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Es Crissie Hynde, no la malinterpreten

Crissie Hynde (Akron, 1951) es una mujer deslumbrante. Sabíamos de su talento natural y del efecto de su extraña seducción andrógina. Nos había cautivado su independencia y la resistencia de una «golfilla de periferia», como ella misma se define en sus memorias, que acaban de ser publicadas en España. Pero poco sabíamos acerca de su sentido del humor como fina lluvia ácida. Es importante tener eso en cuenta a la hora de leer su autobiografía. Tengan presente el estribillo de una de sus canciones más célebres con su banda: «Don’t Get Me Wrong» («No me malinterpretes»), porque Hynde habla con libertad de asuntos espinosos y eso es más de agradecer que de juzgar. Por ejemplo, cuando enumera su ingente consumo de drogas o el pasaje el en que relata uno de los episodios más polémicos, la noche que fue víctima de una violación por una banda de moteros y que ella relata culpándose a sí misma. La cantante se expresa de manera políticamente incorrecta en cada párrafo: sobre los franceses, los ingleses, los negros, sus padres, los músicos, todos los hombres. Y desde luego sobre ella misma, cuando se despierta desnuda en una casa que no es la suya y con la cabeza como si la hubiera disparado un cañón. En estas «Memorias airadas de una pretender», la vocalista deja de lado la crónica en rosa de sus relaciones personales (apenas una breve mención a lo desastrosa que fue la que mantuvo con Ray Davies, cantante de los Kinks y su ídolo de la infancia) y abandona el relato antes de los detalles.

– Contracultural

Hynde apenas habla de música, por cierto. Su relato bien podría ser el de cualquiera de su generación, la que partió la sociedad americana en dos, la que empezó a pensar diferente que sus mayores. Crissie era contracultural por, simplemente, ir caminando a cualquier lugar. O tomar el autobús, esa costumbre de los países socialistas. Al menos así son las cosas en Akron (Ohio), conocida por ser la capital del caucho, de las gomas de neumáticos Firestone y de su gran rival, Goodyear. Las ruedas de América. El orgullo de la localidad industrial que sufrió una trasformación radical impulsada en automóvil. El centro se vació en favor de las áreas residenciales. La cantante describe estos años de maduración con agudeza. Cómo se va distanciando de manera sutil de sus padres simplemente por caminar y dejar de comer carne, costumbres hasta entonces antipatrióticas. «Era mejor no hablar para no terminar discutiendo siempre», escribe.

Y llegaron los 60 y la contracultura, la música, las drogas, la revolución sexual, el ansia de libertades, las protestas estudiantiles, Vietnam, los hippies, vagos, groupies, moteros, fumetas… está todo en el relato de Hynde. «Fui una adelantada a mi tiempo. Lo que en el futuro se describiría genéricamente como un potencial desaprovechado. No es difícil imaginar que mi estado de apatía habitual estaba relacionado con fumar mandanga a todas horas», añade. ¿Drogas? Todas. «Podían describirlo como un modo de superar la opresión, la discriminación o la violencia, pero no nos importaban los porqués ni las causas. Queríamos drogas. Con el tiempo se habían esfumado las pretensiones de elevación. Por mucho que lo maquilles, aquello era una adicción a las drogas de tomo y lomo». Créanla.

