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El brillo del Stradivarius

Hacía tiempo que no veíamos a David Robertson, un director que en su momento nos pareció cumplidor, aunque sin especial personalidad. El reencuentro no nos ha hecho cambiar de opinión. Estamos, efectivamente, ante un músico correcto, eficaz, seguro. Ahora se mueve más, se balancea, cimbrea su cintura, agita ampliamente los brazos subrayando las partes del compás de manera algo redundante. Es animoso, efusivo, simpático, gesticulero, de planteamientos lógicos; y muy convencionales.

Sus versiones nos parecieron en este concierto escasamente interesantes, bien que en las minimalistas «Chairman Dances; Foxtrot para orquesta» de Adams, que evoca un baile de Mao Tse-Tung y su amante Chiang Ching, protagonistas de la ópera Nixon en la China de 1985 (como nos comenta en sus ilustrativas notas Ana Mateo), mostrara la deseada cadenciosidad. Dentro de una aceptable rutina discurrió asimismo la sobada «Sinfonía del Nuevo Mundo» de Dvorák, escuchada no hace mucho en la misma sala. Diríamos que casi todo estuvo en el Auditorio Nacional de Madrid en su sitio pero con poca chicha, con escaso vuelo y algún que otro confusionismo de planos y poca relevancia del tema que unifica la obra y que aparece en los cuatro movimientos. Lo mejor, el aire, el sustrato rítmico y el corno inglés de Cally Banham. En todo caso, la sesión, con la base de una orquesta buena a secas, de espectro claro, ayuno de claroscuros, cuerda un tanto dura, maderas discretas y metales no del todo empastados, tuvo un gran protagonista en Shaham, cuñado de Robertson, que hizo sonar maravillosamente su Stradivarius en el hermoso y sensual «Concierto» de Korngold (1945), exhibiendo su sonoridad plateada, esbelta, sus perfectos armónicos, su impecable afinación, su suave precisión, su elegancia. Es capaz de obtener matices de rara exquisitez y de cantar de manera ondulante y encantadora. Muy aceptable y atento el acompañamiento. El milagroso violín nos dejó de bastante buen humor tras el bis: el conocido «Liebeslied» de Kreisler en su versión con orquesta. La de St. Louis nos obsequió al final con una fogosa obertura de «Candide» de Bernstein, llevada a toda pastilla, virtuosa aunque borrosa de texturas.



Fuente: La Razón

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