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“Es un político marioneta en manos de todos”

Observado con recelo por su antecesor, Artur Mas. Vigilado con lupa por su socio de gobierno, Oriol Junqueras. Cuestionado por un sector de su propio partido, la antigua Convergència. Rehén de los antisistema de la CUP, sin los cuales no puede dar un solo paso. Y forzado a rendirse ante Ada Colau para unirla a la causa del referéndum separatista. A punto de cumplir un año como presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont mantiene su desafío secesionista, pero sabe bien que nunca el gobierno de la nación y las leyes se lo permitirá. Dirigentes políticos y empresariales catalanes coinciden que ha sido este un año perdido bajo un debate estéril, con una sociedad profundamente dividida, nula gestión y precariedad económica. «Es un político marioneta en manos de todos», afirman en estos sectores. Aun así, en su entorno defienden que Puigdemont ha logrado crear en esta etapa su propio espacio muy alejado de su antecesor Artur Mas: «Suave en las formas, sin renunciar a los principios».

Es el lema del equipo de este gerundense, nieto, hijo y hermano de pasteleros, que se resiste a ser un títere de quien a dedo le designó. A pesar del cruce de declaraciones y la elevada tensión por «el procés», en La Moncloa también opinan que Puigdemont no es Artur Mas y que, por encima de sus proclamas independentistas, es un hombre discreto con quien se puede hablar. Así lo reconoció veladamente Mariano Rajoy en su balance político anual, quien mantiene abierta «una línea caliente» con el presidente catalán. Rajoy pasa de puntillas cuando se le pregunta por estas conversaciones: «Cuando tenga algo que decir os lo haré saber», advirtió a los periodistas durante la copa de Navidad. Con la operación diálogo en marcha liderada por la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, el Gobierno espera todavía «mucho ruido», pero confía en limar desencuentros y valoran la figura del republicano Oriol Junqueras, auténtico vencedor de la jugada como vaticinan todas las encuestas.

Carles Puigdemont Casamajó nació en Amer y ha cumplido el 29 de diciembre cincuenta y cuatro años, fecha que celebró en su casa gerundense con su mujer, Marcela Topor, y sus dos hijas. Desde que fue investido presidente de la Generalitat, el 10 de enero de 2016, ha intentado pernoctar siempre en la residencia de cuando fue Alcalde de Gerona. Jamás se planteó vivir en el Palau de la Plaza de San Jaume, que sólo utiliza para la agenda oficial. Durante este año ha vivido obstinado con el referéndum de autodeterminación, bajo la estricta vigilancia de todos los demás. Su antecesor Mas, el nuevo PedeCAT, los procesos judiciales contra convergentes y la presidenta del Parlament, la pujanza electoral de ERC y los Comunes de Ada Colau y, sobre todo, las exigencias de los antisistema de la CUP. Unos radicales de extrema izquierda que se cargaron a Mas y amenazan también su cabeza. Por ello, «el procés» no descansa ni en Navidad y Puigdemont ha tenido que convocar una cumbre pro Referéndum y aprobar bajo cuerda una grotesca ley de desconexión que será tumbada sin remediopor el Tribunal Constitucional.

De todos modos, en este año tuvo varios gestos inauditos: se vio con Mariano Rajoy en Moncloa, le llamó para felicitarle por su investidura, e incluso recibió al líder de Ciudadanos, Albert Rivera. «Es mejor entenderse con un independentista de pedigrí que con un advenizo como Mas», aseguran empresarios y dirigentes políticos, tras estos encuentros con el presidente catalán. Sin embargo, todos reconocen su debilidad política por los pésimos pronósticos electorales de Convergència, el avance indiscutible del republicano Oriol Junqueras, la sombra de Ada Colau en los talones y el chantaje permanente de la CUP. Por ello, en los partidos constitucionalistas y círculos empresariales la opinión es unánime: «Un año perdido y hundido». La sociedad catalana se agota en un debate estéril soberanista, con una economía desastrosa y ausencia de inversiones. «Mucha independencia pero todos viven de España», dice un destacado empresario catalán sobre el dinero que el gobierno, a través del FLA (Fondo de Liquidez Autonómica), destina a Cataluña.

Un año de declaraciones secesionistas, romerías políticas ante edificios judiciales y mucha inacción, según el balance de dirigentes de varios partidos en Cataluña. A pesar de los choques dialécticos, reconocen que Puigdemont es mucho más pragmático que su antecesor y tiene algo claro que ha transmitido a sus interlocutores: una cosa son los gestos y otra la realidad. Por ello, aunque en público abandera el procés independentista y la creación de estructuras de Estado, sabe perfectamente que necesita la ayuda del Gobierno español y que la independencia nunca tendrá validez internacional. «Aquí no hay un duro, necesitamos al Estado español y éste, a su vez, depende de Bruselas». Es el contundente análisis de varios consejeros con peso en el Govern, bien conocedores de la quiebra absoluta de las cuentas públicas en Cataluña. De ahí, la sorpresiva presencia del vicepresidente del Govern, Oriol Junqueras, en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, y sus próximos encuentros con Soraya Sáenz de Santamaría.

