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Este lobezno es poco feroz

Hugh Jackman acaba de someterse a su quinta operación de nariz por un cáncer de piel que le pisa los talones, pero en la rueda de prensa de «Logan» nadie menciona el tema. Patrick Stewart se disculpa ante los europeos por el Brexit. Su director, James Mangold, nos recuerda que no ha hecho una película para niños. Lo que no está tan claro es por qué el tercer y último capítulo de la saga de Lobezno está en la Berlinale. Eso sí, fuera de concurso.

«El mundo ya no es el que era», afirma Lobezno entre jadeos seniles. Es una frase que parece robada de «La balada de Cable Hogue» o «Pat Garrett y Billy the Kid» o, en su defecto, del «Sin perdón» de Clint Eastwood. Por si a alguien no le había quedado claro, hay una cita explícita a «Raíces profundas», la madre de los westerns crepusculares. La intención es, sostiene Mangold, «hablar de la naturaleza de la vida y la muerte». A lo que añade Jackman: «Queríamos contar una historia sobre la importancia de la familia a partir de alguien que está aterrorizado por la intimidad».

«No es una película para vender camisetas o muñequitos», su público es adulto. Es, dice Jackman, «una carta de amor a los fans de Lobezno». Mangold, que se jacta de coleccionar cómics desde los once años, habla como si Frank Miller y Alan Moore no hubieran existido nunca. Y lo crepuscular no tiene por qué ser sinónimo de inerte. Sorprende que la trama se sitúe en el futuro próximo, el año 2029, y que eso apenas importe. Indigna la falta de entidad dramática de la relación entre Lobezno, reconvertido en conductor de limusinas que espera con ansia su certificado de defunción, y su hija clonada, personaje por el que es imposible sentir simpatía. ¿Que sea una película para adultos justifica que sus escenas de acción sean ridículas, sus diálogos risibles, su sentido del ritmo inexistente? Los aullidos de un «Logan» moribundo son, más que débiles, inaudibles.

Un balón de oxígeno

Càlin Peter Netzer podría repetir Oso de Oro (lo ganó en 2013 por la notable «Madre e hijo») con «Ana, mon amour», radiografía implacable de las relaciones de pareja entendidas como una prisión de dependencia mutua. La película utiliza una sesión de psicoanálisis para viajar entre los pedazos de la vida en común de Toma y Ana, sin respetar la cronología de los hechos sino el vuelo asociativo del que la recuerda. Son pedazos que flotan en un mismo río, el espectador nunca tiene la impresión de perderse en el flujo del tiempo, y sí de estar inmerso en el punto de vista de Toma, que le cuenta a su terapeuta cómo ha sido vivir con una mujer marcada patológicamente por la depresión y la ansiedad. «Ana, mon amour» no es tanto un estudio de un caso clínico sino una reflexión sobre el amor como enfermedad contagiosa. Sin despegarse del realismo al que tan acostumbrados nos tiene el cine rumano –con escena de eyaculación incluida–, la película, de férrea construcción dramática y ambiguas conclusiones, sabe encontrar en la vida misma paradojas en las que todos podemos identificarnos. Cuando la enfermedad desaparece, el desamor enseña sus abismos.

La Berlinale fue el primer festival de cine internacional que se apuntó el tanto de premiar con el Oso de Oro a una película de animación. Difícil que «Have a Nice Day» repita la hazaña de «El viaje de Chihiro» en 2001, aunque la propuesta de Liu Jian no está exenta de interés. A partir de un motivo clásico del «film noir» –una bolsa de dinero que pasa de mano en mano– el cineasta chino nos sumerge en un relato de ecos tarantinescos que pretende pintar un fresco de la sociedad de su país, atrapada en los protocolos del capitalismo neoliberal, el consumismo mal entendido y las nuevas tecnologías. El protagonista roba para lo que considera una buena causa –una operación de cirugía estética para su novia en Corea–, desatando una ronda de delitos y actos violentos que, por suerte, no pasan a mayores. Se agradece la modestia de la película, aunque a la animación le falte algo de dinamismo. Tal y como está, verla es lo mismo que leer una novela gráfica.



Fuente: La Razón

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