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Defensa de la Carta Magna

Ésta no va a ser una legislatura constituyente. Por dos razones: la primera porque la Constitución vigente desde 1978, que tan buenos resultados ha dado, sigue siendo válida en su conjunto, y la segunda porque no se ve por ningún lado el consenso político que hubo entonces para una empresa de esa trascendencia. Tanto la división de poderes como la garantía de los derechos están bien establecidas en la actual Carta Magna. Llamada «la Constitución de la concordia», ha proporcionado el más largo período de libertad, prosperidad y convivencia democrática de la historia de España. Sería una temeridad empeñarse en hacer ahora una nueva, sin tener en cuenta, entre otras cosas, la actitud destructiva de Unidos Podemos y de los soberanistas. Además, como se acaba de ver en Italia y antes en Gran Bretaña, los referéndums los carga el diablo. Un gobernante tan prudente y cauteloso como Rajoy no se va a meter en esa aventura insensata. Otra cosa es arreglar con delicadeza de cirujano las piezas enfermas o defectuosas, bien definidas, con el menor destrozo posible. Pero también ésa puede resultar una operación peligrosa. Entre las piezas defectuosas figura en primer lugar la reordenación del territorio con la revisión del Estado de las autonomías, donde hay posiciones absolutamente contrapuestas. Eliminar la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión al trono –un arreglo necesario– puede servir de yesca para incendiar el debate sobre la forma de Estado. La reforma de la ley electoral también responde a intereses políticos distintos. Y así sucesivamente.

En todo caso, una cosa es hacer cambios en la Constitución y otra muy distinta cambiar de Constitución. Cambiar de modelo o de régimen, como pretenden los de Podemos y los separatistas, es lo que está tajantemente descartado. La subcomisión constitucional, creada al efecto, a lo más que puede aspirar es a algunas reformas concretas, que habrá que negociar punto por punto en esta legislatura a calzón quitado hasta alcanzar el consenso. Como en la etapa constituyente del 78, todos tienen que estar dispuestos a ceder en sus pretensiones. Es falaz el argumento de que las nuevas generaciones no votaron la Constitución vigente. Ahí están la americana, la francesa o la alemana. Toda Constitución que se precie tiene vocación de perpetuidad y, por tanto, trasciende el paso de las generaciones. Ésa es su gracia. Pero uno de los argumentos a favor de arreglar las piezas defectuosas de la actual es precisamente el propósito de impulsar el fervor constitucional en las nuevas generaciones, parecido al que sentimos los que fuimos, ilusionados, a votar con nuestros hijos pequeños de la mano aquel inolvidable 6 de diciembre de 1978.



Fuente: La Razón

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