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El movimiento grupal coordinado no necesitaría de cerebros individuales

Una explicación energética

En el mundo vivo también hay numerosos ejemplos de estructuras disipativas (lo que supondría un punto en común entre las estructuras dinámicas inanimadas y la vida misma): por ejemplo, tenemos las termitas que corren por el suelo, cada una llevando una partícula de tierra, en apariencia actuando de manera aleatoria hasta que, en un determinado punto crítico, sus movimientos se vuelven cooperativos. Fenómenos similares se han constatado en las ciudades o las células.

Al parecer, la clave de este comportamiento estaría en que promueve una reducción del gasto de energía de los sistemas. De hecho, Dixon y su equipo han demostrado que, cuando las partículas de benzoquinona disueltas se agrupan, disipan la energía de manera más eficiente.  

¿Qué tiene esto que ver con los cerebros? Pues que, dado que los seres humanos y otros seres vivos también son, esencialmente, sistemas de disipación de energía, estos comportamientos colectivos espontáneos ayudarían a reducir el gasto de energía del cerebro. 

Y ya sabemos que el cerebro hace lo que sea para ahorrar energía, por eso se pasa el día olvidando la información que considera innecesaria (como donde hemos dejado las llaves). “La evolución no quiere que tensemos nuestro cerebro, ni los entrenadores de fútbol tampoco”, afirman los investigadores de la UCONN.

Relación con la inteligencia colectiva

¿Cabría deducir, a partir de todo lo dicho, algún tipo de inteligencia o de consciencia colectivas inherentes a los grupos –vivos o no–?

Por ahora, lo que se ha logrado demostrar es que sí que existe la inteligencia colectiva o grupal (de humanos), no en los movimientos de los que hablamos, sino cuando realizamos tareas en equipo. El científico del MIT Thomas W. Malone y su equipo llevan años estudiando este tema.

En uno de sus estudios, en el que se midió el rendimiento de equipos personas, se constató que los grupos humanos más inteligentes eran aquellos que desplegaban un tipo de dinámica o funcionamiento interno basado en la flexibilidad para asignar ocupaciones. De esta manera,  todos los miembros del equipo podían aplicar mejor sus habilidades a cualquier desafío presentado.  

A partir de estos resultados, Malone y sus colaboradores concluyeron que la inteligencia colectiva aplicada a tareas sí necesita de cerebros individuales, aunque con una característica específica: un alto nivel de “sensibilidad social”.

Es decir, que para que la inteligencia del grupo se despliegue, sus miembros deben tener cerebros flexibles y competentes en habilidades sociales, como la disposición a cooperar, la capacidad de escuchar y de responder en consecuencia, la capacidad de adaptación, etc.

¿Podría deducirse entonces que, en los movimientos colectivos, funcionaría siempre una parte de impulso natural no consciente (un eficiente disipador de energía) y otra consciente y estratégica apoyada en los cerebros individuales? Al menos en el campo de fútbol, parece que ambos niveles funcionan. Quizá en una sociedad avanzada también lo harían. 



Fuente: Tendencias 21

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