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La zapatilla de ‘running’ que calzó a la clase obrera

Cada día, miles de corredores de todo el mundo salen a la calle a practicar su deporte. Y New Balance, una de las marcas de zapatillas especializadas en este segmento, calza a muchos de ellos. Sin embargo, pese a que el running se haya popularizado recientemente, el origen de esta empresa supera ya el siglo de antigüedad, y lejos de nacer para este cometido, su fundación tiene lugar en las fábricas y plantas industriales de Massachusetts, Estados Unidos, en 1906.

Fue en ese año cuando un joven zapa_tero, llamado William J. Riley, proveniente de Inglaterra, decidió intentar aliviar el dolor de los pies de los obreros industriales de la región, que se pasaban horas y horas de pie trabajando en la fábrica. Riley se inspiró observando a las gallinas y pollos de un corral cercano a su taller, al comprobar que estas aves conseguían un equilibrio casi perfecto gracias a sus patas de tres dedos.

Así, convirtió este simple detalle en un producto comercial en forma de soporte ortopédico que se colocaba en el interior del calzado. Vendió el invento bajo el nombre de New Balance Arch Support Company, y parece ser que el artilugio cosechó el éxito esperado: en esta época los zapatos se vendían a unos 5 dólares (4,6 euros), y el soporte ortopédico suponía aumentar el precio final hasta los 8,5 dólares (7,9 euros). Un incremento de estas características no habría sido aceptado por los trabajadores si el efecto de alivio no fuese real.

La idea del confort siguió rondando por la cabeza de Riley, interesado en continuar estudiando el pie del ser humano para hacer sus calzados mucho más competitivos. Aunque los inicios fueron duros, ya que sus primeras patentes no llegaron hasta 1929, entrada la década de los treinta, trastocó por completo su sector. En 1933, el zapatero fichó al vendedor Arthur Hall, y juntos introdujeron varias innovaciones, cuyo máximo exponente llegó con la llamada Pedegraph Box. Este dispositivo consistía en dos piezas de papel de calco que se usaban para grabar la forma del pie exacta de cada cliente. Así, después de grabar la silueta, se confeccionaba un calzado a medida que, además, el cartero hacía llegar a cada hogar de Estados Unidos.

Pocos años después, a finales de los años treinta, New Balance lanzó su primera zapatilla de running, destinada especialmente a un conocido club deportivo local. En este caso, Riley estaba tan seguro del éxito de sus zapatillas que ofreció una garantía de devolución de dinero íntegra con cada compra, una práctica poco común en la época.

En 1953, la empresa pasó a manos de la hija de Hall, Eleanor H. Kidd, que lanzó el modelo más moderno hasta la fecha de New Balance: la Trackster, una zapatilla de running ultraligera con una suela de sierra y disponible en varias anchuras diferentes. De hecho, todavía hoy, los modelos de esta compañía se fabrican con un tallaje ajustado al pie.

La firma continuó produciendo sus modelos y expandiéndose por el mercado. Es en esta época cuando su influencia british hizo que las zapatillas llegasen a Inglaterra, el primer país tras EE UU que pisaron sus suelas. Y en ese momento, tras casi 20 años en el cargo, Kidd y su marido decidieron vender el imperio. Resultó que un astuto joven que, como quien dice, pasaba por allí, compró la empresa. Se llamaba Jim Davis, y aunque en un principio había planeado estudiar Medicina, se pasó a la administración de empresas. Hoy por hoy, sigue siendo el consejero delegado. En ese año, las filas de New Balance estaban formadas por menos de 10 personas que fabricaban unas docenas de zapatillas al día. Por eso Davis se puso manos a la obra y rápidamente se rodeó de un equipo de pensadores y manitas para relanzar la firma.

Uno de los primeros movimientos vino en forma de la tradicional letra N, símbolo desde entonces de la firma. El resto, con nuevos modelos más ligeros, resistentes y cómodos, hasta que en 1976 llegó el impulso definitivo cuando el modelo 320 fue reconocido como la mejor zapatilla por la revista Runner’s World Magazine. Las ventas se dispararon y New Balance pasó a producir cerca de 500 pares diarios. Y así, con el aumento de ventas, llegó la subida de los precios. En 1980, los diseñadores de la marca lanzaron el modelo 620, el primero en romper la barrera de los 50 dólares (46 euros) en una época en la que la ropa y accesorios deportivos únicamente se usaban para su cometido. El salto fue mayor dos años después, con la zapatilla 990, que llegó a alcanzar los 100 dólares en los establecimientos. Fue en esa época cuando la firma dio el salto internacional definitivo.

Más adelante, tras un bajón en las ventas, New Balance supo aprovechar el tirón de la moda del calzado deportivo. En España, los casi 10 millones de euros que cosechó en ventas en 2012 rozaron los 20 millones un año después. En 2014, la cifra se revolucionó hasta los 46 millones en ventas y en 2015 superó los 70 millones de euros.



Fuente: Cinco días

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