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Dos horas y 45 minutos… cinco años después

Muy lejos de ese febrero de hace cinco años, cuando Iñaki Urdangarín bajó por primera vez la rampa de los juzgados de Palma para declarar ante el juez José Castro visiblemente atenazado, volvió ayer a la capital balear mucho más tranquilo. Esta vez no había rampa, pero la cita no era menos comprometida, pues en la vistilla celebrada en la sede de la Audiencia de Baleares se ventilaba una hipotética orden de entrada en prisión.

El marido de la Infanta Cristina llegó quince minutos antes de la hora fijada sin su abogado, Mario Pascual Vives (que le había precedido minutos antes), a bordo de un Nissan Juke negro. Con chaqueta azul, jersey gris, corbata y mochila al hombro, Urdangarín escuchó impertérrito algunos insultos antes de acudir a la comparecencia. Dentro ya todo estaba listo para celebrar la vistilla.

Urdangarín vivía su segundo 23-F del «caso Nóos», pues su última declaración ante Castro se produjo en esta misma fecha hace ahora cuatro años. En el interior de la Audiencia Provincial permaneció, al igual que su ex socio Diego Torres, durante dos horas y 45 minutos, la mayor parte del tiempo esperando a que el tribunal le comunicara su decisión tras escuchar por boca del fiscal Horrach la pretensión de Anticorrupción de que abonara 200.000 euros de fianza para evitar la prisión provisional. Fuera, al margen de la expectación de los casi 200 medios de comunicación acreditados, grupos de colegiales y ocasionales viandantes disfrazados por el Carnaval se encargaban de recordar a los periodistas que hay vida más allá del «caso Nóos». Y eso que el despliegue policial y mediático (había casi más furgones que unidades móviles) atrajo a decenas de curiosos en busca de su particular Fuenteovejuna. El fiscal Horrach prefirió aligerar la espera en una cafetería cercana y, unos minutos después, resignado ante la evidencia de que la resolución se hacía esperar (una demora que ya permitía barruntar que su petición de medidas cautelares no prosperaría), puso rumbo a pie a la cercana sede de la Fiscalía Anticorrupción junto a su compañera Ana Lamas, dejando tras de sí una ráfaga de reproches entre los más exaltados.

En la planta calle de la sede judicial, a un paso de los calabozos y de la sala de vistas, Torres paseaba por el patio para entretener la espera. Cuentan que a los dos ex socios se les vio distendidos durante esos minutos, un deshielo que ya dio los primeros síntomas en el juicio –como pudo apreciarse en sus respectivas declaraciones–, después de que los correos arrojadizos del ex profesor de Esade para intentar involucrar a la Casa Real les distanciaran irremediablemente durante toda la instrucción judicial.

Cuando más de uno, recordando los ocho meses de elaboración a fuego lento de la sentencia, se temía lo peor, frisando ya el reloj la una del mediodía trascendía por fin el contenido de la resolución.

Sin necesidad de confirmación, la expresión en la cara del abogado del marido de la Infanta Cristina abandonando minutos después la sede del tribunal era suficientemente explícita. A unos metros de allí, la chiquillería, ajena a los vaivenes judiciales, correteaba a los pies de la estatua de su paisano Antonio Maura.



Fuente: La Razón

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