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De Narbona a Carcasona, descubriendo el país cátaro

Castillos, pueblos e incluso ciudades enteras se alzaron contra la iglesia de Roma como símbolo de rebeldía. El sureste de Francia, cruzando la montaña pirenaica, fue uno de los territorios de mayor arraigo para el pueblo cátaro. Un pueblo que desde el siglo XII fue acusado de herejía y perseguido por su fervor religioso basado en un cristianismo dualista. Por suerte, no son pocos los vestigios que aún se conservan del país cátaro, hoy conocido como departamento de Aude, en la recién estrenada región de Occitania.

Llegar a descubrir estos territorios fértiles, plagados de viñedos a orillas del río Aude, lleva su tiempo, tanto como lo hace descubrir su fuerte identidad mediterránea, su arte medieval y su sabrosa gastronomía. Pero como todo en esta vida es empezar, le recomendamos que empiece poco a poco, desde Narbona a Carcasona.

El canal de la Robine atraviesa la ciudad de Narbona y separa el barrio de Bourg, de tradición artesana y medieval, del centro de la ciudad. El paseo por esta zona es tan obligado como apacible, partiendo desde la orilla del riachuelo hasta la plaza del ayuntamiento, donde se conservan restos de la Via Domitia, antigua conexión romana entre Italia y la península Ibérica. El gran Palacio de los Arzobispos custodia la cara norte de la plaza con la gran mole del torreón Gilles Aycellin como símbolo más visible. Solo es eclipsado por la catedral de San Justo y San Pastor, a su espalda.

Deje la plaza del ayuntamiento, siempre repleta de terrazas, tanto en invierno como en verano, para continuar por la estrecha y empedrada rue Droite. Si quiere llegar algún día al Horreum romano, un entramado de galerías subterráneas, vale más que no se entretenga demasiado entre tanta tienda de ropa y de artesanía.

Cruce el singular puente de los Mercantes, monumento protegido por la Unesco, y acérquese hasta el mercado de Les Halles. Paseantes hambrientos, gourmets y cocineros noveles encuentran en este lugar un santuario de productos típicos occitanos: dulces, quesos, olivas, miel, especias, pescados… Un auténtico catálogo del Mediterráneo indispensable.

Dejamos esta ciudad y cambiamos la costa por el interior para meternos de lleno en territorio cátaro. Junto a la Montaña Negra se yergue la Cité de Carcasona, un auténtico espectáculo arquitectónico medieval plasmado en un conjunto doblemente amurallado flanqueado por torres. El camino de ronda circula sobre lo alto de esta muralla ofreciendo al visitante una vista panorámica del resto de la ciudad y el país cátaro.

El castillo condal es una impenetrable fortaleza dentro otra fortaleza. Data del siglo XIII y está protegido por una barbacana semicircular y un foso. Cualquiera se hubiese atrevido a asediarlo. El esplendor de la Cité se debe en parte a su rehabilitación en el siglo XIX. La puerta Narbonesa da paso a esta ciudadela, Patrimonio de la Unesco desde 1997, tan bien conservada que parece un parque temático del medievo.

La basílica de San Nazario, del siglo XI, plazoletas alrededor de un pozo y callejuelas tortuosas de adoquín llenas de comercios donde se venden artículos artesanales y donde los restaurantes preparan el auténtico cassoulet, una especie de fabada a lo occitano.
Carcasona es tradición cátara y deleite medieval.



Fuente: Cinco días

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