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Carta de Francis Franco: «Señor Sánchez, no le dé la razón a mi abuelo»

La semana anterior, al anuncio de desenterrar a mi abuelo y de cambiar el uso al monumento de la reconciliación que es el Valle de los Caídos, y que fue erigido precisamente por Franco con el único propósito de unir bajo la Cruz los restos de los muertos de los dos bandos, todos mis hermanos firmamos una carta dirigida al abad mitrado de la abadía del Valle de los Caídos manifestando nuestra rotunda oposición a su traslado para el manejo político de sus restos.

El monumento no se hizo para seguir dividiendo a los españoles en dos bandos irreconciliables, como intenta obsesivamente el partido de este Gobierno desde la época de Zapatero con la Ley de la Memoria Histórica, que es una ley sectaria contra el «fantasma del franquismo», y que necesariamente traerá como rebote el que todos nos acordemos de que este país, con el PSOE en el gobierno, casi se convirtió en parte de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Gracias a mi abuelo, y con la ayuda y sacrifico de muchos españoles, se evitó que España se convirtiera en un país satélite.

Lo de «fantasma» lo digo porque el franquismo propiamente dicho no existió, ya que Franco –consciente de la excepcionalidad de su régimen– quiso crear un sistema sin implicaciones con su persona, que pudiera evolucionar hacia fórmulas de participación, bajo la tutela de la Corona.

Gracias a Dios, la obsesión totalitaria de la izquierda más extrema de poner en práctica la «Damnatio memoriae» borrando nombres de calles, edificios, quitando símbolos, retirando placas y alterando monumentos (no puedo dejar de asociarlo a la destrucción del ISIS) para retorcer la historia, e intentando callar, además, las únicas voces que claman en el desierto la verdad, como la Fundación Francisco Franco, es tan antigua como el mundo, pues ya se producía tanto en Roma como en Grecia siglos antes de Cristo, pero ya no funciona debido a internet y a las hemerotecas. Mi madre murió en diciembre pasado y siempre nos decía que no debíamos preocuparnos ya que «papá se defiende solo ante la Historia con sus obras y sus logros», y quiero creer que el tiempo termine por darle la razón. Me consuela que no tenga que vivir el mal trago de ver removidos los restos de su padre como arma política para dividir a los españoles si ustedes lo consiguen al exhumarlo, contraviniendo la ley o cambiándola para esa pírrica victoria que consistiría en hacer lo que él no hizo, pues ni uno de los muertos allí enterrados lo fueron contra la voluntad de sus familiares vivos.

Personalmente discrepé en vida de mi abuelo en muchas cosas, que obviamente no le contaré a Vd., pero sí en el de la fobia que tenía a los partidos políticos, porque me explicaba que no defendían a España ni al bien común, sino a sus propios intereses. Usted, Rajoy, Pujol y sus hijos políticos han hecho todo lo que ha estado en su mano por darle la razón, como en muchas otras cosas. Antecesores suyos como Felipe González y la mayoría de los políticos de la Transición trajeron la concordia, y con ella la Constitución, haciéndome pensar que tenía razón, pero ahora compruebo que no, la tenía mi abuelo. Vd. no podrá cargársela porque casi nadie le ha votado y si está donde está es por la unión contra el enemigo común, Rajoy, pero en poco más le apoyarán, excepto en sus predecibles leyes de maquillaje, carísimas (hoy, 17 días después, 2.500 millones) y vacías de contenido, cuyo único cometido es ganar votos.

Espero que no le vaya a funcionar como no le ha valido a Rajoy su magnífica gestión económica y ya le aviso de que, en la era digital que nos ha tocado vivir, ni podrán borrar la memoria de mi abuelo ni podrán engañar a todo el pueblo español, que cada día se fía menos de sus políticos.

Permítame, para terminar, que le dé un consejo: no le dé la razón a mi abuelo, deje de hacer tonterías y haga cosas constructivas y no destructivas empleando su tiempo y el dinero de todos en obras sociales, como hizo mi antepasado, creando infraestructuras, viviendas sociales, pueblos enteros con sus tierras y creando puestos de trabajo, no subsidios para ganar votos. Porque al final, después de todo, es lo que verdaderamente queda.



Fuente: La Razón

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