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lo que gastamos en sobras

Unos 7,7 millones de toneladas de comida acaban en la basura cada año en España. La situación en nuestro país no resulta del todo mala si tenemos en cuenta que somos el séptimo país de Europa en términos de desperdicio alimentario y que Europa es responsable del 14% del total mundial. En términos globales un tercio de lo que se produce en el planeta se tira, según datos de la FAO. Y la cuestión es que con sólo una cuarta parte de eso que tiramos se podría evitar el hambre en el mundo.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la población alcanzará los 9.000 millones de personas en el año 2050, para lo que se calcula que la producción de alimentos tendrá que crecer entre un 50-60%. «Si la naturaleza nos hiciera pagar la factura total del despilfarro de alimentos, podría cobrar a la sociedad al menos 700.000 millones de dólares cada año. Una vez desperdiciados, esa comida continúa generando emisiones de gases de efecto invernadero y causando daños relacionados con el cambio climático, utilizando agua para regadío y aumentando su escasez; talando bosques y erosionando el suelo, y causando la pérdida de polinizadores, peces y otro tipo de biodiversidad», explican los informes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Aun hay más. Según un reciente estudio de investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid en colaboración con el Observatorio del Agua de la Fundación Botín, la huella hídrica de los españoles asociada al desperdicio equivale a más de 131 litros de agua por persona y día (el equivalente a una bañera grande). Por otra parte, están los costes económicos y es que cada español tira entre 250-300 euros al año en alimentos que no consume.

El desperdicio se produce en toda la cadena, desde la producción agraria hasta la mesa del consumidor, aunque tiene especial relevancia en la parte final de la misma. «En los países en desarrollo, un 40% de las pérdidas ocurre en las etapas de postcosecha y procesamiento. Esto es lo que se denomina pérdidas de alimentos. En los países industrializados, el mismo porcentaje (40%) de éstas se produce a nivel del comercio minorista y del consumidor; tirar alimentos que no son vendidos o que no son consumidos en el hogar, restaurantes o cafeterías se llama desperdicio de comida», dice la FAO.

Para poner en valor lo que se está haciendo y lo que ha de hacerse para cambiar esta situación estos días se ha celebrado la Semana contra el Desperdicio Alimentario, una cita que se ha desarrollado en España por primera vez y que ha juntado en diferentes actos a chefs, empresas del sector primario y la distribución, la administración y los bancos de alimentos, coordinados bajo el paraguas de la Asociación de Fabricantes y Distribuidores (Aecoc). Las empresas pertenecientes se unieron en 2012 para luchar contras las mermas de alimentos y, según sus datos, han conseguido reducir un 30% la cantidad de producto desperdiciado.

Pero vamos por partes. «Lo primero es tener en cuenta que no en toda la cadena el concepto de desperdicio es el mismo. Por ejemplo en el sector primario, ¿qué es? Si a un agricultor le piden 5.000 calabacines, siempre tendrá que calcular una producción superior por si parte se estropea por el granizo, etc. El exceso de calabacines se convierte en abono para el agricultor, mientras otros pueden ver que están tirando producto. Muchas veces falta consenso», explica David Esteller responsable de este Programa Contra el Desperdicio. Además, hay que ver si son aprovechables o no, porque no todas las frutas y verduras que quedan en el campo son buenas para el suelo.

Para actuar contra la merma en el sector primario hay iniciativas como la de Espigoladors, una organización catalana que recoge lo que queda en el campo y emplea a personas en riesgo de exclusión social para elaborar productos envasados con esas frutas y verduras que no se usarían de otra forma. La firma Reyes Gutiérrez también decidió en 2008 atajar al problema de las mermas que le procuraba la producción de aguacates y mango. Lo no se vendía, o por el calibre no adecuado de las piezas o por su forma –un fenómeno al que se conoce como fruta fea–, se comenzó a usar para elaborar nuevos productos: guacamole, salsa y zumo de mango… De las 30.000 toneladas de producto, unas 4.000 eran residuo no aprovechable, es decir piel y huesos, con los que la empresa decidió hacer compost. Estos residuos se dejan secar y sirven como abono para nuevas cosechas.

