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Luces y sombras de la era Obama

A pocos días del final del mandato del presidente Barack Obama es un buen momento para evaluar el legado económico que deja a Donald Trump. Obama ha anunciado su discurso de despedida para el jueves en Chicago en el que planea “celebrar las distintas maneras en las que el país ha cambiado en los últimos ocho años” y el “progreso tan remarcable” por el que espera ser recordado.

Pese a la derrota de su partido en las elecciones del pasado noviembre, Obama deja el poder con unos niveles de aprobación en las encuestas del 55%, muy por encima de la media de sus predecesores; y con el apoyo y admiración de millones de estadounidenses. Sin embargo, su popularidad ha decrecido desde su elección hace ocho años cuando generó olas casi sin precedentes de entusiasmo y expectativas, que muchos han visto defraudadas. Ya en el 2010 su partido sufrió la peor derrota electoral en 72 años en unas elecciones al Congreso, y en su reelección en el 2012, pese a ganar, perdió casi cuatro millones de votos comparado con el 2008. Y en esta última campaña su apoyo entusiasta por Hillary Clinton no consiguió evitar su derrota, pese a enfatizar repetidamente que su legado “y todo lo que habían conseguido en los últimos ocho años estaba en juego”.

Por todo ello, desde el punto de vista político, pese a su popularidad, el mandato de Obama ha sido un desastre para los demócratas: no solo han perdido las mayorías que tenían en el Congreso y el Senado, sino que casi 1.100 representantes electos demócratas han sido derrotados por republicanos por todo el país.

No hay duda de que la situación económica es muchísimo mejor que la que se encontró cuando llegó a la presidencia en el 2008. El Departamento de Trabajo acaba de publicar los últimos datos sobre empleo y salarios. El desempleo ha caído al 4,6%, el nivel más bajo desde 2007; la creación de empleo sigue siendo sólida: el último dato disponible fue que se crearon 178.000 nuevos empleos el pasado noviembre (desde el 2009 se han creado 15.6 millones de empleos en EE UU); y los salarios, tras estar estancados desde el inicio de la recuperación, han subido un robusto 2,3% durante el último año. Además, la tasa de participación laboral ha crecido hasta el 62,9%. Por último, la economía esta creciendo a niveles comparativamente robustos (se espera que crezca un 2,3% en el 2017), la inflación empieza a despuntar (lo que ha llevado a Reserva Federal a volver a subir los tipos de interés), y el Dow Jones ha alcanzado un nuevo récord nominal próximo a los 20.000 puntos.

Desde el punto de vista histórico, el récord económico de Obama es muy positivo si tenemos en cuenta que tomo posesión en un momento álgido de la crisis: ¡solo en ese mes de enero se destruyeron 598.000 empleos! Sin embar go, si dejamos de lado ese contexto (lo cual es injusto) los datos no son tan sólidos: el empleo ha crecido un 8,4% (muy por debajo del 17,7% de Reagan y el 20,9% de Clinton); la media de desempleo ha sido del 7,4% (pese a caer 3,1 puntos porcentuales al final de su mandato); y la tasa de participación laboral entre los trabajadores varones de 25-54 años ha caído 14 puntos en los últimos 8 años, intensificando una trayectoria muy preocupante de décadas.

Además, la elección de Trump ha mostrado que el sólido crecimiento económico no importa si no se distribuye ampliamente, y hay un sector importante de la población que no se beneficia y queda al margen de la recuperación. En el 2008, cuando Obama fue elegido, un 63% de los norteamericanos se definían como clase media, hoy tan solo un 51% se definen de la misma manera. No es pues sorpresa que pese al gran progreso desde la crisis, todavía hay mucha ansiedad, sobre todo entre los menos educados y los trabajadores que perdieron sus empleos en la industria.

El desempleo entre los graduados de bachillerato cayó al 4,9% –pero es todavía el doble de la tasa de los graduados universitarios; y la tasa de desempleo para los que no tienen titulación de bachillerato subió al 7,9%. Además, si se tienen en cuenta los seis millones de ocupados a tiempo parcial y los 1,8 millones que no buscan trabajo de forma activa, el subempleo fue del 9,2% en diciembre –más de un punto porcentual que el mínimo antes de la crisis: 7,9% en 2006. Millones de familias están más empobrecidas y tienen menores ingresos que tenían antes de la crisis: ajustado por inflación, los ingresos medios de las familias en el 2014 eran de 53.657 dólares –el equivalente de los ingresos medios en 1996. Por último, desde la recuperación, el crecimiento anual medio ha sido tan solo del 2,1%, la media más baja de todos los presidentes desde la Segunda Guerra Mundial. Todos estos datos económicos revelan las raíces del descontento que ha llevado a millones de votantes a los brazos de Trump.

Por supuesto que sería injusto achacar todo esto a Obama porque la capacidad del presidente de EE UU de influir a la economía es limitada: el Congreso controla el gasto y las políticas fiscales, y la Reserva Federal, la política monetaria. Pese a todo, es innegable que bajo su mandato tuvo lugar una sólida recuperación tras una de las crisis económicas más severas de la historia del país. Trump hereda una economía con pleno empleo, pero también con importantes problemas que hay que resolver.

Sebastián Royo es rector interino de la Universidad de Suffolk en Boston y catedrático de Gobierno.

Fuente: Cinco días

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