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El Tajo en sus comienzos

Cerca de su nacimiento en la sierra de Albarracín (Teruel), el río Tajo y varios de sus afluentes, directos e indirectos, han ido esculpiendo pacientemente durante años la mayor red de cañones y hoces fluviales de Castilla-La Mancha, y una de las más importantes de España, a su paso por las provincias de Guadalajara y Cuenca.

Esta sucesión de cursos de agua configura un paisaje extraordinario en la parte occidental de la cordillera Ibérica. Y es que el agua, protagonista indiscutible del Parque Natural del Alto Tajo, ha condicionado, y sigue condicionando, su clima, orografía, flora y fauna y, por supuesto, los asentamientos humanos. El parque ocupa una vasta extensión que abarca una superficie de 105.721 hectáreas, con un área periférica de protección de 70.544 hectáreas; 36 municipios de Guadalajara y dos de Cuenca están incluidos en este espacio natural.

En este paraje donde se asientan una serie de hábitats variados y muy bien conservados perviven diferentes especies de flora y de fauna, adaptadas tanto a la meseta como a la montaña, tanto al tupido bosque de pinares como al matorral.

La baja densidad de población ha sido decisiva para que, por ejemplo, esta naturaleza protegida, declarada parque natural en el año 2000, sea uno de los últimos refugios para especies amenazadas como, por ejemplo, el águila perdicera. Pero hay mucho más. Las paredes rocosas de los numerosos cañones fluviales acogen rapaces como águilas reales, halcones, alimoches, buitres leonados o búhos reales.

El Alto Tajo está ocupado por pequeños grupos de cabra montés. Además, al amparo de los numerosos bosques de pinos, viven poblaciones de avifauna forestal como azores o gavilanes; es lugar de reposo y refugio de corzos, ciervos y jabalíes que, desde el ocaso hasta el amanecer, se alimentan en los pastizales y zonas abiertas cercanas; en los cauces de los ríos y arroyos de la zona vive la esquiva nutria, una muestra de la calidad de sus aguas… Dicen quienes saben de esto que el Alto Tajo goza de una calidad ambiental en sus tramos medios muy poco común en otros sistemas fluviales peninsulares.

De lo que no hay duda es de que es un magnífico marco para desarrollar actividades de turismo activo en plena naturaleza, tanto por sus valores naturales y paisajísticos como por disponer de una excelente infraestructura: zonas de acampada controlada, áreas recreativas para pasar el día, campamentos, así como una extensa red señalizada de miradores y rutas de senderismo y ciclismo de montaña.

A estos recursos naturales hay que añadir otros culturales. En los paseos por la comarca del Alto Tajo podemos encontrar castillos, torres, casonas, ermitas, puentes históricos, cuevas con pinturas rupestres y otros elementos antropológicos y etnográficos como molinos, herrerías, salinas o caleras.

Cualquier estación del año es buena para acercarse a este paraíso natural, pero, sobre todo, en los meses primaverales, cuando el deshielo aumenta el caudal de los ríos, y en otoño, para disfrutar del colorido de sus paisajes. Aquí la naturaleza invita a dejar el coche para adentrarse por sendas y veredas y descubrir parajes agrestes inesperados o (en verano) descender en piragua por los ríos.

El parque cuenta con 11 rutas señalizadas, además de una red de georrutas para los interesados en el valioso patrimonio geológico que alberga. Una caminata muy recomendable es la del Salto de Poveda, en el corazón del parque. Es uno de los enclaves más bonitos del Alto Tajo.

El paseo, de dificultad media-baja, conduce desde la laguna de Taravilla al Salto de Poveda, en la provincia de Guadalajara, donde el Tajo muestra su bravura precipitándose en una caída de 15 metros. Esta ruta se puede hacer todo el año, excepto los meses de invierno, ya que no hay puente y es necesario atravesar el Tajo por un vado poco profundo.

El Barranco de Horcajo es otra estimulante caminata. Atraviesa un angosto cañón de roca caliza con tesoros botánicos propios de latitudes más altas, debido a sus especiales condiciones de humedad. Igual que la mayoría de los recorridos, es factible aventurarse en cualquier época del año, a excepción del invierno, pero es en otoño cuando alcanza su máximo esplendor.

El Alto Tajo y sus gentes inspiraron al escritor José Luis Sampedro para escribir su novela El río que nos lleva, donde relata el trabajo de los gancheros. Durante siglos, los gancheros transportaban por los ríos Tajo y Guadiela los troncos cortados en las zonas altas hasta las fábricas de Aranjuez, Toledo y Talavera de la Reina.

Cada año se celebra en otoño, con fecha variable, una fiesta que rememora aquella dura tarea. Sobre las aguas se representa un oficio que muestra, además, la forma de vida rural en la serranía de Guadalajara en tiempos no muy lejanos. La competencia del transporte de la madera por carretera y la construcción de los embalses de Entrepeñas y Buendía, que dificultaban el paso de los troncos por el río, acabaron con esta tradición.

La fiesta se acompaña de degustaciones culinarias, corte de troncos, juegos tradicionales, música… Cinco municipios se asocian cada año para esta celebración rotando entre ellos: Peralejos, Poveda de la Sierra, Peñalén, Zaorejas y Taravilla.



Fuente: Cinco días

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