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El entierro que firmó el Rey

Una vez más se está suscitando el problema en términos que, al no responder exactamente a la realidad, pueden causar daño. No voy a intentar aquí hacer juicios de valor, sino únicamente explicar las noticias que tengo acerca de Cuelgamuros. Por primera vez al concluirse una contienda cruel, por influencia de la Iglesia se tomó una decisión singular: construir un mausoleo en que víctimas de uno y otro bando pudieran hallar sepultura y al mismo tiempo pedir a Dios, al amparo del signo de la Cruz, el perdón y la reconciliación que permitiese borrar las angustias y daño que este tipo de enfrentamiento lleva consigo. No se trataba de un monumento en favor de uno de los bandos ni tampoco de ocultar la realidad del sufrimiento, sino de superar las deficiencias en que unos y otros incurrieran haciéndolo ante el tribunal de Dios, que es en donde se juzgan los pecados.

Se trataba pues de una afirmación religiosa que, desde luego, es difícil entender para los que carecen de fe, pero que se presenta dentro de los mandamientos de Cristo como un eje esencial. Franco nunca pensó que estaba construyendo su propio sepulcro; para esto había adquirido una especie de monumento sepulcral en El Pardo reservado a su familia. Fue en el momento de su muerte cuando los gobernantes del momento pensaron en la conveniencia de hacer dicho traslado.

Ahora nuestros políticos interpretan el gran monumento de manera distinta y piensan que de lo que se trataba era de levantar algo que rememorase a los vencedores. Parecieron ignorar que en aquel momento el volumen de caídos procedentes del bando republicano superaba todos los supuestos, ya que las familias a quienes corresponde elegir el lugar de depósito obituario se habían percatado de que era más honorable el cenobio del Valle que los improvisados cementerios que se establecen en el curso de una guerra civil. Entre los caídos también se hallaban víctimas de la persecución política.

En 1953 cuando las obras del Valle estaban en una especie de punto culminante, el cardenal Roncalli hizo el viaje a través de España y fue llevado hasta aquel lugar por el ministro Martín-Artajo, que con los Propagandistas estaba trabajando intensamente en reorientar el régimen hacia una abierta confesionalidad católica. Mostró asombro y complacencia cuando se le explicaron los detalles. Ahí estaba una de la bases del cristianismo: superar y sustituir las enemistades poniendo las losas del silencio sobre la fuerte persecución religiosa y también de otras índoles que España había tenido que sufrir. Desde esta valiosa experiencia, cuando llegó a ocupar la Sede de Pedro tomando el nombre de Juan XXIII hizo una especie de confirmación de ideas sin tener para nada en cuenta las ideas políticas.

El Valle podía considerarse como uno de los modelos a que Europa podía y debía recurrir para limpiarse de los tremendos barros que la ensuciaran: amarse entre los enemigos y buscar en la hora suprema una reconciliación a los pies de Cristo. Esta era la delicada misión confiada a los benedictinos que se hacían cargo del gran santuario. Insisto en que en aquel momento no se había planteado que el Jefe del Estado fuese también sepultado allí. Esta es una cuestión que se ha planteado mucho más tarde y una decisión tomada por el Gobierno y firmada directamente por el Rey. Lo que el Papa disponía era que se reconociese al monasterio calidad de abadía, lo que le vinculaba directamente a Roma, que a él se enviase un minúsculo resto de la cruz que según la tradición romana sigue siendo reliquia preciosa y que, en virtud de ello, los fieles pudiesen recibir la indulgencia plenaria acudiendo a los oficios del Viernes Santo. Años más tarde el cardenal Ratzinger que estaba en los cursos de verano de El Escorial también mostró interés en conocer personalmente el Valle.

Así pues nos estamos encontrando ante un problema que tiene dos dimensiones y que a los cristianos lógicamente preocupa. Pues algunos políticos influyentes de nuestros días tratan de ver en este monje singular algo que no le pertenece ni se reivindica. Y de este modo, acaso sin pretenderlo demasiado, borran una de las contribuciones esenciales del cristianismo a la vida social: amad a vuestros enemigos y aún a quienes os maltratan, explicaba Jesús a sus discípulos. La presencia de los restos mortales de Franco es cuestión que afecta a su familia y a la Iglesia, si bien entra dentro de las soluciones políticas. Sánchez y sus colaboradores no deberían olvidar que el levantamiento de un monumento individual puede generar nuevos problemas, ya que los que aún se mantienen fieles a su memoria pueden convertirlo en punto de especial significación. También desde luego que se puede entrar en un camino que quebrante el respeto a los seres muertos.

El problema verdadero no va por esos cauces políticos acerca de los que los historiadores no se sienten comprometidos. Afecta especialmente a la conducta de la Iglesia, que tras el Concilio Vaticano II se siente más comprometida en la reconciliación entre todos los sectores humanos evitando de este modo que el amor al prójimo sea sustituido por el odio. De ahí la demanda que los cristianos hacemos a los políticos de nuestros días: deben permitir en plena libertad religiosa que los católicos elevándose por encima de sus preferencias puedan reunirse para pedir a Dios la salvación de aquellas almas que en uno y otro bando perdieron su vida convencidos de que estaban cumpliendo con su deber. Paz y amor resultan indispensables para la construcción de un futuro superando dificultades. La Iglesia ya ha dicho cómo está dispuesta a ello. No debe perderse la ocasión ni olvidar que en el fondo el Valle significa la reconciliación bajo la sombra de la Cruz.



Fuente: La Razón

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