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ETA a diario

29 de julio de 1994. 8:45 de la mañana. Suena una gran explosión e instantes después se abren los ventanales por efecto de la onda expansiva. No sé por qué en estas ocasiones alguien siempre grita «butano». Mientras me levantaba de la cama pensé que era un atentado. Se trataba de la primera vez que vivía una acción criminal de ETA a tan poca distancia que casi me roza la carne viva. Corrí los 50 metros que me separaban de la Plaza de Ramales de Madrid. Llegué al lugar. Sentí miedo, el que no había experimentado cuando me informaban de que un «comando» me tenía entre sus objetivos; cuando tenía que vivir con contravigilancias; en «pisos de seguridad»; cambiar de coche cada dos meses; cuando un etarra me persiguió con su «carro» durante bastantes kilómetros en Venezuela. En fin, no les voy a aburrir con detalles que más parecería que hablan de mí que de la noticia. Este es a mi entender un defecto periodístico. Intentar convertirse en relato. Aquello que estaba ante mi era de lo que había escrito casi a diario. La Policía llegó al mismo tiempo que yo. Vi el estado en que había quedado una de las víctimas.

Permitan que no lo comente por respeto a sus familiares. Busqué sillas de una cafetería cercana para que se sentaran los heridos hasta que llegaran las asistencias. Esta vez no podía actuar como periodista. ETA había asesinado al teniente general Veguillas, a su chófer y a un trabajador del Ballet Clásico de Madrid y causado una veintena de heridos. Me pareció estar en un paisaje de guerra.

Pero todo había empezado años antes. Cuando el 5 de octubre de 1976 viajé a San Sebastián para cubrir la información del atentado que costó la vida al presidente de la Diputación de Guipúzcoa, Juan María de Araluce; el conductor del coche oficial y a los tres policías miembros de su escolta, nunca pensé que años después, en 1986, iniciaría un periplo de 32 años de información antiterrorista; y lo que queda, porque esto no ha acabado. Ahora viene otro terrorismo «social», de matonismo, ese que busca presionar a la sociedad. Y las medidas que el entramado etarra va a poner en marcha para sacar de la cárcel a sus presos.En 1976, mi padre era director del diario de San Sebastián «La Voz de España» (¡vaya nombre!, ahora imposible). Era el siguiente en la lista en la que estaba Araluce. Mis padres y los dos hermanos que vivían con ellos, aconsejados por la Policía y ante la inminencia de un atentado que ya habían intentado en una ocasión, tuvieron que «huir». Qué desgracia que te hagan abandonar tu tierra. Eran los llamados «años de plomo».

Mi vida profesional ha estado, por unas razones u otras, vinculada con el terrorismo, en especial con el de ETA. Dese que llegué a ABC y con posterioridad tuve el honor de contribuir a la fundación de LA RAZÓN, la dedicación a la información antiterrorista ha sido total. Y ahora me piden en el periódico, sabiendo que no me gusta hablar de mí, que cuente algunas cosas de estos 32 años. Lo primero que tengo que decir es que nada hubiera sido posible sin la contribución de las redacciones y equipos directivos de ABC y LA RAZÓN.



Fuente: La Razón

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