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Eduardo Casanova: “Escribo guiones en casa de mi abuela”

Poco a poco, a Eduardo Casanova (Madrid, 1991) se le difumina el efecto de la pastilla que se ha tomado para viajar en avión hasta la Berlinale. Los nervios están ahí, de puntillas, lógico teniendo en cuenta que «Pieles», su bizarrísima ópera prima, aterriza en la sección Panorama. Auténtico catálogo de anomalías humanas –los que han visto su más celebrado cortometraje, «Eat my Shit», sabrán a lo que nos referimos– envuelto en celofán rosa y lila, «Pieles» muestra, de frente y con soltura, todo aquello que consideramos como lo «irrepresentable» y lo coloca en el epicentro de un discurso sobre los confusos límites de la normalidad que no hace ascos a los excesos operísticos (Carmen Machi vestida de sirena, en una secuencia que el mismísimo Fassbinder aplaudiría) ni a la relectura excéntrica de la novela rosa (con estrellas invitadas tan singulares como una chica con ano en vez de labios y una Candela Peña recién escapada del «remake» de «Freaks»).

–«Pieles» lleva la palabra «provocación» escrita en la frente…

–No te lo vas a creer, te lo juro, pero mi intención no era provocar. De hecho, cuando me puse a escribir, pensé: «Esta la voy a hacer flojita». Y la película es el fruto de todas las preguntas que me hago constantemente. Cuando uno es muy libre, y es fiel a sí mismo al cien por cien, y tiene unos productores que le dejan serlo, el resultado puede ser impactante.

–¿Y cuáles son las preguntas que se ha planteado?

–¿Qué se puede decir o no en una sociedad? ¿Una persona se puede poner una nariz de cerdo o cortarse una pierna si le apetece? ¿Mi cuerpo es mío? ¿Cómo quiero ser realmente? ¿Quiero ser un chico masculino y por eso voy al gimnasio? ¿Puedes ser una mujer pese a que tengas pene? Y sobrevolando todo eso, en «Pieles», como en todos mis cortometrajes, el poderoso influjo de la madre. Pero, no te creas, hay cosas que he hecho por puro hedonismo. Hay imágenes que tengo en la cabeza y que, si no saco, se me pudren y me duelen.

–Su filme se acerca a temas que pueden resultar escabrosos o polémicos desde un tono que bascula entre la comedia negra y el melodrama feroz. ¿Cómo manejó esa mezcla?

–Mi intención siempre fue hacer algo realista. Evidentemente des-de mi percepción de la realidad, que es muy distinta a la tuya o a la de otro. Para mí, todo lo que muestro en la película es normal. Hay escenas con conversaciones coloquiales, que no llevan a na-da, y momentos bastante intensos, que pueden provocar la risa o el llanto.

–Muchos directores debutantes no pueden escapar de sus modelos. ¿Se identifica con eso?

–Me flipa el cine, pero para rodar no utilizo referentes cinematográficos. Te puedo citar mis ídolos como espectador: Solondz, Lynch, Cronenberg, John Waters, Russ Meyer, Almodóvar, Buñuel, Roy Andersson. Para escribir, me voy a casa de mi abuela, observo a mi madre y, sobre todo, me voy al Corte Inglés, y voy planta arriba y planta abajo. No hay mayor referente para mí que la realidad.

–Y esa realidad es España…

–«Pieles» habla claramente de la sociedad española. Los protagonistas aman de verdad, como si el amor fuera una cosa antigua e insana, y odian o están tristes con la misma intensidad. Amo España y me siento muy español. España es un país que genera los discursos más personales y más locos y viceversa. Encarna ese punto intermedio entre lo cerebral y lo pasional.

–¿En qué medida su carrera co-mo actor le ha ayudado a lanzarse a dirigir?

–A los ocho años empecé a hacer castings, a los doce salí en la tele, dejé el cole… pero yo siempre he querido dirigir. Por ejemplo, no utilizo mi discurso como actor para trabajar con los actores. Es más, me pregunto si tengo discurso como actor. Escribí mi primer corto con 14 años, no me dejaron rodarlo, y empecé a dirigir con 17. Dirigir es una necesidad, no concibo hacer otra cosa. Yo, que soy un poco obsesivo y bastante paranoico, tengo mis dudas existenciales, pero desaparecen cuando me pongo a dirigir. Si no pudiera generar mi propio mundo, no me interesaría la vida y estaría bastante cerca del suicidio.



Fuente: La Razón

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