Además de para producir nuevos alimentos existen otras líneas de investigación, como la del centro tecnológico Aitiip que intenta averiguar cómo fabricar bioplásticos a partir de residuos agrícolas de granada, zanahoria, almendra o maíz. Uno de los proyectos en las que están embarcados, el programa Bárbara, consiste en hacer filamentos con los que se pueden montar piezas para coches y edificios tan sólo con una impresora 3D. Todo ello con desechos que de otra forma se quemarían generando emisiones a la atmósfera.

En la siguiente fase entra el sector de distribución. La empresa de guacamole anteriormente mencionada perdía entre un 3-4% de su producción, unas 900 toneladas, porque por calibre o aspecto no les compraban la fruta. «La legislación europea establece un calibre mínimo para frutas y verduras de 80 gramos por debajo del cual no se puede vender. Sin embargo, las grandes superficies hasta hace poco no compraban piezas por debajo de los 120 gramos. Eso está empezando a desaparecer; hay mucho volumen de piezas entre los 80 y los 120 gramos. Incluso se empiezan a admitir frutas y verduras feas», explica el director de Reyes Gutiérrez.

Y es que a nivel internacional existen tres grandes legislaciones en contra del desperdicio alimentario, aunque los sectores implicados piden más y mejores leyes. Una de ellas, la del buen samaritano regula la donación de comida. Actualmente sólo está vigente en Estados Unidos, México e Italia y se traduce en considerar la buena voluntad de las empresas donantes de su excedente en caso de que alguien tenga alguien tenga algún problema de salud derivado. Una forma de ampararlas para disminuir la pérdida de alimentos que no se venden. «En Francia hay una ley punitiva que dice que si tienes productos en tus estantes los tienes que donar y en Italia una más incentivadora que dota de beneficios fiscales a las empresas que donan sus productos», explica Esteller. Estos días, el Senado aprobaba un informe sobre el despilfarro alimentario en España en el que habla de estas cuestiones y en el que se pone de relieve un dato fundamental y es que los hogares son los responsables del 42% del desperdicio total. El organismo considera indispensable la implicación de la industria –que despilfarra el 39% del total– para un mejor etiquetado que facilite un consumo más eficiente. Un texto que pretende servir de base para la elaboración de futuras leyes.

El consumidor cuenta cada vez con más aliados para evitar el derroche, por ejemplo, la tecnología. La «app» «Too Good to Go» acaba de llegar a España e indica locales cerca de casa donde «salvar» comida por un módico precio, aunque también las hay que ayudan a gestionar la nevera. No hay que olvidar los trucos de siempre, como volver a hacer cocina de aprovechamiento y si se come fuera pedir la cantidad justa y llevarse las sobras a casa, porque «el consumo fuera de casa implica el 14% del problema», señala el informe del Senado.

Para saber cómo de grave es el problema en nuestra casa lo primero que se recomienda hacer es una auditoría de alimentos. Para ello se pueden pesar los alimentos antes de tirarlos a la basura, poner bolsas, diferenciarlas y pesarlas cada día para después anotar los resultados.

Es importante repetir este proceso durante al menos una semana sin contabilizar partes que no son comestibles como las cáscaras o los huesos.

Una vez hecho esto, multiplique el resultado semanal por cuatro para conocer la cantidad que genera en un mes y por 52 si quiere saber lo que derrocha al año.

Por último antes de actuar, anotar por qué se genera el exceso. Entre las causas puede estar que expire la fecha de caducidad; la mala conservación o almacenamiento; la parte de los alimentos que no se ha usado para cocinar un receta y que terminan tirándose, y la cantidad cocinada en exceso.

Lo más sencillo para atajar el problema es planificar el menú semanal.


Fuente: La Razón

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