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El genio, el malhumor y el marketing

Obras de Franz Schubert, Frédéric Chopin y Frank Liszt. Piano:: Daniel Barenboim, Auditorio Nacional. Madrid, 27-XI-2016.

Al empezar el recital fue recibido con una ovación atronadora. Lleno el auditorio y con muchos estudiantes de conservatorio en las sillas del coro. Al acabar el recital, Barenboim se dirigió al público de forma autoritaria para regañarle por las fotos con flash que le habían perturbado en los aplausos finales. Razonó, y ya le habíamos escuchado la misma perorata con anterioridad, que no se debían hacer por estar prohibido, por molestar a los ojos y por impedir tener las manos libres para aplaudirle. Le sirvió de excusa para no conceder propina alguna. Antes, tras la «Sonata para piano n.13 en la mayor D.664» ya había mostrado su disgusto –y con razón– por las toses del irrespetuoso respetable y mostrado un pañuelo como sugerencia para amortizar el sonido. El genio estaba malhumorado. Como otras muchas veces. Pero no tanto como para olvidar el marketing. Ni una propina, pero sí firma de discos. Quien quisiera saludarle había de pasar por caja. Barenboim es un as en esto –generosidades puntuales aparte– como también lo demuestra su nuevo invento: el piano con el que ahora viaja. El mérito del construido para él por Chris Maene, a semejanza de uno antiguo de Liszt que Barenboim descubrió en Siena, son las cuerdas dispuestas paralelamente y no cruzadas, con lo que dice lograr líneas polifónicas más transparentes. ¿Es esto cierto? Habrá opiniones para todos los gustos. Quizá suene con mayor proyección, quizá los agudos sean más redondos, quizá los pianos sean aún más increíbles que los habituales del solista… Lo cierto es que es el propio músico el que marca las diferencias más que el instrumento. A los artistas grandes de edad avanzada les gustan obras en sus programas que dificulten al público las comparaciones. Así lo hizo Caballé, lo hace Domingo y también el pianista argentino. La ya citada sonata, tocada desconcentradamente y con chapucerías, o «Funérailles», de Liszt son un ejemplo. Afortunadamente, incluyó la «Sonata n.20 en la mayor D.959» y las cosas cambiaron enormemente. Como siempre, fue en el tiempo lento en donde Barenboim nos dejó boquiabiertos, mostrando el musicazo que es. También en la «Balada n.1 en sol menor Op.23», de Chopin, con una auténtica recreación. Terminó con lo que bien podría haber sido la propina hurtada, el «Vals Mefisto n.1» de Liszt, pieza muy adecuada para tratar de sacar a relucir las propiedades de su nuevo instrumento, con mágicos pianos en su parte final y con las intrincadas escalas no siempre perfectas pero sí arrebatadoras. Los años pasan y pesan en cierto modo, pero la esencia artística está ahí con mucho aún para admirar y disfrutar.



Fuente: La Razón

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