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“La naturaleza enseña al niño a esforzarse y a ser paciente”

Es abogada y canadiense (de Quebec), pero vive en Barcelona y se dedica en cuerpo y alma a la educación infantil. Catherine L’Ecuyer, de 42 años, llegó a la Ciudad Condal en 2004 para estudiar un máster en el IESE. Se enamoró y hoy es una barcelonesa más. La maternidad (tiene cuatro hijos) le inculcó un deseo insaciable por aprender más y más sobre la educación. Trasladó a un libro, Educar en el asombro (Plataforma, 2012), sus propias reflexiones al respecto. Fue un éxito que la colocó en el mapa. L’Ecuyer ha sido una de las ponentes más destacadas del ciclo de conferencias organizado por la Fundación Botín.

¿Por qué conviene educar en el asombro?

Hoy estamos preocupados porque los niños no están motivados y no aprenden al ritmo esperado. El asombro responde a esas dos cuestiones porque es el deseo de conocer. Es un sentimiento innato que nos lleva a interesarnos por el mundo que nos rodea.

Propone que los niños aprendan desde la naturaleza. Eso parece difícil de ejecutar.

Decía Platón que educar es ayudar a desear lo deseable. La naturaleza es la primera ventana al asombro. Los niños de hoy están acostumbrados a tener de todo. No solo cuando lo piden, sino antes de desearlo. La naturaleza les recuerda que hay que ser paciente y valorar el esfuerzo. Una lechuga crece lentamente, la lluvia llega de forma inesperada, la Luna llena no aparece cada día. En contacto con la naturaleza, el niño se templa y se deja llevar por la realidad. Existen estudios que asocian el tiempo en la naturaleza con una mejora de la atención.

Aplicar el sistema que usted propone supondría modificar el actual modelo de enseñanza. ¿Lo ve factible?

Soy optimista. Quizá porque creo que hemos tocado fondo. La educación en el asombro no nace de propuestas sistemáticas, de métodos, ni siquiera de reformas políticas: es un trabajo que nos compete a todos. Los protagonistas de la educación son los educadores, empezando por los padres, que nunca pueden abdicar de esa responsabilidad.

¿Comparte la idea de que los niños son capaces de aprender cuestiones fundamentales por sí mismos?

Sí y no. Todo aprendizaje se apoya en conocimientos previos. No podemos entender el concepto de la suma sin el de cantidad. El niño tiene un motor interno que le lleva a conocer. Por otro lado, hay quien sugiere que el pequeño puede y debe descubrir de forma totalmente autónoma. Las evidencias dicen que eso no es del todo así. Los niños no pueden, por ejemplo, llegar a entender un teorema por sí mismo sin conocimientos previos y explicaciones, ni podemos pretender que sean creativos tocando el piano sin maestros y horas de ensayo. Por eso defiendo el triángulo maestro-alumno-realidad. El papel del maestro es clave.

¿Cómo afecta el ritmo de vida actual al aprendizaje?

El asombro es no dar nada por supuesto, sorprenderse por las cosas. El ritmo de vida actual hace que el niño dé todo por supuesto y no valore lo que tiene. El niño que está de vuelta de todo tiende a ser cínico, desagradecido, se pasa el día buscando sensaciones nuevas y no sabe contemplar lo bello. Esa actitud dificulta la enseñanza, porque todo le aburre, le falta interés.

Hay pedagogos que están en contra de cargar a los niños con deberes. Algunos padres hasta se han declarado en huelga. ¿Qué opina usted?

En infantil no debería haber nunca deberes. No estoy en contra de los deberes en otras etapas, pero sí de que sean excesivos. Hay niños que se pasan toda la tarde en actividades extraescolares, enchufados a una pantalla y haciendo deberes. Tienen carencia de sueño, de juego desestructurado y de relaciones interpersonales. Si sumamos eso al bombardeo de estímulos, no debería extrañarnos que cueste que los niños presten atención en las aulas.

¿Cree entonces que el aburrimiento y el tiempo de juego están subestimados?

Como decía Tolstói, “aburrirse es desear desear”. Ese es el preámbulo al juego, que a su vez es clave para el desarrollo de las funciones ejecutivas, como atención, planificación y memoria de trabajo, que contribuyen al buen rendimiento académico. Ver el juego como una pérdida de tiempo es síntoma de que vivimos en una sociedad cortoplacista que no entiende la utilidad de lo inútil.

¿Qué opina de la aplicación de las neurociencias a la pedagogía?

En los años noventa se vendieron muchos métodos bajo la etiqueta de educación basada en la neurociencia, inspirados todos ellos en la asunción científicamente equivocada de que el aprendizaje depende de un entorno enriquecido. En los tres primeros años lo absorbemos todo, tenemos una inteligencia infinita, solo usamos el 10% de nuestro cerebro… Esos neuromitos son malas interpretaciones de la neurociencia que han contribuido a convertir las aulas de infantil en salas de estimulación y a los padres en animadores de ludoteca. Los neuromitos aniquilan el sentido del asombro de los niños.

Usted sostiene que la paternidad y maternidad perfectas no existen.

Se ha vendido esa idea, y eso ha hecho un daño tremendo a la educación. La industria se empeña en darnos consejos empaquetados. Nos dicen qué hacer para que el niño coma, obedezca o duerma. ¿Qué autoridad tiene alguien para decirme cómo debo calmar a mi bebé? Hemos de recuperar la sensibilidad paternal que nos permite percibir lo que necesitan nuestros hijos en cada momento. Eso se hace pasando tiempo con nuestros hijos. Hemos de dejar de preguntarnos sobre los qués y los cómos y mirar a nuestros hijos a los ojos para entender mejor los porqués y los para qué.



Fuente: Cinco días

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