¿Sexo? También. «El factor más determinante que condujo al caos en los sesenta fue la píldora anticonceptiva –escribe–. Descarto el LSD, que fue sólo una moda pasajera (y eso que Hynde lo consumía hasta en casa). El sexo pasó a ser una opción recreativa en la vida de todo el mundo. Y en nombre de la liberación femenina, las mujeres se estaban comportando como hombres, lo cual me venía que ni pintado porque yo siempre había querido las mismas cosas que querían los chicos», reflexiona. Sin embargo, la liberación sexual no fue tan bonita: «La contrapartida de pensar que éramos como los tíos es que estábamos enamoradas antes de que a ellos les hubiera dado tiempo a limpiarse con una toalla e inventarse una excusa para el resto de la semana», ironiza. Bueno, había otros inconvenientes: «Entraba y salía de de la clínica para enfermedades venéreas con más facilidad de lo que a la enfermera le costaba decir ‘‘vas a sentir un pinchacito’’. Pero no era sólo yo. Una vez, volvía en autoestop de una clínica de Ravenna y, antes de llegar a Kent, había descubierto que todos en el coche habíamos estado en contacto con el mismo foco infeccioso humano. Es lo que pasa con la gonorrea, que es muy contagiosa. A nadie le importaba por qué nos inflábamos a pastillas. ¿Qué más daba hacer otra muesca en los antibióticos? Todo se curaba».

Con la misma deportividad que se toma sus fracasos describe el momento más sórdido y desagradable al que se enfrenta en su juventud. Fascinada por su apariencia de cavernícolas, Hynde tontea con un grupo de moteros racistas y violentos que decoran su sede social con esvásticas y sus cazadoras con parches que dicen «Amo la violación» y «Ponte de rodillas». Una noche que ha ingerido una cantidad más que recomendable de Quaaludes (un barbitúrico), la violan y la cantante asume las culpas, suceso que generó mucha polémica en la publicación del original de sus memorias por justificar lo injustificable. «Permitidme garantizaros que, por mucho que parezca de otra manera, lo que pasó fue culpa mía y yo asumo toda la responsabilidad. No puedes hacer el gilipollas así con la gente», escribe. Y en otro pasaje, dice: «Mejor que las chicas que no cierran la boca aprendan a cerrarla antes de abrir otra cosa sin solución. Aunque algunas no aprenden esta lección». Hynde apaciguó la polémica aclarando que no quería hacer ver que las víctimas de una violación deben asumir culpas, y tampoco menciona en el libro que tiempo después escribió una canción sobre la experiencia: «Tatooed Love Boys», una demostración de cómo el sufrimiento se puede convertir en arte, aunque, a juzgar por la narración de su propia historia vital, no fue un hecho que dejase un trauma en la cantante.

– Casarse con Sid Vicious

Los olvidos de Hynde son los que corresponden a una autobiografía: apenas habla de sentimientos amorosos y no trata de ajustar cuentas con relaciones de su pasado. Pasa con ligereza sobre sus amantes más duraderos, apenas habla de las veces que le rompieron el corazón. Pero es que el camino de Hynde hacia el estrellato es en sí mismo interesante. Si algo sorprende es la determinación y el instinto de la estadounidense para situarse en ese lugar en que las cosas pueden pasar. Baste decir que llevó en el coche de su madre a David Bowie cuando éste debutó como Ziggy Stardust en su ciudad. Que se escabulle de la habitación de Rod Stewart y Ron Wood cuando adivina sus intenciones. Que conoció a Johnny Lydon y Sid Vicious, y que estuvo a punto de casarse con ambos para obtener el permiso de residencia británica. Conoce a Joe Strummer y toca en un grupo precedente a The Damned. Obtuvo un puesto de redactora musical en el «NME» británico y también como dependienta en la tienda de Vivianne WestWood y Malcom MacLaren. Todos estos relatos resultan creíbles porque Hynde tampoco se olvida de ninguno del centenar de trabajos de camarera que ha desempeñado: tanto de menú del día como de timba de póker a las siete de la mañana. De bar respetable a uno de esos donde te enseñan a amartillar el revólver el primer día. Hoy, Hynde es una defensora de los animales y tiene claro todo el daño que le hicieron las drogas. Se llevaron por delante a James Honeyman-Scott, su mejor pareja artística y personal. Pero no encontrarán arrepentimiento ni asomo de autocompasión en Hynde. Ni en los buenos ni en los malos tiempos.



Fuente: La Razón

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