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La calidad del aire empeora en España respecto a 2016

Un 92% de la población de la Tierra respira aire contaminado, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Esta cifra convierte la polución en uno de los grandes retos para la salud mundial. Esta es una de las conclusiones del informe «El aire que respiras: la contaminación atmosférica en las ciudades», presentado esta semana en Madrid y elaborado por el Observatorio DKV de Salud y Medio Ambiente del Instituto DKV de la Vida Saludable, en colaboración con la Fundación Ecología y Desarrollo (Ecodes). El Observatorio, que cumple diez años, ha querido analizar en este segundo informe dedicado a la contaminación, qué es lo que ha ocurrido en este tiempo, si se ha mejorado o no. Y parece que uno de los aspectos que más ha cambiado es la percepción del problema. «El ser humano está migrando de entornos rurales a urbanos y esto plantea un reto, si no somos capaces de corregir lo que pasa con la calidad del aire… En ciudades europeas, la contaminación no es visible ni tan notable como en Pekín o Nueva Delhi, pero está ahí; las mediciones indican niveles peligrosos que tienen consecuencias sobre la salud y no sólo por las enfermedades respiratorias. Estos años se ha descubierto que la polución está relacionada con problemas neurológicos y psíquicos. Los niños cuyos colegios están lejos de parques y entornos verdes tienen menos capacidad de aprendizaje», explica Josep Santacreu, consejero delegado de DKV. Y no sólo eso; según la OMS la polución está detrás de 101 enfermedades: transtornos sexuales, fallos en la reproducción; tumores, como el renal o el colorrectal o el bajo peso de los niños al nacer…

Es precisamente el aire sucio lo que ha provocado que el cambio climático se materialice en la mente de los ciudadanos y las administraciones públicas; ya no es algo lejano si no que afecta directamente a nuestra salud. Otra de las cuestiones es que según avance el cambio climático, aumentarán algunos contaminantes, lo que termina de convertir este tema en la gran asignatura pendiente. Esta misma semana el Ministerio para la Transición Ecológica hacía público el «Informe de Evaluación de la Calidad del Aire en España en 2017» en el que concluye que las cosas han empeorado respecto a 2016, ya que han aumentado el número de zonas en los que se superan los valores de NO2 y PM10. «La gente no es consciente de que la contaminación mata a más gente que el tráfico. Hay un gráfico en el informe que relaciona la contaminación con el consumo de cigarrillos. Lo que se respira en algunas ciudades chinas es equivalente a fumarse 63 pitillos», afirma Víctor Viñuales, director de Ecodes. En datos totales, un estudio de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III afirma que en la última década se han contabilizado en España unas 93.000 muertes prematuras debido al aire

Las ciudades españolas se han movilizado para mejorar la calidad de su atmósfera: «Ya no hay que buscar ejemplos en el norte de Europa, como hace diez años», dice Clemente Álvarez, coordinador del estudio. Y es que la contaminación tiene también un enorme coste económico; según un estudio de Banco Mundial, combatir los efectos de la polución en la salud representa en España un esfuerzo de más de 35.000 millones de euros, es decir, el 3,5% del PIB.

El informe analiza ejemplos como Sevilla, Vitoria o Madrid. «Pontevedra ha actuado de forma drástica contra el tráfico. Sólo puedes coger coche si tienes necesidad real; en Vitoria se jerarquiza el tráfico, dando prioridad al peatón. Madrid se cita no por ser un ejemplo todavía, sino como ciudad de tamaño grande en la que analizar qué ha ocurrido cuando se han tenido que aplicar los primeros protocolos anticontaminación. De una primera reacción negativa generalizada se ha pasado a que la calidad del aire se haya convertido en una de las primeras preocupaciones de los ciudadanos. La última década han mejorado algunos contaminantes pero en otros estamos igual. Uno de los grandes factores que ha influido estos años es la crisis. Resulta difícil saber cuánto hay de mejora de contaminantes por esta causa, pero es evidente que está muy relacionado con la salud de la economía. Otra de las cuestiones que se ven en el informe constata lo que los investigadores temían y es que había algo raro al hacer las estimaciones con lo que se media en realidad en la atmósfera. Es cierto que tiene complejidad, pero también lo es que había datos falseados. El ‘‘dieselgate’’ ha demostrado que nos han engañado», afirma Álvarez.

Ciencia ciudadana

Este año entre febrero y marzo se ha llevado a cabo en Barcelona «la mayor movilización de ciencia ciudadana en Europa. Un ejemplo de colaboración y una muestra de quién es protagonista de estos asuntos: los niños», cuenta Marta Pahissa, responsable de Desarrollo y gestión de proyectos de Medio Ambiente de DKV. El proyecto xAire surge de la colaboración entre el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, la Universidad de Barcelona, DKV Seguros, 4Sfera Innova, ISGlobal, Mapping for Change, etc. Se han instalado 810 medidores pasivos de NO2 en diez zonas diferentes de la ciudad, que se han unido a los sensores de calidad de aire del ayuntamiento. Participaron más de 1.700 personas, entre padres y escolares. Se montaron en un único día en febrero y un mes más tarde se recogieron 727 (un 90%) de los sensores. Con los resultados han creado un mapa de contaminación que permite tomar decisiones para recorrer la ciudad. Curiosamente los puntos con mejor calidad coinciden con la presencia de parques. En próximas semanas se presentará las conclusiones del estudio comparando las mediciones con las propios de las estaciones municipales.

La conclusión es que no hay una solución única: recuperar el caminar como forma de movilidad; potenciar la energía eléctrica, por ejemplo priorizando los taxis con esta tecnología en el aeropuerto como ya se hace en otras ciudades, o aprovechar los patinetes o bicis eléctricas, etc. En definitiva cambiar el chip del «tengo que moverme, necesito tener un coche» por tengo el «tengo que salir, a ver qué medio puedo usar».


Fuente: La Razón

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