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Hace falta estar ciego

El 10 de julio de 1983 el teólogo y catedrático británico John Hull inicia la grabación de la primera cinta de un diario auditivo que le acompañará durante el resto de su vida para intentar ordenar en el cajón desastre de su memoria todas las cosas que ya no puede ver. Antes del nacimiento del segundo de sus cinco hijos, John pierde por completo la visión y decide comenzar un infausto y sensorial viaje por su cabeza, cuerpo y espíritu guardando en cassettes todas las voces sin cuerpo que forman parte de su felicidad, incluyendo las de sus hijos, su mujer y la suya propia. Esta necesidad de encapsular los recuerdos a través del sonido y la extraordinaria capacidad de transformar una pérdida en un continuo renacimiento, ha inspirado lo suficiente a los directores británicos Petter Middleton y James Spinney como para considerar que una historia tan blanca y tan honesta merecía tener una traducción cinematográfica a través de «Contemplación», su primer largometraje.

«Esta es una película realmente hermosa que nunca pensé que se fuera a llevar a cabo. Los actores han hecho un trabajo sorprendente con su adaptación gestual a nuestras voces, a nuestros sentimientos. Realmente somos nosotros. Es nuestra vida contada a través de los ojos siempre vivos de John», reconoce con evidentes síntomas de admiración y emoción Marilyn Hull, su compañera de vida y la noble vigilante de todos sus vértigos.

Como si de un caleidoscopio de emociones se tratara, la cinta trata de reconstruir visualmente y de forma intercalada todos los episodios y vestigios de la vida de John, utilizando el hilo conductor de su voz en las grabaciones como narrador principal de la historia. Una historia que Marilyn asumió como inevitable y a la que tuvo que aprender a adaptarse. «Es curioso, a pesar de tratarse de una realidad triste, John era una persona muy divertida, con mucho sentido del humor y algunos amigos después de ver la película me dijeron que se mostraba una imagen de él muy seria (risas). Yo tuve que decirles “bueno, estamos hablando de una época muy complicada para él en la que ni siquiera el humor era suficiente”», señala.

Un amor por piezas

La preocupación más poética de John Hull fue la de no poder leer libros sobre Ciencias Sociales Contemporáneas. Esos que él mismo catalogaba como «serios» –reminiscencias evidentes de su labor como docente– y que no estaban adaptados para ciegos. Consiguió un séquito de fieles ayudantes que le grabaron infinidad de libros para poder conocerlos de nuevo. Pero no solo a los libros, también así mismo; «Durante más de cuarenta años John ha sido el significado de amor más fuerte que he tenido. Ha ido evolucionando, modelándose en el tiempo. Al principio tienes muchas expectativas porque todo te parece nuevo. Después tuve que adaptarme a conocerlo otra vez, a enamorarme continuamente de un hombre que pertenecía a otro mundo distinto al mío. Ahora hacía tiempo que habíamos aprendido a acompañarnos», indica Marilyn con su recuerdo todavía atascado en la garganta.


Fuente: La Razón

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