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Guerra contra el «antisistema» Moix: el jefe que nadie quería tener

Se lo esperaba, aunque no por ello dejaba de tener ese «run run» interior del que sabe que en última instancia dependía de que otros, en esta caso, los vocales de la Asociación de Fiscales, mantuviesen hasta el final su decisión de avalar su propuesta. El 22 de febrero no fue un día más para Manuel Moix, pero tampoco hizo nada especial. No vivió esa jornada como se tratara de unas elecciones. Acudió a su despacho que entonces tenía en la calle Fortuny, sede la Fiscalía General del Estado y despachó los asuntos que tenía encima de la mesa, a la espera de que saliese la fumata del despacho donde José Manuel y los otros once integrantes del Consejo Fiscal con la lista de propuestas de nombramientos de la cúpula fiscal que dos días después llevaría a cabo de forma efectiva el Gobierno. Le hacía ilusión, claro que sí, y tenía fundadas expectativas, pero tampoco celebró nada de forma especial, aunque era consciente de que había alcanzado llegar a lo máximo dentro de la Carrera Fiscal, convertirse en fiscal de Sala, categoría que mantendrá ya al margen del destino que ocupe, con la responsabilidad también que esa designación conllevaba.

Era el candidato «antisistema»: no lo apoyaban ni los fiscales anticorrupción (Fernando Bermejo, Carlos Yáñez, Carmen García o José Grinda), quienes se inclinaban mayoritariamente por Belén Suárez, teniente fiscal, ni por la ex fiscal general del Estado, Consuelo Madrigal, quien tenía la firme decisión de proponer a Alejandro Luzón para dirigir Anticorrupción. Pero llegó el cese de Madrigal y las tornas se volvieron: el elegido era alguien ajeno a esa fiscalía, que llevase «aire nuevo» e intentara eliminar de raíz determinados vicios. Ahí llegó Manuel Moix, quien el 8 de marzo tomaba posesión de uno de los cargos más controvertidos y con repercusión de la Fiscalía: jefe de Anticorrupción. Desde entonces, han pasado 53 días, en los que ha habido de todo: encuentros y desencuentros, muestras de apoyo –la mayoría– y discrepancias profundas que le han llevado a estar en la picota de las críticas de los partidos de la oposición, quienes han encontrado en su divergencia con los fiscales del «caso Lezo» un argumento más para situar en la diana al Gobierno y, en especial, a su principal responsable, José Manuel Maza.

Pero en estos dos meses, sobre todo ha dado muestras de su personalidad: saber escuchar y decidir, y si ello conlleva diferencias con los subordinados, las asume pero no declina. Decisión que toma, decisión que se pone en práctica, sin importarle si ello afecta a uno de los considerados fiscales de más renombre en Anticorrupción.

53 días en los que ha tenido que hacer frente a tres «grietas» de considerable tamaño: la decisión de relevar a los fiscales adscritos a la trama de corrupción vinculada al 3 por ciento en Cataluña; su pretensión de retrasar determinados registros relacionadas con la «trama del Canal», que terminó con que los dos fiscales adscritos a esa causa provocaran la convocatoria de una junta que terminó por avalar su criterio frente al de su superior, y la petición de investigación, ayer, a tres fiscales del «caso Pujol» por supuestas coacciones a uno de los imputados.

Pero recapitulemos cómo ha sido el aterrizaje de Moix al frente de Anticorrupción antes de que decidiera que del «caso del 3 por ciento» se hicieran cargo dos fiscales anticorrupción de Barcelona y relevar del mismo a Fernando Bermejo y José Grinda. Esta fue la primera «grieta» o socavón que se abrió en su departamento.

Antes de tu toma de posesión, ya comenzó a analizar la situación que se iba a encontrar en Anticorrupción. Visitó la sede de la Fiscalía en varias ocasiones, se entrevistó con fiscales, entre otros con Belén Suárez, las unidades de apoyo y funcionarios. De manera que ya llevaba «trabajo hecho» cuando tomó posesión de su despacho. Ese primer día, o mejor dicho, los primeros, los centró principalmente en tomar conocimiento directo de cómo estaba organizada internamente la Fiscalía, de cómo se distribuían los asuntos y la forma de asignar los fiscales a los mismos. Belén Suárez, como teniente fiscal, fue la encargada de hacer de «cicerone» en esos temas. Moix no puso especial reparo y prácticamente no cambió nada. De esa forma, su número 2 realiza un primer filtro de si la causa, denuncia, etc, corresponde o no a Anticorrupción, y después él asume personalmente la decisión final.

En esas primeras jornadas también dedicó no pocas horas a responder a numerosas cartas, mensajes, llamadas, etc. de felicitación por su nombramiento. ¿De quiénes? Autoridades, en general, fiscales jefes, magistrados, compañeros, etc.

