Cataluña: Los sediciosos se sentarán en la Mesa del Congreso de los Diputados

Cataluña: Los sediciosos se sentarán en la Mesa del Congreso de los Diputados


En la última Ejecutiva del PSOE Pedro Sánchez apenas habló unos minutos pero su mensaje fue claro, claro a pesar de que muchos de los asistentes, aún en babia, no lo entendieron. El mensaje era: «Ahora es más fácil el Gobierno que en abril». Pasados estos días ya nadie lo duda: vistas las últimas encuestas preelectorales, el aún presidente tenía pactado de antemano un acuerdo con Pablo Iglesias. También con ERC. También con el PNV. Los nacionalistas vascos se enfadaron artificialmente cuando en el debate Sánchez anunció el restablecimiento penal de los referendos ilegales, pero sabían que era simplemente un brindis al sol porque, como suele decir el presidente del Euskadi Buru Batzar, Andoni Ortúzar: «Sánchez tiene una alta consideración de sí mismo, pero para él las palabras no son más que instrumentos». Como para el PNV el gurucillo Redondo, al que el PNV conoce muy bien porque le ofreció sus servicios,  «No es más que un Rasputín de tercera». Lo será, pero, al fin, es el que pone negro sobre blanco todo lo que perpetra su jefe en La Moncloa.

Los miembros de la Ejecutiva mayormente no se enteraron de nada y los socialistas históricos de toda la vida se sorprendieron con la urgente maniobra del secretario general. Tanto es así que se quedaron, en versión de uno de ellos, diputado que parecía eterno: «Anonadados, estupefactos más bien». Ahora lo que dicen es que todas las intentonas que se están realizando para que Sánchez vuelva a la razón y abjure de su pacto con los leninistas de Podemos están condenadas al fracaso. «Sánchez -dicen al cronista- ha hecho lo que quiere hacer, lo que cree que es lo más conveniente para él, que es lo único que le importa«. Es más -añaden- tan calculado lo tiene que ya ha perpetrado la respuesta a la sentencia de los ERES: en todo caso -es lo que ha previsto- lo tendrán que lidiar en el Sur, más concretamente Susana Díaz a la que preparan una OPA hostil para echarla del poder regional socialista.

Los mencionados históricos alertan sobre lo que ellos definen como una «constancia apocalíptica»: «Sánchez se va a cargar el PSOE», cosa que al infrascrito le trae exactamente por una higa. Cuando le preguntan qué le parecen las reacciones de sus antecesores, él les desprecia con un: «¡Bah, su tiempo ha pasado», algo que encocora a prebostes varios y sobre todo a Felipe González al que Sánchez pone literalmente de los nervios. Antes de morir Rubalcaba tampoco era muy piadoso con él y, con aquella sorna que le caracterizaba, se expresaba así: «No nos llama, no debe tener el teléfono del asilo de ancianos». Los socialistas de la siguiente generación, tipo Page, sí parecen dispuestos a dar la batalla en el partido pero, según informaciones muy solventes, creen que este no es el mejor momento. Y es que la verdad no es más que ésta: tanto Page como los demás barones están encantados con la división de la derecha que les ha convertido en ganadores. González también: ¿o es que nadie se acuerda ya de aquel libro de conversaciones con Cebrián en el que el ex-presidente abogaba por la ruptura del PP como indispensable para que el PSOE volviera al poder?

Ahora éstos, los históricos, los bienintencionados que se alarman ante el Gobierno socialcomunista tienen en realidad poco que hacer. O van a  conseguir nada. Los dirigentes del PP más proclives a forzar una solución parlamentaria que no sea la propuesta por el dúo Sánchez-Iglesias coinciden en que todos sus esfuerzos son vanos, que todo esta atado y bien atado. Fíjense, los más proclives a una coalición PP-PSOE advierten sin embargo: «¿Alguien cree que ERC, la indispensable, va a dejar que pase una oportunidad de un Gobierno que no les va a molestar en absoluto?». Pues naturalmente que no. El día 3 se constituyen las nuevas Cortes Generales, pues bien, un adelanto: ERC  tendrá un representante en la Mesa del Congreso, quizá también el PNV. Desde luego Podemos con una vicepresidencia. Ahí se visualizará el acuerdo para un Gobierno, con vocación de aguantar cuatro años, que cumple con la única aspiración de Sánchez: seguir en el poder al precio que sea.


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