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«Ghost in the Shell»**: Scarlett o el cuerpo digital

Cuando saltó la noticia de que Scarlett Johansson iba a protagonizar el «remake» en imagen real de «Ghost in the Shell», los fans del clásico de Mamoru Oshii pusieron el grito en el cielo. Se trataba, por supuesto, de una protesta racial, aunque, por un lado, los puristas no tenían en cuenta que los rasgos de la animación japonesa son un lenguaje en sí mismo, al margen de genes y nacionalidades, y que, por otro, la presencia de Johansson venía a rematar la extraordinaria reflexión que la actriz lleva haciendo sobre el «star system» y el cuerpo en la cultura digital en películas como «Her», «Lucy» y, sobre todo, la magnífica «Under the Skin». En ese sentido, el personaje de Mayor, ese cuerpo-máquina habitado por el espíritu de una chica que murió en un terrible accidente, ahora convertida en soldado contra el mundo del crimen, es la encarnación última de ese ser post-humano que Johansson parece haber moldeado en sus fructíferas incursiones en el cine de ciencia-ficción. «Ghost in the Shell» se estrenó en 1995, transformándose en manifiesto del movimiento «cyberpunk» que novelas como «Neuromante», de William Gibson, y películas como «Videodrome», habían elaborado como visionarias fantasías (no tan) distópicas sobre la fusión entre el cuerpo y la tecnología y el cuestionamiento de la identidad. El manga de Masamune Shirow y, por extensión, el hermoso «anime» de Oshii aparecían en la era pre-Internet. Transcurridos veinte años, y después de que «Matrix» popularizara los logros conceptuales de «Ghost in the Shell», el «remake» de Rupert Sanders nace como un anacronismo. A la complejidad, un tanto opaca, del «anime», afín a la narración de aspiraciones hipertextuales del «cyberpunk», le corresponde una simplificación para multisalas, que reduce las divagaciones filosóficas del original. Es de agradecer que, en su primera parte, la película se esfuerce en conservar un cierto tono melancólico, y que, en general, sea menos atropellada que otras superproducciones al uso; y que, en fin, recupere, aunque solo sea en modo piloto automático, a Takeshi Kitano (un guiño: ya aparecía en «Johnny Mnemonic», otra adaptación «cyberpunk»). Sin embargo, su previsible desarrollo nos condena a la desconexión: la película acaba naufragando en el ciberespacio de la inanidad, y el espectador se convierte en distraído usuario.



Fuente: La Razón

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