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«First man (el primer hombre)»: El silencio del astronauta

¿Cómo filmar la llegada del hombre a la Luna sin que la Historia nos pase factura? No se trata, pues, de clavar banderas ni de reutilizar imágenes de archivo mil veces vistas, sino de singularizar la experiencia, vivirla desde los ojos del astronauta Neil Armstrong y convertirla en mucho más que una hazaña patriótica o una aventura galáctica. Aquí se organiza un encuentro íntimo con la muerte para decirle adiós, o hasta luego. Este es uno de los grandes hallazgos de «First Man (El primer hombre)»: desde la secuencia de arranque, una traumática prueba de vuelo filmada desde la angosta, claustrofóbica perspectiva de Armstrong, una sinfonía de ruidos e imágenes al borde de la abstracción, Damien Chazelle aborda la carrera espacial en clave de odisea existencial contada en primera persona. No hay, pues, la intención de jugar en la misma liga que películas como «Apolo XIII», ni siquiera de «Elegidos para la gloria», porque, desde una puesta en escena hiperrealista, la Historia con mayúsculas se hace a un lado para que el relato interiorice el punto de vista de un hombre herido por el duelo, auténtico motor de una obsesión que arrastra a la película hacia el drama ensimismado. Es una decisión encomiable pero problemática, y Chazelle sale victorioso del intento solo a medias. Al supeditar la condición de héroe nacional de Armstrong al exorcismo de un trauma personal, que deberá resolverse sí o sí en los cráteres de la redención, a veces la película trata el contexto político de los dolorosos preparativos del viaje a la Luna mirándolos de reojo, como insegura de olvidarse de leer la letra pequeña del contrato fáustico que ha firmado con la mirada de su protagonista. Esa mirada ocupa todo el encuadre, reduciendo injustamente la relevancia dramática de los personajes que el silencio del astronauta se obstina en aplastar (algo especialmente discutible en el caso de la esposa, interpretada por una enérgica Claire Foy). Y Armstrong es Ryan Gosling, que parece confundir el retraimiento patológico de su personaje, alérgico a todo reconocimiento heroico, con una inexpresividad monocorde, casi bressoniana, sin matices. Desde que «Drive» le convirtió hace ya siete años en el actor más «cool» del planeta, parece haberse instalado en el cultivo de un gesto petrificado que, desgraciadamente, no describe ningún arco dramático más allá del que, en teoría, le ha escrito Chazelle en el guión. Si los modelos de Gosling son Steve McQueen o Paul Newman, le hace falta muchas sopas para parecerse a ellos.


Fuente: La Razón

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