artista intenta evocar momentos asociados a su niñez, rendir tributo al material que influyó decisivamente en la decisión de convertirse en músico. Pocos artistas hay como Dylan que reflejen tanto cariño hacia las canciones que le marcaron en aquella época iniciática de su vida y a lo largo de toda su existencia grabó y cantó en directo centenares de versiones. Pero jamás prolongó esa devoción tanto tiempo como ahora y encima además un género que tan ajeno podría resultarle en principio como es el del «songbook» americano.

– Literatura popular

Para su nuevo álbum triple, Dylan ha intentado dar cierta unidad y coherencia a las canciones, clasificando cada una tomando como base tres conceptos temáticos: «Til The Sun Goes Down» (hasta que se ponga el sol), «Devil Dolls (muñecas diabólicas)» y «Comin’ Home Late» (volviendo tarde a casa). De alguna manera, Dylan recupera los viejos clichés del género, conceptos como el amanecer, las colillas amontonadas, las mujeres fatales y los amores irresponsables. Una especie de homenaje a los grandes temas de la literatura popular que contienen las viejas canciones.

Nada sorprende ya porque todo lo nuevo estaba en las entregas anteriores sobre el estilo, pero la voz melancólica del artista y la brillantez de las canciones permiten disfrutar el trabajo que aparece ahora.

Ahora la cuestión está en ver cuál es la próxima parada de Dylan en esa autopista de la vida, que diría Woody Allen. Da la impresión de que con este triple ya agota una época y sorprendería muchísimo –casi hasta llegar a la decepción– pensar en otro volumen más. Pero quién puede prever el próximo movimiento de un artista cada vez más excéntrico y que parece disfrutar más y más sorprendiendo a la audiencia con un siguiente paso inesperado. Como un Gran Houdini, Dylan es rey del escapismo.



Fuente: La Razón

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