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Jordi Turull: El hombre que nunca ha ganado nada

«Ya puede tronar, nevar o hacer mucho viento. Celebraremos el referéndum porque es nuestro contrato con los ciudadanos de Cataluña». Esta afirmación corresponde a Jordi Turull Negre, la nueva apuesta del independentismo que ha hecho carrera en el «pinyol», el núcleo duro, que rodeó a Artur Mas desde su travesía del desierto en la oposición como jefe de filas de Convergència Democrática de Catalunya hasta su llegada a la presidencia de la Generalitat.

Siempre ha estado entre bambalinas. En 1991, 1995 y 1999 fue candidato en su pueblo natal, Parets del Vallès, a la alcaldía. En ninguna de las tres ocasiones ganó. En esta época fue también diputado en la Diputación de Barcelona y de entonces es su actuación en la sala de máquinas del partido. El diputado provincial Turull participó en la mesa de contratación de la adjudicación de las obras del Pabellón de Deportes de Sant Cugat. Participó, aunque no era concejal en la localidad, lo que lleva al tribunal del «caso Palau» de la Música a decir en la página 471 de la sentencia sobre el papel de Turull: «Nuevamente, la vinculación entre mesa de contrataciones y el órgano de contratación y la vinculación con CDC aparece diáfana».

Con el declive de Mas, Turull apareció como la esperanza blanca, como el líder del nuevo partido, el PDeCAT. Tampoco ganó. Nuevas generaciones del partido se le subieron a las barbas y le dieron con la puerta en las narices. Marta Pascal lideró a una nueva generación que tumbó las aspiraciones de Turull. Desde entonces, Jordi Turull mantiene unas agrias relaciones con Pascal y la dirección del PDeCAT, por lo que se refugió en el regazo de Puigdemont, del que fue su portavoz en el Ejecutivo tras el abandono de Neus Munté.

Desde allí fue látigo de «infieles». De los que ponían pegas a la estrategia de Puigdemont, del PDeCAT al que le achicaba espacios, de los constitucionalistas a los que despreciaba sin demasiados miramientos, y de la CUP. Con los anticapitalistas sus relaciones nunca han sido fáciles. De hecho, han sido pésimas desde que Turull fue uno de los agitadores más activos del «pressing CUP», aquella operación que persiguió amedrentar a los independentistas radicales en 2015. No lo consiguió, otra vez, y la CUP envió «a la papelera de la historia» a Artur Mas. Desde ese momento, los anticapitalistas definen a Jordi Turull Negre como «el empleado de los Pujol», «el representante de la vieja Convergència», o «el hombre del 3%».

Quizás por estas razones, Jordi Turull «un hombre gris», como lo califican sus propios compañeros de partido, un hombre de Jordi Pujol, de esos que aplaudían a rabiar al ex presidente y que dejaron de hacerlo cuando la herencia guarreó las esencias de CDC y del nacionalismo, era acompañante oficial de Oriol Pujol, incluso ante los tribunales cuando fue imputado por el «caso ITV». En el «caso Palau» también sacó pecho y se presentó voluntario como testigo. Puso pies en polvorosa cuando Millet y Montull dijeron que tirarían de la manta, todo por no salir salpicado.

En ERC tampoco despierta simpatías. «No tiene nivel», apunta un dirigente republicano que añade: «Aunque ahora investiríamos a una escoba». Puigdemont se ha fijado en él «porque es el más maleable y el más servil», para los intereses del autoproclamado presidente de la República. En estos últimos días, formaba pareja de hecho con Elsa Artadi –a la que ponía a caldo cuando le daba la espalda– en la fase de las negociaciones. Dicen que firmó los acuerdos de Govern y su programa con los republicanos donde se comprometió, nada más y nada menos, a proponer –Junts per Catalunya– «un candidato si puede ser investido», es decir, un candidato efectivo. Los republicanos estaban satisfechos en ese momento porque «estamos seguros de que no harán más inventos y podremos tener una investidura efectiva para eliminar el 155 y que Soraya (Sáenz de Santamaría) deje de ser presidenta de la Generalitat». Turull tiene la espada de Damocles encima de su cabeza porque es uno de los imputados en el caso que sigue el juez Llarena. Pero Turull está muy contento «porque es la ilusión de su vida». El país parece que no le interesa mucho. Ni tampoco los amigos. Josep Rull y Jordi Turull aparecieron como un solo hombre desde que salieron de la cárcel en Estremera. «Eso les unió mucho», pero en los últimos días esa relación se ha deteriorado porque parece que Rull «le ha visto las intenciones». Se trataba de un matrimonio extraño porque Rull fue el que propició que Pascal le ganara el pulso en el congreso del PDeCAT, y ésa también es una cualidad de Turull: «No olvida, ni perdona». Y esta vez, en su máximo sueño, tampoco ganó.



Fuente: La Razón

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