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Laurel y Hardy, una amistad a prueba de tartas

Jon S. Baird no veía la hora de llegar a casa después de salir del colegio para ver las películas de Stan Laurel y Oliver Hardy. Tenía ocho años cuando descubrió a la pareja cómica más grande del cine. «Soñaba con ese momento cada día. Acabar las clases y salir pitando para casa. En la cocina teníamos un pequeño televisor que era de mi madre. Me enamoré de la comedia que hacía de sus gags, de sus bromas. Me sabía cada gesto», asegura. La pasión por esas reposiciones y por el dúo fue creciendo tanto que la ha materializado en una película sobre sus héroes de infancia en la que, dice, que quería sacar a los dos hombres que se parapetaban tras los personajes: «Su humanidad queda al descubierto, para bien y para mal. El guión de Jeff Pope ahonda en eso, según él lo explica: «Nunca intimaron mucho hasta que emprendieron estas arduas giras que los obligaron a convivir semana tras semana. La premisa de la película es cómo eso les sirvió para hacerse tan buenos amigos en la vida real como en la ficción».

Baird señala que «se permitió alguna licencia antes de colocarse detrás de la cámara: «Ensayamos durante tres semanas previas al rodaje, lo que no es muy usual. Cada gesto y cada uno de sus gags estaba ensayado e interiorizado. Debíamos conseguir que ellos no fueran los actores que son sino los personajes que representan», dice el director. Siete días a la semana durante doce horas fueron suficientes para que John C. Reilly (Ollie) y John Coogan (Stan) mudaran de pieles y se calaran sus bombines y se metieran en sus zapatos. Al primero le convenció en Nueva York, y al segundo le costó tomar un vuelo a Londres para que le diera el sí. Después los reunió.Y había química. «Supe desde el comienzo que la pareja iba a funcionar y creo que así ha sido. Las interpretaciones son estupendas», comenta. Y es Coogan quien toma la palabra y se detiene en un momento, el baile al ritmo de «At the Ball, That’s All», con una cantina como telón de fondo en el ya clásico «Laurel y Hardy en el Oeste»: «Coreografiamos ese baile tantas veces que podríamos hacerlo hasta dormidos. Lo que sucede cuando tú los ves bailar es que parece que estuvieran haciéndolo sin esfuerzo; sin embargo, detrás hay un trabajo inmenso para conseguir que parezca algo sencillo».

Una gira final

El filme se centra en el viaje que realizaron ambos cómicos a Londres en 1953, una tourné de despedida cuando aún gozaban de popularidad pero que estaba lejos de los tiempos de gloria que habían vivido en los años 30 del pasado siglo. Ellos tenían más de sesenta años y para muchos habían caído en el olvido. La Segunda Guerra Mundial había dejado un panorama global maltrecho. A mediados de los cincuenta los actores arriban a la capital de imperio británico. Y los reciben con pompa, con alegría, un actor de amor después de que Holly-wood –nacían otros tiempos– les hubiese dado la espalda. Otra cosa distinta era llenar las salas de Glasgow, Newcastle y Londres en las que se anunciaban sus actuaciones. Ya nada era como en los comienzos. La relación de Stan Laurel y Oliver Hardy, fraguada durante años, no pasaba por uno de sus mejores momentos en la época en que se centra la película y para la que se ha tomado como base la biografía de A. J. Marriot publicada en 1993 «Laurel and Hardy: The British Tours»: «No tuvimos a la mano demasiada información por una razón sencilla: no existe. Ten en cuenta que nos ha llegado muy poco de aquella gira. Carecemos de testimonios de palabra y apenas pudimos consultar alguna entrevista publicada. Sí, aunque parezca increíble, accedimos a algunas conversaciones grabadas a Stanley, pues su número de teléfono, cuando residía en Santa Mónica, aparecía en la guía y muchos seguidores le llamaban para preguntarle por sus películas. Ha sido un trabajo yo diría que casi arqueológico. Accedimos a una entrevista con Lucille Hardy en la que daba pistas sobre cómo era su esposo, sus gustos, su romanticismo», señala el director.

Coogan y Reilly no se conocían antes; sin embargo, con un entrenamiento duro han sido capaces de saber lo que el otro pensaba: «Sin ello no hubiésemos podido poner en pie el proyecto. Son dos, pero funcionan como uno. Se quieren, se aborrecen, no se soportan en algunos momentos, aunque no sabrían vivir el uno sin el otro», confirma Jon S. Baird.

John C. Reilly, que se confiesa también admirador desde la niñez de la pareja de artistas, cree que «El Gordo y el Flaco» puede dar a conocer el arte de estos de estos dos cómicos a una generación que no ha vivido con ellos: «Los »millennials» los van a descubrir ahora lo mismo que en su momento yo lo hice a través de la televisión. Nunca había visto sus películas en blanco y negro en las salas, pero me quedaba petrificado con las matinales de los sábados. Me di de bruces con la comedia inteligente, que aprendí a apreciar al comenzar mis estudios de arte dramático. Del puro entretenimiento de los años infantiles pasé a saber apreciar el peso de la comedia, me percaté de lo buenos actores que eran y entendí que no resultaba nada fácil su trabajo, sino que se requería de una dedicación completa para perfeccionar el oficio y las rutinas aparentemente casuales que tenían», cuenta. Añade que entrañaba bastante responsabilidad calzarse los zapatos del popularmente conocido como «El gordo»: «No era solo mimetizarse con sus expresiones y gestos, sino estar a la altura de unos de los grandes iconos de la comedia de todos los tiempos. Y aguantar cada día cuatro horas de sesiones de maquillaje. Había momentos insoportables. Como sabía que no podía flaquear me decía: »Oliver, vamos, tú puedes». Y tiraba. Laurel y Hardy eran muy queridos, pero siento que falta que se les dé el respeto que se merecen en la historia del cine. Al final de sus vidas tuvieron que luchar mucho para sobrevivir, haciendo giras muy pesadas y demasiado extensas».

Cero Wikipedia

No es, puntualiza Reilly, un «biopic» al uso: «No se trataba de rehacer sus películas, porque ya existen, ni de contar lo que se puede leer en diez segundos en Wikipedia. Esta cinta va de cosas que únicamente sabían ellos (…) La alquimia es algo de lo que se habla como de una lluvia misteriosa que cae sobre algunos. Pero lo cierto es que sucede, y Steve y yo lo hemos conseguido como lo lograron Laurel y Hardy, confiando el uno en el otro».

Coogan destaca que ese viaje postrero, de dos hombres, al cabo, al final de sus días de gloria, «les hizo darse cuenta del enorme cariño que el público les tenía y de que eran queridos mucho más allá de Estados Unidos. Su humor no conocía fronteras, la admiración de sus seguidores, tampoco las supo. Y eso resultó sumamente importante para dos personas que en la última etapa de sus vidas, en multitud de ocasiones se soportaban, se aguantaban tras una relación de muchos años a la espalda». ¿Queda un sabor agridulce al acabar el filme? El director cree que finalmente lo que va a prevalecer es la sensación de cariño, de cierta ternura y melancolía por Stan y Ollie: «En los peores momentos Oliver le echaba en cara a Stanley que »era un tipo vulgar escondido detrás de una máquina de escribir», pero sin él no podrían haber salido adelante. Lo mismo que sin el trabajo de su compañero. Creo que los jóvenes van a poder acercarse a dos figuras por las que estoy convencido se van a sentir fascinados. Es un tributo a la amistad».



Fuente: La Razón

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