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Dos décadas sin Marcello Mastroianni, el eterno Casanova

«Mi trabajo me gusta, pero no estoy dispuesto a sacrificarme por un papel, vivir en él. No estoy dispuesto a hincharme y deshincharme como lo hace Robert De Niro». Éstas fueron tan sólo algunas de las grandes frases que dejó para siempre Marcello Mastroianni (1924-1996) quien, hace exactamente 20 años, se convertía para siempre en una leyenda del más alto cine italiano. «Actuaba con la misma naturalidad que un niño, a la vez que vivía con el mismo gusto de un acróbata, siempre listo a dar el salto mortal», opina el conocido diario italiano «La Stampa».

Con el tiempo, no obstante su gran fama internacional –encarnando para siempre la figura del Casanova italiano, que él siempre rechazó –; terminó riéndose de los excesos de su propia profesión. Terminó evitando la sobreexposición, y trasladando su icono a una normalidad redimensionada. Dijo una vez: «No quiero parecer esnob, pero admito que determinadas manifestaciones de simpatía, de amistad y de entusiasmo; me cansan. Me aburren un poco. A veces, soy como los perros: prefiero colocarme debajo de un mueble. Y sentirme protegido».

Marcello nunca quiso recrearse, al menos por completo, en su indiscutible atracción. En su carrera profesional, no tuvo miedo de cambiar, es más, lo necesitaba. Tenía que saber de que podía cambiar registro, de personaje, de papel. Así pues, el camino terminará siendo siempre el mismo: cambiar, experimentar, explorar. Pero no lo hacía para buscar el aplauso de nadie, sino para divertirse y sentir que todavía podía seguir apostando mediante su innegable talento. El resultado será extraordinario: periodista atormentado en «La dolce vita» (1960), homosexual en «Una jornada particular» (1977), hombre tradicional en «Matrimonio a la italiana» (1964), o cura chantajista en «Todo modo» (1976). Curiosamente, no solía ir al cine porque se dormía en él. De hecho, le gustaba más verlos en televisión.

Sin duda alguna, es imposible hablar de Marcello Mastroianni y de su pasión por las mujeres, en el sentido más amplio: «No obstante todo el respeto y ternura que siento por mi mujer, tengo que confesar que me resulta imposible detenerme ante muchas cosas: una mujer, una pasión, un sueño, un ideal. Sé que no soy maduro», afirmó un día al semanal francés «L’Express». Y añadió: «Tengo la sensación de estar en retraso, como si me faltara algo. Por eso lo quiero todo. Estoy dispuesto a recibir todo tipo de influencia, con tal de no perderme nada».

Su fama de mujeriego le provocará más de un dolor de cabeza a su mujer, Flora Carabella, de la que nunca se divorció. Desde luego a ella no le faltaron razones, porque en 1972 nació Chiara Mastroianni, fruto de su relación extraconyugal con Catherine Deneuve. De alguna u otra manera, Marcello Mastroianni había hecho sufrir mucho a las mujeres, tanto de amor como de desamor. Por ellas empleó horas y horas de palabras, conversaciones, lágrimas y disculpas. Tal como contaba el director Luchino Visconti: «Cuando desaparecía sin decir nada, era porque tenía que hacer una llamada». Al fin y al cabo, aunque para él fueran delicia y amargura, Mastroianni lo tenía claro: «Las mujeres son un motor extraordinario. Yo necesito una mujer para trabajar, para pensar y para vivir. Si no tengo una y estoy solo, valgo la mitad».



Fuente: La Razón

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