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El año ecológico

La verdad es que cuando los temas de la Ecología como ciencia –otra cosa anterior fue el excursionismo– empezaron a interesarme a fondo fue más o menos en 1966. Estaba yo preparando mis ejercicios para las oposiciones a cátedra, y estando un día de conversa con el profesor Juan Velarde, mi maestro universitario –junto a Pío Baroja en lo literario, y a Ortega y Gasset en lo filosófico más a mano–, me comentó con entusiasmo un libro del profesor William Leroy Thomas, titulado, creo recordar, «Men rol in changing the face of Earth»: el papel de la humanidad en cambiar la faz de la Tierra.

Por entonces no era tan frecuente encontrarse con trabajos así, porque la humanidad estaba agobiada por otras cuestiones, como el crecimiento económico en tiempos de crisis, los peligros de la energía nuclear, y los aún mayores de un conflicto atómico. No había inquietud sobre si la faz de la Tierra cambiaba o no. Prácticamente se creía que nuestro planeta lo aguantaría todo, y que la Tierra tendría suficiente capacidad para metabolizar cualquier cosa: abusos atmosféricos, y depredación general de los recursos naturales.

Pero, hete aquí, que la cosa no fue así mucho más. Ya en 1972, sólo cinco años después de mi plática con el profesor Juan Velarde, se produjo en Estocolmo la «Primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo», y para allá fueron cantidad de primeros ministros y jefes de departamento especializados, a fin de hacer un primer balance de la situación del planeta que nos soporta a todos. O dicho de otra manera, con categorías emanadas del profesor Boulding, como la de su viaje indefinido a través del espacio en el «Navío Espacial Tierra» (NET); con un pasaje creciente de manera muy rápida, en un vehículo bien frágil moviéndose en el ámbito del sistema planetario, dentro de la galaxia, y en el universo pleno de dimensiones por entonces no calculadas todavía, pero que hoy sabemos puede tener un diámetro de 45.000 años luz.

El caso es que en 1972 en Estocolmo nació la preocupación por los cambios que están afectando a lo que uno de los pilotos del proyecto Apolo, de viaje a la Luna, llamó el «Planeta Azul». Porque así vio, en medio de la nada, el hábitat de tantos millones de especies, que son la complejidad formidable de vida en lo que constituye una mota en el espacio cósmico.

De entonces acá, puede decirse, simultáneamente, que hemos empeorado y hemos mejorado en nuestra relación con Gaia. Como ya avanzados los años 70, empezamos a llamar a nuestra residencia en el éter, con este nombre griego que para ella resucitó el ecólogo de la NASA James Lovelock: ¿Gaia se autorregula y reacciona a los golpes que le propina la humanidad con su comportamiento degradador en todos los aspectos?

Todavía nos estamos preguntando si la hipótesis Gaia es auténticamente cierta, o constituye un arma dialéctica, para decir que la diosa más inmediata a nosotros tiene capacidades para defenderse y salvarse de una población humana creciente, ya en los 7.600 millones de personas y que llegará a 10.000 antes, bastante, del año 2100.

En fin, que esto que estoy terminando de escribir, más que aporte a un anuario, parece más bien un seglario, o por lo menos, la historia de medio siglo de contemplación de nuestro soporte de vida, desde ojos críticos por las actitudes que fuimos tomando los humanos contra nuestra propia conducta.

Lo que es más anuario que todo lo anterior –que también lo es–, cabe resumirlo en los últimos párrafos de este escrito. Se trata de que en diciembre de 2015 finalmente llegamos al Acuerdo de París, que refleja nuestro respeto actual a la Tierra, cortando emisiones de gases de efecto invernadero, y adaptando nuestra situación real, en muchos casos difícil, al cambio climático: con toda una serie de inversiones que están por discutir y acordar para conseguir la descarbonización de la economía.

Parece como si fuéramos unos obsesos, y que realmente, en los últimos tiempos, hablamos sobre todo de esos dos problemas conexos del calentamiento y del clima. Pero es que no tenemos más remedio: si a alguien le están quitando la respiración y le hablan al tiempo de ir a una exposición de El Bosco o de Renoir, dirá que le gusta mucho el arte, pero que lo primero que quiere es respirar bien para disfrutarlo. Eso nos pasa a nosotros con el obsesivo problema de situar más y más dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, por lo cual, creo que en el año 2017 seguiremos hablando del mismo tema… y de otros, ténganlo ustedes por seguro.



Fuente: La Razón

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