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La triste historia de la melancolía no ha terminado

Inherente al ser humano

Resueltos en el mundo desarrollado, o al menos para muchos, el problema del hambre, del frío, del suministro de alimentos. ¿Qué le queda al cazador-recolector que ya no corre tras la presa, ni cultiva la tierra, ni excava? Admitamos que le queda un espacio recóndito para la insatisfacción, que seguramente, no mata, pero enlentece tanto el vivir.

Demócrito llegó a hacer disecciones para intentar entender la melancolía. Y en su tiempo se reconocía que “La melancolía es inherente al ser humano. Pues humano es tener padecimientos. Humano es estar insatisfecho, malhumorado”. Humano es estar melancólico.

Dice Burton que “la acidez de esos humores es causa de insomnio, embotamiento del juicio, desvaríos…  y que de tales predisposiciones a la melancolía nadie está libre en absoluto, ni aun el estoico, el sabio, el dichoso, el sufrido, el piadoso o el representante de Dios. Todos llegan a sentir esos malestares, en mayor o menor grado, durante períodos más o menos largos. Zenón, Catón y hasta Sócrates, que tanto recomendó la templanza y supo conservar su serenidad aun en los instantes de mayor miseria y sufrimiento, también sintieron el tormento de la melancolía así entendida. Quinto Mételo, a quien presenta Valerio como “ejemplo de la mayor felicidad”, «el hombre más dichoso de su tiempo, nacido en la más próspera ciudad de todo el orbe, o sea Roma (natus in fiorentissima totiy,s orbis civitate), de noble estirpe, estimado por todos, rebosante de salud, rico, que obtuvo los cargos de senador y cónsul, casado con mujer distinguida y honesta (uxorem conspicuam, pudicam), padre no menos feliz (faelices liberas)», etc., tampoco se libró de la melancolía y conoció en cierta medida la aflicción y el dolor.

Se plantea por otra parte la cuestión de si el médico debe dominar sólo la medicina propiamente dicha. Paracelso aconseja que el médico se también mago, químico, filósofo y astrólogo. Ficino, Crato y Fernelio consideran indispensable el conocimiento de la astrología. Y Burton reconoce: “que muchos médicos condenan la astrología dentro de su ciencia, pero yo repruebo a los facultativos que nada quieren saber fuera de la medicina misma, como lo han sostenido Hipócrates, Galeno, Avicena y otros. Bien se ha dicho que el médico ignorante de la astrología no pasa de ser un vulgar matasanos: homicidas medicos Astrologiae ignaros”.

Algo más que médicos

¿Será entonces que faltan “médicos astrólogos” entre nuestros profesionales? ¿Será que le  faltaba la magia a quien quiso encasillar y normalizar todos los comportamientos, asignando un código Z general para todos?

La preocupación (y ocupación) de Burton contrasta con el análisis frío y rotundo del segundo milenio: “el tratamiento de los códigos Z y del disconfort de la vida diaria, no tiene fundamento científico, es éticamente cuestionable y daña a los pacientes”.

En el mismo sentido se afirma: “En España la psiquiatría actual tiene un problema gravísimo: debemos establecer una diferencia lo más neta posible entre lo que son problemas de la vida y problemas mentales”, sentenció un catedrático cuyo nombre omito.

Burton no encontraba tan lamentables las quejas de los melancólicos, más bien las describía de un modo objetivo, como algo que sucede, como lo que es propio de… ser humano: “Que el humor mismo sea abundante o escaso, según el temperamento o alma racional del individuo pueda ofrecer mayor o menor resistencia, se sentirá más o menos afectado. Lo que para unos es sólo una molestia ligera, algo así como una picadura de pulga, se convierte para otros en insufrible tormento. Lo que un sujeto de hábitos moderados y vida sobria sobrelleva de buena gana, otro no puede soportar en modo alguno y cada vez que es víctima —o se cree falsamente tal— de una ofensa o sufre un dolor, una desgracia, un daño, un malestar, etc., aun cuando sea leve, transforma cuanto le ocurre en una verdadera pasión, y entonces se altera su temperamento, su digestión es perturbada, padece insomnio, su espíritu se anubla, siente un gran peso en el corazón y lo atormenta la hipocondría. Empieza a sufrir de pronto indigestiones y otros desarreglos intestinales y es dominado por la melancolía. Puede comparársele en este caso a una persona encarcelada por deudas: todos los acreedores intentan cobrar lo que se les debe y lo acosan a porfía. Si el paciente siente algún malestar, al instante todas las demás perturbaciones hacen de él presa, y entonces cual un perro cojo o un ganso aliquebrado lleva una vida triste y desfalleciente, y acaba por contraer el pernicioso hábito a que nos referimos o la enfermedad que llamamos melancolía”.

A diferencia de la mirada de los médicos actuales: “Cualquier situación de la vida diaria está medicalizándose. Sanitarizamos el estrés, las alteraciones físicas, los problemas domésticos”, Burton no rechazaba la necesaria aplicación de remedios: “es preciso admitir como únicos remedios los que Dios ha puesto a nuestro alcance: hierbas, plantas, minerales, sustancias nutritivas, etc., por efecto de sus virtudes particulares. Tales son los remedios adecuados, una vez convertidos en medicamentos. Debemos recurrir, pues, a los médicos, que tanto pueden hacer a favor de nuestro bienestar y considerarlos como agentes de la voluntad de Dios cuando de curar dolencias se trata”.

Insatisfacción del bienestar

Así pues, los códigos Z: ni tan nuevos ni tan demonizables. “Insatisfacción del bienestar”, lo llaman. Pero insatisfacción al fin y al cabo. “Se presentan con síntomas físicos y no cumplen los requisitos de trastornos mentales definidos.” ¿Habrá que redefinir los requisitos de los trastornos mentales?” Avicena, Hipócrates, Séneca tuvieron una mirada más humana.

Aunque hoy día también hay miradas comprensivas: “son los valores de la sociedad los que han evolucionado y, por tanto, circunstancias que antes no se veían como patológicas pueden serlo hoy día”. Y también, en el mismo sentido: “hay personas que tienen un perfil de vulnerabilidad que hace que ante cualquier problema se hundan. Por eso, es importante reforzar los mecanismos antiestrés”. Pero, ¿quién nos enseña?

Los melancólicos en la historia; “los códigos Z” de hoy. Ni tan falsos, ni tan débiles. Un pensamiento darwiniano viene a resolver los problemas –en parte financieros- del sistema de sanidad de hoy. Silenciar al vulnerable. Atender al fuerte. Enfermo, claro. Pero fuerte.
 
 
(*) Camino García Balboa es Doctora en Ciencias Químicas. Trabaja como investigadora en la Universidad Complutense de Madrid y como profesora en el Real Centro Universitario Escorial María Cristina- Madrid College of Chiropratic. Aficionada a la escritura, ha ganado varios premios en Relato Corto.

 



Fuente: Tendencias 21

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