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En el nombre del padre

Rodrigo García (Bogotá, 1959) define «Últimos días en el desierto» como «una película inusitada». ¿Por qué? «Es un riesgo hacer algo muy cristiano para los cinéfilos y, a la vez, demasiado artístico para los cristianos», responde. Y es que el largometraje, que llega a España después de dos años vagando por su propio páramo, se introduce en la figura de Jesús, pero lejos de pretender ser un filme bíblico y sí una metáfora sobre las relaciones padre-hijo. Algo que el director entiende como un riesgo, pero que forma parte de la industria –más si no te respalda un gran estudio de Hollywood, como es norma en su caso–. «Hacer una película no es algo de vida o muerte, por lo que los nervios y estar asustado tiene que estar presente, pero sin darle una importancia extrema. Hay que sentir que uno se la está jugando», comenta García –hijo de Gabriel García Márquez, para los despistados–.

– El ayuno de Mcgregor

Su protagonista (Ewan McGregor) está llegando al final de su ayuno por el desierto –rodada en el parque estatal de Anza Borrego (California) «porque no es el típico del ‘‘western’’», explica García– cuando, ya cerca de su meta: Jerusalén, se topa con una familia que le hará terminar con las inseguridades que todavía le ocupan. Un espejo en el que afloran sentimientos propios en el personaje principal y donde García saca al Yeshua –en hebreo– de carne y hueso. Lejos de auras especiales: «Posiblemente ha sido el hijo más particular que jamás se haya conocido. Ser fruto de una mujer y de Dios padre le coloca en este punto. Sin embargo, me interesaba ver el lado de esta persona en una situación única. Con todos los personajes tratas de buscar una identificación con sus papeles. Es necesario. Pero si se habla de Jesús te ves obligado a buscar su lado humano porque no sé cómo dramatizar la parte divina». Un hombre santo más cercano a una persona real que a un ángel en la Tierra, «culpa de la interpretación de Ewan», dice el colombiano, que ha sometido a McGregor a desdoblarse para hacer de cara y de cruz, de Jesús y de Lucifer, para acudir a las cuestiones internas del protagonista. «Necesitaba un personaje que supiera quién era Jesús y esta familia que se encuentra en el desierto no lo conoce. Era la forma de tener a alguien que hablara con él de tú a tú y se me ocurrió, como dice la Biblia que fuera el demonio quien se le apareciera para provocarlo», justifica.

Doble juego del protagonista que se inserta en una película «muy austera». Seis intérpretes completan un elenco que va en consonancia con un vestuario que apenas cambia en hora y media y con un guión que supera por poco las 60 páginas: «Más de una persona lo leyó y me preguntó por el resto. La idea era que fuera un largometraje minimalista, con problemas muy sencillos, pero con personajes muy poderosos».


Fuente: La Razón

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