La actuación política de Puigdemont se cimenta en tres baremos: petición del referéndum, ahora ya sin una radical declaración unilateral de independencia, en la línea de una consulta pactada como pide Ada Colau. El líder catalán intenta aproximar a la causa a la alcaldesa de Barcelona, sabedor de que en unas elecciones la antigua Convergéncia será devorada por ERC y los Comunes. Prudente equilibrio con Oriol Junqueras, figura en alza indiscutible en todas las encuestas. Y distancia absoluta de Artur Mas, con quien mantiene una fría relación. «Junqueras marca el paso y Puigdemont le sigue», dicen los críticos convergentes. En su opinión, el líder de ERC siempre gana, dado que si no se celebra el referéndum la culpa será de Puigdemont. Si Junqueras vence en unas elecciones autonómicas, muchos atisban un nuevo tripartito de izquierdas entre Esquerra Republicana, el PSC y los Comunes de Ada Colau.

El escenario de Puigdemont y su partido es muy complicado y, según algunos empresarios que le han visto recientemente, éste no renuncia a su liderazgo. En el salón Virgen de Monserrat del Palau, en pie, sin ningún accesorio navideño y tan sólo una bandera catalana, Puigdemont se estrenó en los mensajes de fin de año de los presidentes autonómicos. Lo hizo con la retórica aprobada en el Parlament por Junts pel Sí y la CUP, prometiendo un referéndum de independencia legal y vinculante a lo largo de 2017. Era su respuesta a lo declarado por Rajoy, aunque sabe que no existe ley que lo ampare. Un diálogo de sordos de cara a la galería sobre lo que Rajoy no tiene, de momento, «nada que decir». Puigdemont se declara «a punto» para la consulta, pero Rajoy defiende la soberanía nacional. De manera que la conclusión de los políticos constitucionalistas y empresarios catalanes es clara: «Puigdemont está en un callejón sin salida».

En estos doce meses, el presidente de la Generalitat ha montado una guardia férrea de leales. Junto a la vicepresidenta Neus Munté, ideóloga de las políticas sociales anunciadas en su balance de gobierno, están el secretario general, Joan Vidal de Ciurana, su jefe de gabinete, Josep Rius, y dos mujeres de su confianza: la secretaria personal Anna Gutiérrez, que ya estuvo en el Ayuntamiento de Gerona, y la jefa de coordinación Elsa Artadi. Ellos son el «núcleo duro», muy alejados de la antigua cúpula de Convergència. A excepción de Munté, la sindicalista de UGT que fue número dos de Mas, el resto son personas muy cercanas a Puigdemont que trabajan en la imagen de la figura presidencial. Sin olvidar a Jaume Clotet, un periodista compañero de profesión y amigo de años, encargado ahora de toda la maquinaria de comunicación de la Generalitat.

En el plano personal, Carles Puigdemont no ha querido vivir en la Casa dels Canonges, residencia oficial de los presidentes en el Palau de la Generalitat, y recorre todos los días los 100 kilómetros que separan su casa en Gerona de Barcelona. Como anécdota curiosa, ha perfilado un poco su típico flequillo, que se dejó por indicación de su abuela a raíz de un antiguo accidente de coche. Es un hombre muy aferradoa las costumbres familiares, como su mujer, Marcela Topor, rumana de nacimiento, 15 años más joven que su marido y de fuertes creencias espirituales. Los pocos amigos íntimos que la pareja tiene en Gerona, coinciden en que son una pareja compenetrada y unida por una cultura visionaria. Compañeros de colegio de Carles en su pueblo natal, Amer, recuerdan que le gustaba vestirse de nigromante y leer libros de magia. «Le apasionaba la trascendencia, viajar, conocer nuevos mundos», dicen sus amigos de entonces.

Algo que compartía con Mars, como llaman en la intimidad a su mujer, filóloga y periodista, que conoció a su esposo cuando era actriz de un grupo teatral que actuaba en Gerona. Marcela se había enrolado en la compañía en Londres, dónde perfeccionó un estupendo inglés, junto con francés, italiano, alemán y catalán, lenguas que habla a la perfección junto con su idioma natal. De hecho, ella le enseñó rumano a Carles y él la introdujo en el castellano. En su casa, el matrimonio habla en catalán, inglés y rumano con sus dos hijas, Magali y María. Dos niñas de ocho y seis años, políglotas y educadas en la religión cristiano ortodoxa, a las que su padre sigue llevando todos los domingos a la pastelería familiar para comprar unas típicas «cocas» de chocolate. Carles Puigdemont es, a decir de su entorno, un presidente separatista «en versión dulce».



Fuente: La Razón

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