En esa «tranquilidad» se rompió el pasado 21 de abril cuando decide apartar a los fiscales del 3 por ciento. No le tembló el pulso. Tenía decidido que los fiscales delegados de Anticorrupción asumieran las causas de sus territorios y así lo hizo. Era plenamente consciente de lo que se le venía encima, pero no cedió un milímetro. Antes se había garantizado el respaldo de la Fiscalía de Barcelona. Dicho y hecho. Sin miramientos y siendo consciente de lo que se diría y las interpretaciones intencionadas –o malintencionadas– que se harían.

«Vivimos de etiquetas»

Pero antes, ya había adoptado otra decisión de calado. En la Junta que convocó a todos los fiscales anticorrupción, tanto los destinado en Madrid, como los delegados, les lanzó un órdago: «¿Alguien quiere ser portavoz?», porque si algo que molesta especialmente a Manuel Moix son las filtraciones, que en la inmensa mayoría de las ocasiones vienen «desde dentro». Nadie, absolutamente nadie, levantó la mano; y él, quizás porque ya era algo que tenía decidido, optó por asumir la portavocía de Anticorrupción. De momento, sólo ha ejercido para tener que salir a la palestra para apagar el fuego iniciado desde su propia fiscalía.

Comenzó a escuchar de nuevo la misma retahíla de cuando fue nombrado: que es si es un fiscal afín al Gobierno, amigo de los del PP, protector de quienes se esconden bajo las alas de las gaviotas. Pero le importaba, y le importa, poco o más bien nada, esos comentarios. Ya estaba acostumbrado. Y, cuando se le pregunta por ello, siempre responde lo mismo: «Vivimos de etiquetas, así que si no la tienes, te la ponen».

Las críticas arreciaron con todo lo que ya se conoce de sus divergencias con los dos fiscales del «caso Lezo». Lo que ha tenido que escuchar no le ha mermado a nivel profesional, porque quizás ya lo preveía; aunque lo que no podía calibrar es que todo apuntaba a que las filtraciones se habían producido desde el interior de la propia Fiscalía. Eso sí le dejó un poco, utilizando términos boxísticos, «grogui», fue un directo al mentón que le pilló con la guardia baja. Y lo notó.

Fue entonces cuando decidió salir al «ataque» y recordarle a Yáñez si tenía decidido sobre su renuncia como fiscal. No le pidió que se marchara ni le cesó; pero si quiere regresar a la Ciudad de la Alhambra, tampoco le pedirá que anule el viaje.

El último episodio llegó ayer cuando solicitó investigar a tres fiscales del «caso Pujol», concretamente a José Grinda, Fernando Bermejo y Juan José Rosa por supuestas coacciones a uno de los empresarios que colaboró con la Justicia por la trama de Gao Ping. Rafael Pallardó habría denunciado que, tras la aparición de unos documentos del «caso Emperador» con las iniciales J. P., los tres fiscales le coaccionaron para que inculpase al ex presidente catalán. Él afirma no ser competente y lo ha enviado al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC).

«Solo ante el peligro»

Todas estas circunstancias no han hecho mella en Moix a nivel profesional, pero sí le duele por su familia, por sus hijas, por lo que tienen que escuchar en el colegio, con los amigos, etc. Como buen cinéfilo, se siente «Sólo ante el peligro», una de sus películas favoritas. Premonitoria, quizás… Eso sí, se niega a ver «enemigos», fiscales «rebeldes» o «mal ambiente en Anticorrupción. De hecho, piensa todo lo contrario: que son de los más preparados y capacitados de todo el Ministerio Fiscal.

Pero su deporte favorito, el running, le sirve de terapia, interior y exterior. Cada dos días se lanza una hora a la calle a correr, a soltar adrenalina para afrontar de forma más serena la jornada de trabajo. Y gimnasio. Y claro, de forma periódica a un buen amigo fisioterapeuta que cuida de sus rodillas y espalda desde hace años. Algún susto ha tenido ya… aunque no tan serio como los que ha vivido en estos 53 días.

Su jornada de trabajo habitual no tiene un horario fijo de llegada a la Fiscalía, por razones obvias de seguridad. Suele comenzar entre 8:30 y 9:30 de la mañana. Realiza el trabajo habitual, visa los informes, despacha con los fiscales, recibe a las visitas programadas, etc y así hasta mediodía. Si tiene comida de trabajo, sale con la hora justa y al terminar suele marcharse a casa, para estar con su familia y terminar el trabajo. Si no tiene esos compromisos, se toma un sandwich en su mesa de trabajo y vuelta a las andadas.

Los fines de semana intenta desconectar, aunque no es fácil lograrlo, y devolverle a su familia el tiempo «robado».



Fuente: La Razón

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