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«El jugador de ajedrez»: Jaque al delirio nazi

Borges, tan aficionado al ajedrez como a toda la simbología orientalizante, ya advertía de que «también el jugador es prisionero de otro tablero de negras noches y blancos días». Podría ser ése un buen epígrafe para esta cinta que cerró ayer la competición oficial en el Festival de Cine en Español de Málaga. Y es que, como en el poema del argentino, un «Dios detrás de Dios», juega con las ilusiones y esperanzas del protagonista de este filme de época, de producción ambiciosa y pulcra ambientación. La trama, tomada de la novela homónima de Julio Castedo («el libro y la película son hermanos gemelos, pero cada uno con su personalidad», advierte el director Luis Olivares) gira en torno a Diego Padilla, un campeón de ajedrez que abandona la España franquista para satisfacer los deseos de su esposa francesa.

Una vez instalados en París y con los nazis ya en la capital, Padilla, que siempre se ha mantenido al margen de la política, dará con sus huesos en prisión por culpa de una falsa delación. «El jugador de ajedrez» nos habla de los enroques del destino contra este ser fundamentalmente honesto, capaz de calibrar todas las vías ganadoras en el tablero pero impotente ante el juego impredecible de la vida y la guerra. Como señala Marc Clotet (protagonista de la cinta), «el ajedrez enseña a sobrevivir, ya que antes del jaque mate puedes conseguir unas tablas y salir con vida». Y eso es lo que le sucede a Padilla, quien se salvará del paredón gracias a su genialidad ante el tablero, que llega a oídos de un jerarca nazi. Desde entonces, pasará las tardes enseñando sus movimientos al militar, dueño último de su destino.

Juan Antonio Casado, productor del filme, considera que la relación que se establece entre ambos, demuestra que «en la cultura podemos entendernos todos». El ajedrez abre una veta estructurada en un mundo, el de la II Guerra Mundial, que ha perdido los papeles. Casado detalló la complejidad de esta película, rodada en tres idiomas (español, francés y alemán) en Budapest, aprovechando de hecho el mismo equipo que trabajó junto a Steven Spielberg en «El puente de los espías». Con todo, añade, «es una película cien por cien española». De este deporte, Clotet ha aprendido que «cada movimiento cierra unas puertas y abre otras», lo mismo que la vida. Por su parte, Alejo Sauras, que da vida a un izquierdista amigo de Padilla que lucha por dinamitar el régimen franquista, quiso alabar a estos «peones» de la posguerra: «Cuando acaba la partida, no quedan peones, pero era importante abrir camino para que alguien llegara después y ahora tengamos libertades y derechos».



Fuente: La Razón

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