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Denzel Washington: “De joven yo era un snob a quien el cine no le interesaba”

Denzel Washington es uno de esos actores que ha progresado con tiento y elegido sus papeles con mucho tino, lo que le ha llevado a ganar dos Oscar, el primero por «Glory» (1989), y el segundo por «Training Day» (2001). No sólo es un intérprete imprescindible, sino que también lleva años probando suerte detrás de las cámaras con filmes como «Antwone Fisher» o «The Great Debaters». Ahora dirige, protagoniza y hasta produce «Fences», la adaptación de la obra de teatro de August Wilson, ganadora del premio Pulitzer, que gira alrededor de un recogedor de basura llamado Troy Maxson en los años cincuenta en Pittsburgh. Éste tiene la tendencia de pagar sus frustraciones en sus seres más allegados, como su hijo Cory y su mujer Rose, entre ellas, no haber sido admitido en la liga profesional de beisbol debido a su raza. La cinta parte con cuatro nominaciones para las estatuillas: director, actor, actriz de reparto y guión adaptado.

–¿Cuándo y cómo conoció la obra de August Wilson?

–Vi «Ma Rainey’s Black Bottom» en 1984, el año de su estreno, y recuerdo todas aquellas maravillosas interpretaciones. Cuando conocí la obra, no sabía quién era August Wilson. No sabía que iba a escribir todas esas otras maravillosas, pero, por algún motivo, su voz me resultaba familiar. Me acuerdo de aquella noche en el teatro y mi sensación de asombro e intensa emoción.

–¿Qué recuerdos tiene de cuando vio la producción original de «Fences» en Broadway?

–Conecté más con Cory (el hijo) porque mi edad era más cercana a la suya. Y recuerdo lo frágil que parecía Mary Alice (la esposa) en comparación con Troy (que lo interpretaba James Earl Jones). Había visto a James interpretar «Otelo» con Christopher Plummer. Y también «Edipo, rey». De hecho, estuve entre bambalinas. No me conocía, pero me imagino que se dio cuenta de que era un actor joven, así que me dejó quedarme por allí. Él estaba rodeado de gente, y yo no hacía más que dar vueltas, mirando su maquillaje así como todos los anillos que no se había quitado tras la interpretación. Empecé a probármelos, y como James es tan grande, en mis dedos eran como brazaletes. Tengo el claro recuerdo de lo enorme que era, y de aquella voz, su poderío.

–Usted estaba por entonces claramente volcado en el teatro.

–Era uno de esos tipos snobs del Lincoln Center Theater a los que no nos interesaba el cine. Un día, con algo de suerte, sería como James Earl Jones, y ganaría 650 dólares a la semana y haría «Otelo», pensaba. Y, de hecho, mis dos primeros papeles fueron el «Emperador Jones» (Eugene O’Neill) y «Otelo». Así que no dejaba de pensar en él y en Paul Robeson. Eran la referencia, el nivel que deseaba alcanzar.

–¿Le recuerda su padre en algún sentido a Troy, el protagonista de «Fences»?

–No era un tipo duro, en absoluto, sino muy amable, un hombre bastante espiritual, un pastor. Aunque, al igual que Troy, se preocupaba por las cosas prácticas que podían afectar a su hijo. Recuerdo que solía decirme cosas como «consigue un buen puesto». Mi padre trabajaba para el Departamento de Aguas de Nueva York, en el norte del estado, en los pantanos. Tomaba muestras del agua. Solía hablarme de que podía colocarme allí y ascender y llegar a supervisor en treinta años. Y mi madre añadía: «Ni hablar, va a ir a la universidad».

–¿Qué opinaba su padre de que pretendiera convertirse en actor?

–Recuerdo una visita que le hice a Virginia después de que empezase a conseguir trabajos. Me daba un poco de vergüenza porque entrábamos a un supermercado o a cualquier otro sitio y se ponía a preguntar a todos los que estaban por allí: «¿Sabe quién es?» Nadie tenía ni idea de quién era yo. Pero era Denzel Washington hijo, y allí estaba mi querido padre alardeando de mí. También me acuerdo de que en abril de 1991, en un viaje a Nueva York para una reunión de trabajo con Spike Lee sobre «Malcolm X», mi hermano vino al aeropuerto y me dijo: «Siéntate». Yo le respondí: «No me hace falta sentarme. ¿Quién ha muerto?». Lo intuí. Y era mi padre el que estaba a las puertas de fallecer. Recuerdo claramente ese vínculo que tuvimos.

–¿Cómo encaja Troy en la vida de su familia?

–«Fences» es una historia de sueños rotos y de lo que pasa con esa energía. Trata sobre lo que le ocurre con los sueños que se dejan pasar, como dice Langston Hughes. ¿Qué sucede cuando eras lo suficientemente bueno y no lo conseguiste? ¿Dónde va toda esa energía cuando no eres capaz de expresar tu talento? Troy pudo haber sido un Willie Stargell, un gran bateador de los Pittsburgh Pirates, pero para Troy el cambio llegó demasiado tarde. E impulsado por esa amargura desea lo mejor para su hijo; sin embargo, es muy corto de miras, su perspectiva resulta limitada. Rose dice: «Mira, Cory tiene la oportunidad de ir a la universidad con una beca de fútbol». Pero a Troy sólo le interesa que el chico consiga un trabajo. No comprende las posibilidades, no ve el futuro. Como le dice Rose: «El mundo está cambiando y tú eres incapaz de verlo». Troy está atrapado en el pasado y se siente frustrado por la oportunidad perdida.

–¿Qué cree que puede extraer el público de la cinta?

–Depende de lo que ellos aporten cuando la vean. Sé que se van a divertir y a ilustrar, a ver grandes interpretaciones y actores maravillosos. Escucharán una voz que no han oído, y que no obstante les resultará familiar: el ritmo, la musicalidad.

–¿Cómo fue su relación con August Wilson?

–No llegué a conocerle bien. Pero pasé un día maravilloso con él, en algún momento a principios de la década del 2000. Cogí un vuelo a Seattle, que era donde vivía en aquella época. Estuvo lloviendo todo el día, y el no dejó de fumar un cigarrillo tras otro. Y escribía. Estaba escribiendo su penúltima obra y mi agente me sugirió que le visitase. Así que me planté allí para verle y nos pasamos todo el día hablando. Me contó cómo escribía teatro, que cerraba las puertas y bajaba las persianas, y que, en esencia, escribía lo que los personajes «le decían» que escribiese.



Fuente: La Razón

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