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Cuando las voces mandan

Sin duda, este «Andrea Chenier» es uno de los acontecimientos líricos del año en el mundo. Los medios comentan aquí que jamás se había visto esta ópera en Múnich, lo cual no es cierto, pues, aunque no vista en la Bayerische Staatsoper, sí se programó en concierto y en escena en Gärtnerplatz. Pero no era el título, sino los intérpretes, el auténtico reclamo, Jonas Kaufmann, Anja Harteros y Luca Salsi, un trío de ases. Y los tres cumplieron, empezando por ella. Gran cantante de Strauss y más discutible en Verdi, podrían existir dudas sobre su conveniencia como Maddalena de Coigny, que se disiparon desde sus primeras notas, llenas de facilidad, soltura y frescura. «La mamma corta» fue expuesta con recreada lentitud, muy cuidada por Meier Wellber, y también con emoción. Fue la más ovacionada, tanto en su número como en los aplausos finales. El público estuvo más cicatero con Kaufmann, a pesar de jugar en casa. Si en el «Lohengrin» parisino se reservó, no ha sido así como Chenier. Cantó su primer aria como un auténtico poeta, fraseando la queja revolucionaria que encierra y otro tanto la conclusiva despedida a una vida que se va en plena primavera. Podría haberla acabado más en punta buscando una mayor reacción del público, pero no quiso hacerlo. El «Si fui soldato» quedó más intelectual que desafiante. Soberbio el dúo «Eravate possente», con tenor y soprano cuidando mucho las medias voces y la expresividad. En el «Vicino a te» final realizó Harteros la mayor parte del trabajo, con Kaufmann retrasando la proyección de la voz y musitando el «Ella vien col sole». Luca Salsi fue un Gerard muy convincente, sobre todo por la rotundidad de su voz, potente como pocas hoy. Su «Nemico della patria» tuvo grandeza. Excelente Doris Soffel como la Condesa y Elena Zilio como Madelon. Meier Wellber buscó la teatralidad musical de los grandes momentos con fortísimos del foso, pero supo cuidar en todo momento a las voces. Faltó grandeza en el final del primera acto por la velocidad que le imprimió, aunque bordó el del tercero. Philipp Stölz se ha apuntado a dividir el escenario en pequeños cuadros, lo mismo que en Salzburgo con Cavalleria y Payasos, dentro de una producción de concepto tradicional. Casi siempre dos o tres niveles con, a su vez, otros dos cuadros por nivel. Arriba la vida de los de «arriba» y abajo la de los de «abajo», como expresaría algún partido político populista. Plantea tres inconvenientes: no se ven todos desde todos los asientos del teatro, el espectador se distrae no sabiendo a donde mirar y las grandes escenas quedan abigarradas y empequeñecidas. Mucho mejor la producción de la Bastilla, vista también en el Real. Hubo por ello bastante división de opiniones en los veinte minutos de vítores finales. El día 18 se retransmitirá en stream desde la web del teatro.



Fuente: La Razón

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