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Cousteau, el héroe ya no hace pie

Basta con haber leído a Conrad (y ni eso, ¡qué demonios!) para saber que el alma de un hombre es más profunda que el profundo océano. Mantienen los expertos que del mar, de los mares, solo conocemos un 5%, apenas lo que se sabe de una persona si nos paramos a pensarlo, menos aun de alguien que se haya enmascarado tras su figura pública. Y aquí llegamos a Cousteau, a Jacques-Yves.

Para Jérôme Salle, director del «biopic» sobre el comandante del gorrito rojo, «Jacques», su película, equivale a «contarle a una persona ya crecida que Santa Claus son los padres: cuesta asimilarlo». Lo dice en defensa de las críticas que le han llegado de su propio país por hurgar en la fosa abisal de un hombre tan entrañable como ambiguo, un héroe nacional que, al tiempo en que maravillaba al mundo con sus épicos viajes a bordo del «Calypso» –un Oscar y una Palma de Oro ganó en 1956 por «El mundo del silencio–, descuidaba su matrimonio y su familia, se aliaba con las petroleras para financiar sus viajes, luchaba contra su incorregible tendencia al endeudamiento y lanzaba bombas al mar para pescar. «Resulta curioso que en Francia parte de la gente piensa que este retrato de Cousteau es muy severo, mientras que la otra mitad opina que es demasiado amable. Así que imagino que es equilibrado», señala, con sonrisa irónica, Salle. Y prosigue: «Efectivamente, era un personaje ambiguo, complicado. Los de mi generación lo veíamos como un abuelo amable que nos hacía viajar cada semana, y para ciertas personas descubrir que este abuelo era una persona mucho más compleja es como una traición a su imagen».

«Jacques», que retrata la vida del comandante desde finales de los 40 hasta la muerte de su hijo Philippe en 1979, hunde las manos en el légamo del clan Cousteau pero sin ánimo de extraer puro chapapote, sino con la aspiración de humanizar a un personaje que, a pesar de su egoísmo y su divismo, nos adentró en un mundo desconocido y supo sumarse a tiempo a las nuevas corrientes ecologistas y conservacionistas. En esto, no poca responsabilidad tuvo Philippe, el «ojito derecho» de Cousteau. El filme se asienta preponderantemente en esa relación paterno-filial, en las distintas sensibilidades que representaban, en sus tiras y aflojas, con una reconciliación final en la que el vástago abre el camino hacia la conciencia ecologista del progenitor. ¿No habría existido un Cousteau activista y conservacionista sin Philippe? «Está claro que el hijo estaba un paso por delante en ese sentido. Creo que sin él, Jacques Cousteau se hubiera concienciado igualmente, pero Philippe acelera ese proceso. Pertenecía a una nueva generación que aportaba otra mirada, pero el propio Cousteau había asistido al empobrecimiento del mundo marino que había conocido; hacía mediciones en un punto y volvía a los 10 años y encontraba todo distinto. No tenía otra opción que evolucionar hacia esa preocupación medioambiental».

Como sucede con todo ser excepcional, la opinión respecto al comandante ha estado polarizada durante años en su Francia natal. «Al final de sus días, las desavenencias con sus hijos demostraban que no eran una familia ideal», asume Salle. Los líos familiares siguen vigentes, con el futuro del Calypso en liza, y el legado dividido entre sus hijos y su segunda esposa, Francine. Ella, dentro de todo el clan, es la única que no ha valorado la cinta tras verla. «Se habla de un Jacques que no conoció, porque ella aún no estaba en su vida. El resto de la familia me ha dado un ‘‘feedback’’ positivo. Antes de rodarla yo ya había pasado el guión a todos, dejando claro que haría libremente mi película pero evitando herir gratuitamente. Para mí era importante reunirme con la familia y el equipo con el que trabajó Cousteau para entender realmente quién era. Se han escrito muchos libros sobre él, pero ninguno ha conseguido llegar al secreto de su intimidad».

El rodaje de «Jacques», plagado de escenas subacuáticas, ha permitido al equipo encabezado por Salle colocarse frente a frente ante los retos que el propio comandante tuvo que encarar como cineasta. «Se trataba también de rendir homenaje a Cousteau –señala el realizador–. En su época, con los medios disponibles, conseguía hacer cosas fantásticas. ‘‘El mundo del silencio’’ sigue siendo visualmente sublime, así que el listón estaba muy alto. Fue curioso seguir sus pasos y entendimos lo complicado que era lo que él hizo aun hoy en día, 50 años después». El periplo de este «biopic» los ha llevado por países tan fascinantes y dispares como Croacia, Suráfrica, Francia y Bahamas, entre otros.



Fuente: La Razón

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