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El canon más Loco

No vino aquí para hacer amigos. Ni tampoco para hablar de su libro, sino de sus libros, las letras impresas que han forjado la actitud de este rocker que en los 80 tuvo el diablo en el cuerpo (nos da en el olfato que la novela de Radiguet es de su agrado) y que hoy, con menos «chanel, cocaína y Don Perignon» que antaño pero siempre con esa pose de perdonavidas intempestivo, azote del postureo y los falsos profetas, habla del placer solitario de la lectura. De los libros que lo han traído hasta aquí, los que tenemos que leer para ser Loquillo. En el principio fueron «Los Cinco» y los cómics. Publicaciones ilustradas como «Strong» o las «Joyas Literarias Juveniles» de Bruguera, que compendiaban a los grandes: Walter Scott, Salgari, Dumas. O todo Verne en viñetas. «Yo era más de mirar los dibujos», confiesa. Son los años del despertar adolescente de un joven de El Clot (en catalán, «el agujero») de Barcelona, hijo de un miliciano represaliado, ahora estibador del puerto y socio del Círculo de Lectores, que le inculcó el amor y la necesidad de leer, de disentir. Siguiendo su consejo, a los 13 años, enfermo durante cuatro meses de hepatitis C, descubrió a Poe y, claro, «eso hizo que mi cabeza diese la vuelta». Para entonces, Loquillo ya contaba con fama de raro en la escuela, algo que no alivió en absoluto hacer un comentario en el colegio sobre «La guerra de las Galias», de Julio César. Y entonces llegó Dylan. «Yo veía a los chicos que les gustaba Dylan, con abrigos marineros como el de mi padre y para ligar con chicas me vestía así y escuchaba su música sin saber inglés». El despertar de la contracultura se formalizó mediante una edición de Aguilera que traducía al español las letras del trovador norteamericano y otro ejemplar venido de Argentina en el que descubrió «al otro Dylan», Thomas. «No entendía una mierda de esa poesía pero me alucinaba», asegura. Las revistas de cómics para adultos como «Star» le familiarizaron con Ginsberg, Kerouac… Loquillo estaba en el lugar: «Barcelona era ese lugar. Lo que después fue Madrid en la Movida, lo era Barcelona en el 75 y el 76. Europa entraba por Barcelona». Imposible que la biblioteca del Loco no tenga a la Ciudad Condal como uno de sus grandes ejes. La Cataluña mísera del charnego, con Francisco Candel («Los otros catalanes») y su contrapunto, la Barcelona burguesa de «La ciudad de los prodigios», de Eduardo Mendoza, vertebran a edad temprana (14, 15, 16 años) la mirada lúcida de este artista insobornable con el poder: «En esos libros se explica España y para saber qué es Barcelona hay que leer ”La ciudad de los prodigios”, donde se explica que esos señores de Barcelona siempre inventan algo para seguir facturando; allí están los señoritos que hoy están haciendo el ”procés”, ahí se puede conocer lo que está pasando ahora con gente que defiende su pasta». Ahí y en Marsé, el «infiltrado de la gauche divine» que trituró el sueño del charnego en «Últimas tardes con Teresa». Y de la realidad de una Barcelona abierta pero clasista, cosmopolita y pueblerina a la más desatada fantasía, esa que hizo entender a Loquillo que «era de otro planeta, un tío raro». Los superhéroes de «Silver surfer» sumados al visionado junto a su padre de «Elvis en Hawaii» crearon esa identidad que José María Sanz Beltrán dotaría a su personaje. Eso, y una nariz digna de Cyrano », que lo acercó a un libro del que sacó una enseñando que no ha dejado de aplicar: «No hablar muy alto pero libre». Pero Loquillo no se entiende sin la pasión vampírica por «Carmilla», de Le Fanu, o autores tan ajenos a su imagen pública como Raimundo Lull («El libro de caballería»). Para él son puro ADN cultural, tanto como esas crónicas periodísticas que le hicieron entender por dónde respiraba el mundo: Sam Shepard (de él tomó el título de su tema «Cruzando el paraíso»), Maeve Brennan y Francisco Umbral. «Sus ”Paraísos artificiales” son puro rock and roll». El propio Loco quiso ser periodista, pero hoy vive desencantado con las redes y la «manipulación». Y es que en la búsqueda de la verdad y la honestidad del pensamiento propio ve este músico tan meridiano en su modo de expresar la garantía contra el fascismo que aprendió a repudiar con «Farenheit 401», «Historia de un alemán», de Sebastian Haffner y «Archipiélago Gulag», de Alexander Solzenytsin. «Ahí descubrí cómo un Estado es capaz de convencer a un pueblo de que es superior a los demás y cómo se da de lado a los disidentes». Por supuesto su memoria literaria está plagada también de poesía, y entre ellas las de su amigo (del que antes fue lector) Luis Alberto de Cuenca. Con él estableció sinergias en 2011 con el disco «Su nombre era el de todas las mujeres». Allí cabían desde culteranos devaneos con Guillermo de Aquitania a las urbanas trovas del poeta madrileño. Y, entre medias, un vendaval, corto pero intenso, a cuenta de «Political incorrectness», una canción que encendió a quienes acusan a «Loquillo» de machista y provocador y a Luis Alberto de Cuenca, de reaccionario. Pero ni uno ni otro comulgan con piedras de molino.



Fuente: La Razón

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