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La soprano alucinada

Obras: Dvorak y Mahler. Adolfo Gutiérrez, chelo. Sofía Fomina, soprano. London Philharmonic Orchestra. Director: Vladimir Jurowski. Auditorio Nacional. Madrid, 9-XII- 2016.

Siempre sostengo que el mundo es muy pequeño y que las casualidades abundan. Sin embargo, ya es demasiada casualidad que dos jóvenes violonchelistas españoles se den cita en el mismo día en el Auditorio Nacional. Primero, porque no son tantos los conciertos para chelo que se programan y, sobre todo, porque son muchos menos los solistas españoles de este instrumento, quizá el más humano de todos en su sonido casi vocal. Pablo Fernández tocaba Schumann con la ONE bajo dirección de Christoph Eschenbach y Adolfo Gutiérrez el de Dvorak con la LPO bajo mando de Jurowski. No acaban ahí las casualidades, porque la ONE también programaba Dvorak, concretamente la «Sinfonía del Nuevo Mundo», y no sólo eso, sino que la Sinfónica de Madrid ofreció así mismo el concierto de Dvorak el pasado día 30. La LPO lleva viniendo con su titular Vladimir Jurowski al ciclo de Ibermúsica casi ininterrumpidamente desde 2008. Es una orquesta formidable, como todas las londinenses y, por ello, el director debe estar muy atento a contener su sonido cuando hay un solista. No le importó lo más mínimo a Jurowski que las virtudes de Adolfo Gutiérrez vayan más por la delicadeza, la sutileza y el fraseo cuidado y atento que la potencia sonora. El director llevó este Dvorak, americano pero bien eslavo, como si fuera Bartok y contra ello hubo de luchar el chelista. Pero, además, la flautista creyó por momentos que el concierto era suyo y no un diálogo entre chelo y flauta.

Estas altas horas de la noche –estamos ante un concierto de esos que empiezan un día y terminan al siguiente–, no son propicias ni para los artistas ni para el público. Éste, por cierto, llenó el Auditorio. Madrid está abarrotado este mes. Ni un sitio en las cafeterías de los aledaños para tomar una caña. La «Cuarta» es una de las sinfonías más populares de Mahler y, desde luego, la más delicada, tal y como comentaba Bruno Walter. Jurowski la entiende y logró un excelente tiempo lento, aunque éste pareciese no acabar nunca. La soprano rusa Sofía Fomina no se podía creer que había de cantar pasada la media noche. Su ligereza, añadida quizá a la actividad de todo un día antes de salir al escenario, repercutió en falta de densidad vocal. El canto del último tiempo precisa algo más de carne. «¡Ya no hay música en la tierra que pueda compararse a la nuestra!», rezan las últimas estrofas del lieder final de los «Knaben Wunderhorn». Somos los únicos en el mundo con estos horarios y la cantante seguro que lo irá contando.



Fuente: La Razón

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