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Josep Vicent: “Quiero tocar el alma del que vaya a los conciertos”

Josep Vicent tiene en sus manos la batuta que marcará la dirección artística del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), donde el público podrá disfrutar de 80 premios Grammy de distintos géneros, y cuya programación incluirá sinfónica, ópera, jazz y flamenco. Tras dirigir la gala de entrega del Premio Azorín de Novela 2017, que concedieron Planeta y la Diputación de Alicante a Espido Freire, asume la responsabilidad de generar ilusión, de tocar el alma de los espectadores y de adentrarse en sus entrañas para hacerlos vibrar al son de su música. Y de sus silencios.

–¿Alicante es más que sol y playa?

–El Auditorio tendrá una oferta cultural al nivel de cualquier otro grande europeo. Me he dado cuenta de lo mucho que se desconoce la realidad creativa, la luz, todo lo que aporta esa pequeña tierra del Mediterráneo. Las personas que están en contacto con el mar tienen capacidad de apertura. El mar inspira, es una puerta al mundo.

–¿Y España?

–La enorme diversidad y riqueza cultural de este país es única. Podemos estar muy orgullosos.

–Muchos turistas buscan sobre todo la caña barata con su correspondiente tapa…

–Hay más tipos de visitantes. Yo pretendo que la oferta cultural alicantina unifique nuestra realidad con la de las corrientes culturales que recorren las venas de todo el mundo. Azorín decía que era muy importante aprender a ser cosmopolitas en la influencia y creación artísticas. Hoy no hay límites a la influencia, porque el conocimiento está mucho más cerca.

–Tanto los partidos de izquierdas como el PP han confiado en usted. ¿La cultura entiende de política?

–En la medida en que la política es parte de nuestra realidad. La cultura no puede estar de espaldas a lo que ocurre en la sociedad. Tiene la responsabilidad de influir desde el conocimiento y la emoción. Yo quiero tocar el alma del que viene a los conciertos. Eso nos hará mejores a todos.

–¿Tiene entonces sentido invertir dinero público en conciertos de música?

–Si cuesta que la gente coma tomates y un experto nos dice que es un alimento saludable, habrá que hacer esa inversión. Se debe crear una sociedad que vaya creciendo en su capacidad de percibir aquello que la haga más rica desde un punto de vista emocional y espiritual.

–¿Me está hablando de una función social?

–La música tiene la capacidad de llegar directamente al alma de la gente, de originar deseo de crecer, de aprender, de mejorar. Y eso es un motor de energía. La cultura debe cumplir la función social de inspirar la emoción colectiva, porque eso acaba generando respeto y unidad, lo que nos hace mucha falta hoy en día.

–¿Usted vive entre sonidos?

–Sí. Estoy muy obsesionado, desde pequeño.

–¿Y por la noche?

–También. Mi mamá, que en paz descanse, venía a la cama a decirme que ya estaba bien de dar golpes a la pared.

–¿Qué sonidos es capaz de percibir?

–En la tarima, frente a una orquesta, sé si el público está en paz de espaldas. Me lo transmite la energía vibracional que me llega del silencio, que es lo que te hace comprender el ritual del sonido.

–¿Cómo es esa relación?

–Fantástica. En ese equilibrio están las estructuras. Los grandes clímax en el mundo sinfónico están relacionados con los segundos de silencio.

–¿Hay música en esos segundos?

–Claro. El silencio es música. John Cage decía que el silencio no existía, porque acabamos oyéndonos a nosotros mismos.

–¿Puede un hombre moderno ser director de música clásica?

–La sensación de manipular lo más abstracto del hecho sonoro para construir un clímax emocional es absolutamente moderno.

–¿Por qué hay quien se emociona sin entender del género?

–Porque el sonido no es una cuestión intelectual, sino física y emocional. La música, en general, se produce a través de una serie de vibraciones que se desplazan a través del espacio y del tiempo y que nos llegan al cuerpo y nos ponen en vibración con ella. Una canción que te pone a 3.000 te da más salud. Y estás más en equilibrio con el universo que nos rodea.

–¿Oímos mucha incultura?

–(Piensa) Oímos de todo. El ser humano es una esponja que acaba gozando de aquello a lo que más se ha expuesto.

–Pero el español tiene más fino el paladar que el oído…

–(Risas) Pregúntale a McDonald. Yo creo que no. Los españoles somos unos privilegiados para sentir las emociones.

–Es director de orquesta, pero, ¿a usted quién le dirige?

–La intuición, la memoria, mis hijos… aquello que tiene que ver con mi duda existencial y con lo que me rodea. Nunca me ha dirigido el dinero.

–¿Por qué cambiaría su batuta?

–Por la felicidad de mis hijos.



Fuente: La Razón

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