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Los inversores bajan el listón con Snap

Los inversores han hecho lo que ninguna persona que se respete a sí misma debería hacer nunca: llevar pantalones de chándal en público. Con la OPV de 3.200 millones de euros de Snap, sencillamente se han dado por vencidos. Han dado su dinero a una empresa inmadura, y en el proceso han derogado sus derechos a un trato justo, al buen gobierno y a valoraciones razonables. Si la empresa, valorada en 23.000 millones de euros, y dirigida por un joven de 26 años, no alcanza sus objetivos, los accionistas no pueden culpar a nadie más que a sí mismos.

La aplicación de mensajes evanescentes del fundador Evan Spiegel tiene muchas cosas a su favor, como su público joven, que puede que haya ayudado a su OPV. Pocos gestores de cartera experimentados que estén apostando por la compañía habrán examinado adecuadamente el producto, aunque sí habrán calibrado su popularidad al observar el uso de móvil de sus hijos.

Hay argumentos a favor de Snap, que explican que la venta de sus valores (llamarlos acciones sería un crimen contra la etimología de la palabra) tuviera una sobredemanda de 10 veces, y que su precio de salida se fijara por encima de los 17 dólares. Snap tiene 158 millones de usuarios, que entran en la app unas 18 veces al día. Sus ingresos casi se multiplicaron por siete en 2016, hasta los 384 millones de euros. Los partidarios de Snap lo consideran el tercer vértice que algún día desafiará a Facebook y Alphabet en el dominio de Internet.

Pero el precio que están pagando los inversores es demasiado alto, y no solo a nivel numérico. Por ejemplo, la compañía prometió 240 millones de acciones a los empleados, incluido un indefendible bonus puntual de 37 millones de ellas para convencer a Spiegel, aparentemente renuente a la OPV. Eso es una dilución de entrada de unos 3.800 millones de euros.

Además, el inversor de capital riesgo Erik Benson, de Voyager Capital, estimaba antes del debut que Snap salía con una prima cercana al 50% respecto a Facebook, que en el momento de su salida a Bolsa estaba ganando 950 millones de euros al año, frente a los 488 millones de pérdidas netas de Snap en 2016. “Si Snap tiene éxito con su OPV, moveré todas mis inversiones a efectivo, ya que indicará un pico del mercado”, decía. Ahora estará muy ocupado, pues Snap subió más de un tercio, hasta los 24 dólares.

Hay otras razones para que a los inversores no les guste Snap. La más importante es el precedente que crea al ofrecer acciones que confieren cero poder de voto (por eso llamarlas “acciones” es un insulto). Por ahora, deberían ser consideradas derechos para participar en las pérdidas. El control total que esta estructura de OPV ha conferido a Spiegel y al cofundador Bobby Murphy no tiene ningún precedente en Wall Street.

La propia Snap advierte de los riesgos para los inversores, como la capacidad de los fundadores para liquidar sus posiciones sin ceder el control. También hay un guiño a la casi certeza de que estas mal llamadas acciones pueden no ser atractivas como moneda de cambio en adquisiciones.

La tendencia hacia el capitalismo totalitario puede ser inevitable. Incluso Jeff Ubben, uno de los inversores activistas más exitosos del mundo, reconoce que, aunque no lo aprueba, lo entiende, “si eso es lo que hace falta para sacar a Bolsa las compañías en crecimiento”.

La disposición de los inversores a ignorar el precedente que esto crea recuerda al comportamiento de los tenedores de bonos antes de la crisis financiera. Aceptaron, por ejemplo, que se les pagara con más deuda si los prestatarios tenían problemas. Al final, pagaron muy cara su pusilanimidad.

Puede que el caso de Snap sea diferente, y sea el nuevo Facebook, cuyas acciones –que confieren al menos alguna apariencia de voto– salieron a Bolsa en 2012 a 38 dólares por unidad, y que ahora valen 138 dólares, con lo que su capitalización de mercado es de 380.000 millones de euros. Pero Snap, que se llama a sí misma “empresa de cámaras”, también podría ser la nueva GoPro, una empresa de cámaras que se llama a sí misma empresa de medios, y que debutó en 24 dólares y ahora cotiza por debajo de 10. En cualquiera de los casos, el listón de la democracia accionarial en EE UU no podría estar más bajo. Inversores, pónganse los pantalones de chándal.

Fuente: Cinco días

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