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El primer laboratorio polar móvil 100% libre de emisiones

El trineo del viento cumple este año la mayoría de edad y lo hace transformado. En su última expedición a Groenlandia, la de 2017 y que se denominó Río de Hielo, el trineo ha dejado atrás su etapa como plataforma para la aventura deportiva para convertirse en el primer laboratorio móvil 100% libre de emisiones. Así se ha reconocido a nivel internacional gracias a la revista «Nature», que detallaba que con este invento español se ahorran hasta 100 barriles de combustible respecto al uso de aviones con esquís y otros vehículos de combustión interna habituales en las expediciones científicas. Y es que según sugiere la autora de la publicación, los científicos pueden tener huellas de carbono más elevadas que el promedio de la población (sobre todo debido a los traslados en avión).

Su creador, Ramón Larramendi, lo define como «un hito para hacer ciencia polar sostenible», ya que desde su origen el diseño ha estado inspirado en los trineos inuit tirados por perros y en la historia de las expediciones a los polos. De hecho, el primer intento de mover un trineo con la fuerza del viento se remonta a 1888. Desde el año 2000, cuando el explorador español añadió una cometa a la plataforma inuit de madera, hasta ahora, el trineo ha cambiado de configuración y se ha ido perfeccionando de manera que actualmente mide 12 metros de largo por 3,30 de ancho; pesa unos 450 kilos, y está dividido en cuatro módulos (uno que hace de locomotora, dos son solares o de carga para la instrumentación científica y el módulo de habitabilidad). Es capaz de transportar seis tripulantes y una carga de 2.000 kg. Para asegurar la travesía el trineo utiliza 15 cometas de diferentes tamaños, de entre 5 y 80 m2, que se usan en función de la disponibilidad de viento.

Las diferentes expediciones que se han llevado a cabo en estos años tanto por el polo norte como por la Antártida han servido para perfeccionar el diseño. «Por ejemplo, el hecho de que el convoy se divida en cuatro módulos es principalmente para que cada uno pueda ser arrastrado de forma independiente por los miembros de la expedición», explicaba Larramendi en un acto celebrado recientemente y en el que se exponían los principales hitos de la última expedición por Groenlandia.

Cinco proyectos

Durante la travesía de 28 días por Groenlandia y 1.200 km se han llevado a cabo cinco proyectos científicos. Los investigadores participantes en la pasada aventura reconocen la importancia de utilizar un vehículo que no deja ninguna huella de carbono durante el trayecto, algo que hace que las catas o recogida de muestras realizadas sean mucho más puras. Además de recoger datos para el proyecto noruego-danés Ice2Ice, que estudia el posible rol del hielo ártico en una situación de abrupto cambio climático, hay otros trabajos que complementan la investigación sobre el deshielo.

Uno de ellos es el proyecto Dark Snow, del climatólogo Jason Box, jefe del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia, con el que colabora el científico y expedicionario Ross Edwards de la Universidad de Curtin (Australia). Y es que la llamada nieve negra es ni más ni menos que nieve contaminada por las partículas de hollín o carbón negro que se desprenden de los incendios a miles de kilómetros y de la actividad industrial. Dichas partículas no son visibles a simple vista pero reducen la reflectividad de la nieve y aceleran el derretimiento del hielo. Durante el viaje se realizaron 17 perforaciones de hasta 15 metros de profundidad y se extrajeron muestras que actualmente se están analizando.

Al hollín que llega aquí desde lugares distantes hay que añadir el proveniente de los fuegos como los que este verano se registraban en la isla como consecuencia del deshielo de la capa permafrost. Y para sumarse a esta especie de pescadilla que se muerde la cola de deshielo e incendios hay que sumar los microorganismos y las algas que se desarrollan en la zona por la pérdida del permafrost y que también aceleran el derretimiento de la nieve. Precisamente otro de los proyectos que se han desarrollado a bordo es el del equipo de Antonio Quesada de la Universidad Autónoma de Madrid y cuyo objetivo es «establecer la capacidad de dispersión y colonización de los microorganismos en las zonas polares, donde el cambio climático está propiciando procesos de deglaciación que favorecen la aparición de superficies que han estado cubiertas de hielo durante miles de años. Son por tanto, áreas susceptibles de ser colonizadas y desarrollar nuevas comunidades biológicas», explica el investigador.

A su vez un equipo de predictores meteorológicos de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) ha colaborado con la expedición dando apoyo diario mediante predicciones confeccionadas con modelos numéricos, cuya salida gráfica ha sido adaptada para esta expedición.

Por último, se ha aprovechado la travesía para medir, por primera vez, el impacto que una ruta polar tiene en el cuerpo humano. Para ello se ha monitorizado la frecuencia cardíaca, la temperatura corporal, la glucemia capilar y la tensión arterial. «El trineo ha funcionado perfectamente como laboratorio móvil e incluso ha demostrado que es muy preciso en la navegación», explica Hilo Moreno, expedicionario de Groenlandia. El aventurero se prepara junto al resto del equipo para afrontar su próxima aventura científica por la Antártida este año que acaba de comenzar.



Fuente: La Razón

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