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Holanda contiene el ascenso de la ultraderecha de Wilders

Holanda ha celebrado este miércoles unas elecciones generales que, probablemente, han sido las que más interés internacional han despertado en la historia de este país de 17 millones de habitantes. El duelo entre un partido liberal tradicional, liderado por el actual primer ministro, Mark Rutte, y el partido eurófobo e islamófobo de Geert Wilders, atrajo la atención de toda Europa.

Los sondeos a pie de urna, nada más cerrar los colegios electorales a las 21 horas, apuntan a una victoria de Rutte, aunque con una caída de 10 escaños (hasta 31). Wilders, según esos sondeos, logra arañar cuatro escaños, hasta 19, pero se queda lejos de los 24 pronosticados y solo se aproxima a su techo electoral de hace siete años.

Si el escrutinio confirma el resultado, todo indica que Holanda gira hacia la derecha (los conservadores mejoran sensiblemente y los socialistas, aliados de Rutte, pierden casi 30 escaños), pero no otorga la victoria esperada por los euroescépticos de Francia y Alemania como señal para sus propias elecciones.

Bruselas confía en que el 15-M de Holanda suponga un punto de inflexión, tras el ascenso del populismo registrado en 2016 con la victoria del brexit en Reino Unido y de Donald Trump en EE UU. La ultraderecha euroescéptica, que en enero de este año celebró una cumbre en Coblenza para coordinarse, esperaba en Holanda un ascenso espectacular que diese alas al Frente Nacional de Marine Le Pen y a Alternativa para Alemania. Pero Wilders no ha logrado su objetivo.

Los sondeos previos apuntaban a una victoria de Rutte y un parlamento muy fragmentado, un resultado habitual que en otro momento, hubiera pasado totalmente inadvertido. Pero Holanda y todo el continente eran conscientes de que el 15 de marzo trasciende la política holandesa y se ha convertido en la primera batalla de 2017 entre las formaciones políticas que defienden la Unión Europea y las que abogan por su desintegración.

El propio Rutte asumía el papel de banco de pruebas. “Las elecciones en Holanda son los cuartos de final; las de Francia (abril), las semifinales y las de Alemania (septiembre), la final”, señalaba Rutte, horas antes de la apertura de los colegios a las 7:30 de la mañana.

Rutte animó al electorado a acudir en masa a las urnas “para frenar la ola de proteccionismo y evitar un efecto dominó”, en alusión a las victorias del año pasado del brexit en Reino Unido y de Donald Trump en EE UU.

La llamada de Rutte pareció surtir efecto. Según Ipsos, la participación supera en nueve puntos la de las últimas elecciones (en 2012), hasta el 73%. Pero la gran duda durante la jornada era las razones de esa movilización y qué partido podrá rentabilizarla.

La climatología, tal vez, influyó. La Haya disfrutó de un día radiante, sin una sola nube y con un sol que caldeaba hasta los 14 grados, una temperatura excepcionalmente agradable para el mes de marzo a orillas del Mar del Norte.

En el barrio de Zeehelden (héroes del Mar), uno de los más cool y cosmopolitas de la capital holandesa, las terrazas de los cafés atendían a un abundante público ajeno, aparentemente, a la atención internacional que suscita su país. Centenares de medios de comunicación de todo el mundo trillaban las calles de La Haya y de muchas otras localidades a la búsqueda de las claves que permitieran explicar el resultado en clave europea.

El partido del primer ministro, el liberal PVV, se vio desbordado con más de 250 peticiones de acreditación de periodistas para cubrir una noche electoral que, en otras circunstancias,solo hubiera interesado a los medios locales. En el ambiente se respiraba la sensación de que no estaba enjuego la formación de un Gobiernoen Holanda (que probablemente surgirá de una complicada negociación) sino el futuro de la UE y de la zona euro.

“Si gano habrá un referéndum [para salir de la UE]”, prometía Wilders nada más votar en La Haya rodeado de centenares de cámaras de televisión y de fotógrafos. Y el líder del Partido por la Libertad (PVV) invitaba a los cientos de miles de musulmanes que viven en Holanda “a irse cuando quieran” porque “islam y libertad no son compatibles”.

Los exabruptos racistas de Wilders contrastaban con la calma en oficinas y mercados, el bullicio ordenado en las calles comerciales y la serenidad en los cafés multirraciales de La Haya. Bajo esa calma se esconde, sin embargo, una sociedad con una brecha generacional (80% de la riqueza en hogares con personas de más de 50 años) y de origen (la tasa de paro de los emigrantes es el doble que la media). Y Wilders está dispuesto a seguir explotando esas heridas.

Fuente: Cinco días

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