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“El tesoro”: Sísifo y los bandidos

La percepción que Porumboiu tiene de la sociedad rumana se parece bastante a la que podían tener los comensales de «El ángel exterminador». Sus personajes siempre están atrapados en una situación única: se trata de debatir en un estudio de televisión si la revolución que derribó a Ceaucescu ocurrió realmente («12:08: al este de Bucarest»), esperar a que llegue la oportunidad de arrestar a un posible traficante de marihuana («Police, Adjective») o, en «El tesoro», explorar cada centímetro cuadrado del terreno adyacente a una casa abandonada para encontrar un puñado de monedas antiguas. Sus dilemas morales se prolongan en un bucle infinito, como si fueran Sísifo intentando librarse de su ímproba tarea de volver a empezar. Su particular prisión está construida con los ladrillos de la represión comunista, de las huellas que ha dejado en una sociedad que no sabe gestionar la confusión que le produce seguir adelante con sus instintos y sus necesidades y obedecer las leyes, absurdas y oxidadas, de un sistema que es, maquillado, el de hace tres décadas.

«El tesoro», que debe de ser la primera película de la historia que explota las posibilidades cómicas de un detector de metales, nació como un documental sobre la leyenda familiar de un amigo de Porumboiu, cimentada sobre la existencia de un tesoro enterrado en un jardín. El fracaso de la búsqueda abortó el proyecto, que se convirtió en ficción, en parte interpretada por los protagonistas reales de esta prosaica aventura. Así las cosas, la película aprovecha la cacareada crisis económica –encontrar el tesoro tiene como objetivo evitar un embargo– para desplegar una sátira de corte entre berlanguiano y tatinesco, donde una casa en ruinas se convierte en auténtico palimpsesto de la historia de Rumanía –una casa que ha sido, a lo largo de más de un siglo, entre otras cosas, herrería, guardería comunista y club de striptease– y los que la invaden, arqueólogos a su pesar, bandidos benévolos de la era del neocapitalismo. La película tiene el encanto de las comedias italianas de los cincuenta; eso sí, con cara de póker: a veces parece que los rifirrafes de los protagonistas, metidos en la ridícula obra de teatro del absurdo que ellos mismos han escrito evocan el «Rufufú» de Mario Monicelli. Lo que la diferencia del cine rumano al que estamos acostumbrados es que tiene un final luminoso. Es el modo que encuentra el cine para ganarle el pulso a la decepción de lo real.



Fuente: La Razón

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