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Carla Simón: “La cinta está marcada por fotos de mi niñez”

A Frida le cuesta llorar. Se ha quedado huérfana y seca. Ahora sus tíos son sus padres adoptivos, y su prima, su hermana pequeña. El verano en que descubre las lágrimas se despliega en «Verano 1993», la sensible, preciosa ópera prima de la catalana Carla Simón (Badalona, 1986), que ayer se presentó en la sección Generation. Frida es Carla, pero transfigurada en el universo de una película con aire doméstico, cálido y distante a la vez, que respeta con notable rigor la mirada de una niña enfrentándose a una ausencia irreparable. Las conversaciones entre los adultos, a veces murmuradas o pilladas al vuelo; la sombra de una enfermedad que, en aquella época, era más que un estigma; la adaptación a un entorno nuevo, en medio del campo; la rivalidad con su nueva hermana; y la influencia de una abuela católica; son algunas de las experiencias que Frida tendrá que digerir, con los ojos bien abiertos, durante ese verano que Carla Simón nos regala a modo de auténtica inmersión en la verdad de las cosas y los afectos, con una sutileza impropia en el trabajo de un debutante.

–¿En qué medida podemos considerar «Verano 1993» una ficción autobiográfica?

–Es mi historia tal cual. Yo perdí a mi madre cuando tenía seis años y a mi padre cuando aún era más pequeña. Ambos murieron de Sida. Para escribir el guión partí de mis recuerdos y de todo lo que me han contado, hasta el punto que ya no sé lo que me he inventado y lo que no. He explicado mi historia tantas veces que casi se ha convertido en un cuento. Fue bonito reconectar con mi infancia y pensarla desde los otros, nunca me había planteado qué pensaban mis padres. Al final, conciliar las imágenes de mi memoria y la realidad del rodaje fue, realmente, lo más complicado.

–A menudo el retrato de la infancia en el cine tiene un matiz algo condescendiente. Sin embargo, no es nada complaciente con Frida…

–Un niño es un niño ocurra lo que le ocurra. A veces está contento, a veces está triste, pero, por mucho que atraviese un proceso de duelo, jugará y se lo pasará bien. Era importante que existiera el contraste entre esa ligereza del tiempo estival y lo dramático de lo que le está ocurriendo a la niña. Me preocupaba mucho que el resultado no fuera sensiblero.

–Las niñas (Laia Artigas y Paula Robles, de 6 y 4 años, respectivamente) están fantásticas. ¿Cómo se llega a sacarles ese nivel de verdad?

–Precisamente, con las niñas rodamos sin guión, asegurándome de que contaran la historia que yo quería pero sin coartarles la libertad. A veces les lanzaba la frase en la toma y luego ellas la repetían y empezaban a improvisar. Era importante que nunca sintieran la cámara como algo intrusivo. Rodamos siempre en continuidad, olvidándonos de las marcas. Y eso, cuando funciona, es maravilloso, pero sufrimos mucho, porque una mirada a cámara arruina toda una toma.

–Recuerdan, de hecho, a los niños en las películas de Kiarostami. ¿Cómo se trabaja con los cineastas que te gustan sin perder de vista tu propio discurso?

–De Kiarostami me gusta mucho el gesto de los niños que escoge, algo que vi en Laia de inmediato. De «El espíritu de la colmena» y «Cría cuervos» me fijé en el modo en que trata el contexto, que está muy por debajo de la trama y a la vez muy presente. Soy bastante fan también de Lucrecia Martel y Alice Rohrwacher. Todas esas referencias fueron diluyéndose cuando llegamos al rodaje, y al final lo que más ha dejado huella son las fotos de cuando yo era pequeña, no sólo en la dirección artística sino también en los encuadres, que tienen algo de película familiar.

–¿Cómo te sentó revivir tu infancia en imágenes? ¿Fue en algún momento un obstáculo?

–Mi idea inicial era, sobre todo, contar toda la historia a través de los ojos de la niña, pero luego vi que se había filtrado algo muy documental, que pertenecía a mi yo filmando. Rodamos en sitios que conocía tan bien que a veces me bloqueaba, estaban llenos de emoción propia, y me costaba distinguir si las imágenes que estaba capturando eran especiales o no.



Fuente: La Razón

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