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Chacón: una generación desaprovechada

«En la vida no se trata de encontrarse uno mismo, sino de crearse uno mismo», escribió George Bernard Shaw. No he conocido a nadie que ejemplifique la verdad de este aserto mejor que Carme Chacón. Una mujer que decidió pronto lo que quería y luchó por ello hasta su muy temprana muerte, que todavía nos duele como la herida abierta que es.

Crearse a uno mismo, sí, pero ha de crearse desde algo y, por suerte para todos nosotros, ese algo era en Carme la profunda rebeldía, el rechazo a la injusticia, el deseo de intervenir para cambiar las cosas que impulsa a los que de verdad sienten la vocación de lo público. Carme era sin duda una de esos, pura inquietud política.

Ella estaba dispuesta a superar cualquier obstáculo –y decidió que su corazón no podía serlo– en la carrera que había elegido, que era justamente la de eliminar los obstáculos que se le presentan a la gente para tener una vida digna. Carme era una mujer optimista, vital, positiva, que amaba la vida y la apuraba hasta la última gota. Creo que no soportaba que la gente no pudiera tener como ella una vida plena. Al final era eso, cómo no, trabajar y luchar para mejorar la vida de la gente.

Se formó y aprendió lo que los filósofos habían pensado y propuesto para hacer avanzar nuestras sociedades, lo que la Historia nos ha enseñado y lo que la política es capaz de hacer. Y desde las convicciones progresistas y socialistas, desde la comprensión de la democracia en libertad pero también en igualdad que siempre albergó, comenzó a trabajar en política con toda la ilusión y las ganas del mundo. Por eso, por sus ideas, que eran pura energía, y por su talento enseguida se distinguió como un joven valor del Partido Socialista. Y realmente lo era. Y se convirtió en una realidad que dio muchísimo de sí tanto en el Parlamento como en el gobierno del presidente Rodríguez Zapatero, al que ella y sus también jóvenes compañeros de «Nueva vía» ayudaron a convertirse en líder.

Pero Carme tenía una singularidad. La palabra «difícil» no estaba en su vocabulario. Decir difícil significaba para ella plantear una situación que o bien no se iba a poder abordar o bien no se iba a ser suficientemente fuerte para solucionar, y eso era impensable. No había reto al que Carme no hiciera frente desde el principio y con una posición firme y segura. Como mujer y como política.

Recuerdo un momento que me parece especialmente significativo. Estábamos en Moncloa en abril de 2008. Apenas habían transcurrido diez días desde su toma de posesión como primera mujer ministra de Defensa de la democracia española en aquel acto que dio la vuelta al mundo y rompió la imagen de «La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía…», en versos de Machado.

Pero aquella noche, ya madrugada, la ocasión no era tan feliz. El atunero Playa de Bakio había sido secuestrado por piratas en el Índico, frente a las costas de Somalia. En el gabinete de crisis que constituimos con los responsables de las Fuerzas Armadas y de los Servicios de Inteligencia, llevábamos horas recibiendo información y sopesando la posibilidad de llevar a cabo un abordaje. Llegado un momento, la vi pálida. Su embarazo era ya de más de ocho meses y estaba agotada, pero se negaba a irse a descansar. Tuve que esforzarme y casi recurrir a la marcial disciplina que caracterizaba su ministerio para que finalmente accediera a dar por terminado el día.

Estaba claro que no iba a permitir que su embarazo modificara un ápice el modo en que ella creía que debía conducir su departamento. Sólo se marchó cuando le aseguré que estaría al tanto de cualquier novedad.

Y precisamente en eso radicaba su liderazgo, en no rendirse, en no admitir ningún límite a lo que se proponía, convencida como estaba de que realizarlo era, no sólo su deseo, sino también su deber. Era una rebeldía ante la injusticia, ante la desigualdad, ante la intolerancia, que estaba en la base de su compromiso progresista y socialista y de su vida como mujer. Una mujer libre y feminista que estaba determinada a no aceptar ni para ella ni para ninguna mujer discriminaciones o techos de cristal.

Albert Einstein escribió que «la vida es como montar en bicicleta, para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando». Carme pedaleó desde el principio y lo hizo con una extraordinaria velocidad, consciente de que la vida es corta y tal vez la suya podía serlo un poco más. Con 28 años era primera Teniente de Alcalde de Esplugues de Llobregat, con 29 diputada, con 33 vicepresidenta del Congreso y con 36 ministra.

A los 42 se presentó como candidata a convertirse en la primera mujer secretaria general del PSOE. Su victoria habría representado otro hito histórico como el de su primera revista a las tropas. Por fin una mujer dirigiendo uno de los grandes partidos en España. Pero además habría producido un cambio muy importante dando paso a un nuevo liderazgo, el liderazgo fuerte e innovador de una mujer progresista, joven pero con experiencia de gobierno, en el partido socialista.

Se ha dicho estos días que la generación de Carmen es una generación desaprovechada. Quizá no lo hubiera sido. Su victoria habría cambiado no sólo la trayectoria del partido, sino también la de la sociedad a la que sirve porque nuestro país, como el mundo en su conjunto, necesita desesperadamente dar paso, en este cambio de época, a un nuevo liderazgo. Un nuevo liderazgo del que las mujeres son el mejor exponente.

Mujeres como Carme, brillantes, formadas, luchadoras, imparables; mujeres de su tiempo y llamadas a conducir su tiempo por nuevos derroteros; mujeres capaces de crear esperanza ante tanto déjà vu, ante tanto más de lo mismo como sufrimos cada día en la política mundial. Carme no dejó de pedalear hasta el final de su vida trágicamente corta, pero le dio tiempo a dejar huella entre los socialistas y mucho más allá, a dar un empujón a las mujeres en su lucha por un mundo nuevo. Por un mundo, en palabras de Rosa Luxemburgo, «donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres». Un mundo que Carme Chacón contribuyó a construir.



Fuente: La Razón

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