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Farruquito: “Con ocho meses ya marcaba el compás con los pies”

Nació zapateando. Es el mayor de los hermanos. Las piernas del flamenco, el baile hecho persona, Farruco sobre las tablas, donde siempre se envalentona. Juan Manuel Fernández Montoya (Farruquito) bailará junto a sus hermanos Antonio (Farru) y Manuel (El Carpeta) en «TR3S Flamenco», un espectáculo para homenajear a su abuelo y en el que sus corazones laten al compás. La sangre gitana corre por sus venas y, en ocasiones, salta y taconea a borbotones. Estarán en el Teatro Nuevo Apolo del 18 al 21 de enero.

–¿Le llamo Juan o Farruquito?

–Como quieras.

–¿Pero con quién se lleva mejor?

–Con los dos. Soy la misma persona.

–La gente conoce a Farruquito, no a Juan…

–La gente conoce a los dos. Soy bastante natural y transparente. Cuando bailo intento ser yo.

–¿Quién es más farruco de los dos?

–Farruquito. En esta profesión hay que envalentonarse para soportar su dureza.

–¿Es usted más valiente sobre las tablas que en la calle?

–No lo sé, pero el escenario pesa. El público te come la energía, y eso te obliga a echarte para adelante. En lo personal soy muy tranquilo.

–¿Qué raíces homenajea «TR3S Flamenco»?

–A las de una familia flamenca, gitana, humilde y trabajadora. Mis raíces son los valores y principios que nos han inculcado nuestros mayores. El respeto por encima de todo a la música y al arte.

–¿Cree que el flamenco ha perdido verdad para abrirse a nuevos mercados y sobrevivir?

–Las raíces del arte están en la verdad. Si no la hay no es arte, sino una habilidad. No creo que el flamenco haya perdido verdad. Hay mucha gente que canta, toca y baila con el corazón.

–¿Se infravalora en España?

–Lo tenemos tan cerca que no lo apreciamos. La música de España es el flamenco. Aunque rítmicamente no todos pueden entenderlo, ni culturalmente, cualquier persona con sensibilidad puede llorar ante un buen momento de flamenco.

–¿Dónde se siente más reconocido, aquí o en el extranjero?

–Desde joven he tenido un buen reconocimiento, por lo que me siento un afortunado. Pero otros compañeros míos, con un talento increíble, no lo son como merecen.

–¿Cómo es su relación con el flamenco?

–Yo soy flamenco. Es la relación conmigo mismo.

–¿Qué le ha dado?

–Mucho conocimiento, la posibilidad de viajar y de poder descubrir a personas maravillosas de las que he aprendido muchísimo.

–¿Y qué le ha quitado?

–Tiempo para estar con mis niños y con mis amigos.

–Tras el fallecimiento de su abuelo, ¿se sintió responsable de perpetuar la estirpe?

–Siempre lo hemos llevado de manera natural. Todos nos ayudamos, pero mi abuelo dijo que el legado artístico me lo confiaba a mí. Ahora no tenemos patriarca.

–¿Qué pensará él de usted?

–Espero que se sienta orgulloso, porque siempre que podemos hacemos honor a su nombre. Intentamos ser fieles a sus enseñanzas. Estamos comprometidos con el flamenco, como él, cuando por ejemplo se llevó a Paco de Lucía de gira para que le tocara la guitarra.

–Si pudiera volver a verle, ¿qué le diría?

–Le preguntaría que si se ha encontrado con mi padre en el otro mundo y que si están bien. Imagino que sí, porque tenían un gran corazón. Pienso que después de este mundo hay otro, donde se encuentran las personas que se quieren.

–¿No cree que ha llegado más alto que él?

–Son épocas diferentes. Entonces era más difícil salir a la luz. Se tenían que ir fuera. Pero era tan bohemio que no tenía la ambición por la gran fama, sino de estar satisfecho con él mismo. Decía que el éxito estaba en cómo cada uno se había sentido realizado.

–¿Cómo era el patriarca?

–Farruco era bastante normal. Con carácter, pero de nobleza. Un bailaor genuino, particular, original, distinto. Un auténtico genio.

–¿Qué aprendió usted antes, a andar o a bailar?

–Mi gente dice que bailaba sin andar y que tuve sentido del ritmo desde que nací. Con ocho meses empecé a marcar el compás con los pies, mientras me cogían por la cintura.

–¿Los gitanos lo tienen más fácil?

–¡Qué va! El origen del flamenco viene de los gitanos, pero eso no quiere decir nada. Ha habido maestros del flamenco, como Paco de Lucía, que no eran gitanos. Quien lo tiene más fácil es el que lo siente de verdad. El que de niño juega a cantar y bailar.

–¿Se sienten discriminados?

–España discrimina a los gitanos públicamente. Pero el que discrimina por la raza es el primero que no está integrado en la sociedad. Todos tenemos la sangre roja. Y a todos nos sale sangre cuando nos cortamos.

–¿Uno baila como es o como está?

–(Piensa) Las dos cosas.

–¿Qué baila cuando nadie le ve?

–A veces me elevo y doy mil volteretas, como diría nuestro amigo Alejandro (Sanz).

–¿Y en las discotecas?

–(Risas) No voy.

–¿Cuántas palmas necesita para arrancarse?

–No muchas. No es la cantidad, sino la calidad. Nunca pienso que voy a bailar. Pero cuando disfruto del cante, del baile, de la guitarra, del jaleo, del público y de la energía que se mueve en ese momento, me dejo llevar.

–¿El baile es libertad?

–Sí, totalmente.

–¿Quién es la persona para la que más ilusión le ha hecho bailar?

–La mayor satisfacción es cuando alguien a quien admiras, y que entiende de este arte, te dice un «ole» de verdad. He tenido la suerte de bailar para muchos de los grandes y, no sé si por el cariño a mi familia, sacarles una sonrisa y un aplauso. Eso no tiene precio. Es el mayor triunfo para un flamenco de corazón.



Fuente: La Razón

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